LA POSE

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LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

No habría mucho más que decir ni historia alguna que contar, a no ser por la ociosidad circunstancial que me obliga a determinar con mayor precisión la razón por la cual, en aquel momento, mi percepción entresacara del todo de aquella presencia que, como toda presencia, no podía ser más que aparición el artificio de una pose; término éste que, como es sabido, alude a postura poco natural y, por extensión, a algún grado de afectación en el modo de proceder o comportarse. De hecho ‒y como bien advierto en el mismo momento en que la narro no otro ha de ser el meollo de esta historia.

La mujer llevaba el cabello mojado, negro, brillante y recortado como el de un varón. Desde el borde en forma de semiluna que hacía las veces de frontera entre la cabeza y el cuello se deslizaba una gota que desapareció al final de la nuca. No sabré nunca si se trataba de una gota de agua o de sudor, que en el fondo son lo mismo, si se les considera desde el punto de vista molecular, pero que, por otra parte, sugieren cosas bien distintas en el plano de las sensaciones. Diferencia ésta que puede haber incidido en mi percepción, como me dije entonces, mientras disimulaba mi curiosidad encendiendo un cigarrillo. Y, en efecto, es posible que éste fuese el primer dato que me sugirió aquella pose. En todo caso, hasta allí, el paisaje era uno en el que, sin duda, predominaba la sensualidad. Y, allí mismo, donde aquella gota desaparecía, comenzaba otro paisaje; el de la vestimenta pobre, modesta, mojigata como toda ella: la blusa blanca de cuello redondo y tejido barato, seguida de una falda liviana, suelta, de color azul claro, también de segunda como su vida de provinciana siempre a la espera. Más abajo todavía, se dejaban ver en caída las piernas delgadas, sin llegar a huesudas, pero igual de desoladas y perfectas como un hueso. Al final de aquel corto trayecto que yo recorría con la vista de arriba a abajo, los pies descalzos, en su curiosa delicadeza expuesta a la aspereza cruda del piso de cemento: el izquierdo descansando de plano y totalmente en el suelo, y el derecho erguido, apenas apoyado en la punta de los dedos. Sin pensarlo, éste fue el detalle que me fascinó. De esto estoy seguro. No sé si engañado, alucinado u ofuscado, lo cierto es que, de súbito, sentí el impulso casi irrefrenable de asir aquel pie con mi mano y palparlo en la elocuencia misma de su tensión. Por supuesto, me contuve. Más debo señalar que no fue fácil reprimir aquel impulso, y esto fue lo que más me impresionó. Yo no estaba preparado para sentir algo así. Menos aún en medio de aquél plúmbeo mediodía, cuando ni siquiera debía yo estar allí, salvo por el hecho fortuito de que, al pasar y de manera automática, detuve el camión, me bajé y me dispuse a entrar por un momento a la tienda del viejo. Como fuese, aquél detalle del pie erguido me atrapó. Y, por otra parte, no más captarlo, mi mirada atrapó el todo de aquella presencia y, al hacerlo, la transformó en pose. Bien. Hasta ahora estoy bastante conforme con mi intelectualoso análisis.

Podía explicarme el asunto de las más diversas maneras. Aunque no se pueda dar mucho crédito a las percepciones de un espíritu ocioso, solitario y aburrido, que es lo único que se puede ser cuando se transita la calle de un pueblo ocioso, solitario y aburrido y, en todo caso, apenas capaz de atinar a lo ocioso, solitario y aburrido. Pero yo ya estaba allí, de alguna manera atrapado en le contemplación de aquella mujer por el huequito que mi curiosidad había abierto en el muro de su presencia. Si hasta llegué a pensar que era ella no la pose; la mujer la que me contemplaba a mí. Así que no tenía otra opción que seguir. De hecho, para comenzar, debía yo reconocer que, desde que recorro los más apartados rincones de este país, una extraña fascinación siempre han despertado en mí esas mujeres de provincia que todo lo viven desde la última fila del espectáculo del amor, Rajada su expectativa entre lo cursi y lo mísero, sus cuerpos rurales, cubiertos como pan crudo con las telas del remate y a la espera de ingresar al horno de las pasiones, despliegan una feminidad tan auténtica y poderosa como su misma resignación, y con ello suscitan en mí un infame sentimiento de compasión y lujuria. Las dos cosas juntas, al mismo tiempo, pues la sola ausencia de la una arruinaría a la otra. El ser al unísono es condición para no aniquilarse mutuamente. Supongo que fue por eso que, al yo verla allí, hurgando con tan pasmosa paciencia entre las cajitas de botones que el viejo tendero sacaba de la vidriera e iba colocando en el mostrador, llamó tanto mi atención y me puse a detallarla, ocioso, como sólo un hombre puede serlo con las las piezas desmontables de un cuerpo de mujer. Sin embargo, además de esto, algún poder debía manifestarse en aquel pie erguido como para hacerme presa de una sensación que, de no haber estado yo completamente a solas, me habría hecho sonrojar. De modo que me puse a revisar, una vez más. toda aquella circunstancia en la que había quedado inserto desde que me bajé del camión y puse pie en tierra. Por cierto, la misma tierra sobre la que aquél pie, erguido, ejercía todo su poder, me dije mientras lo observaba.

Era un poco más de la una. Venía yo rodando desde muy temprano en la madrugada y había hecho un alto a la altura de la tienda. La última parada en mi ruta de ese día, antes de irme al hotel y pasar el resto de la tarde durmiendo, tal y como había decidido, hasta que fijé la mirada en las altas puertas del local y la sombra fresca de sus adentros. No esperaba que el vejo comprara algo. De hecho, dos días antes había entregado su último pedido. Con aquella parada, yo sólo pretendía distraerme por un rato del calor de aquél mediodía volcado sobre mí como una maldición y del aburrimiento que se extendería hasta caer la noche e irme a dormir hasta el día siguiente. Para lo cual, sabía yo por experiencia, el local de la tienda del viejo, inserto como una cueva en el centro de aquella construcción de dos pisos y bordeado por las distintas dependencias que no dejaban que los rayos del sol incidieran directamente en él, era un refugio ideal. Incluso, prevalecía allí una suerte de frescor acumulado, que se confundía con la pátina de los artículos de quincalla y ferretería, o con el aroma del queso y los embutidos que escapaba de la nevera cada vez que el viejo abría y cerraba sus correderas de vidrio. Por lo demás, lo que yo necesitaba era un par de tragos de ese cocuy que el viejo vendía a escondidas y con la solemne garantía de que, en contra de la usanza, no llevaba meados agregados. Lo despachaba en vasitos de plástico y medidas de a dos dedos, a precio de mayor, en mi caso, porque era yo quien se lo proveía. Con esto y algo de la perorata moral con la que el avaro reivindica el trabajo duro y la acumulación de riqueza, tendría más que suficiente para poner fin a la jornada.

Me bajé, pues, del camión decidido a internarme en el hueco lleno de sombra de la tienda, y al que yo, por las razones expuestas, desde tiempo atrás habla terminado por denominar la cueva. El viejo celebraba mi ocurrencia con espontánea sinceridad y como suerte de reconocimiento de parte de su proveedor seguro. De modo que, cada vez que me asomaba por alguna de las dos puertas de acceso, el viejo, al levantar la mirada para ver quién era el que entraba, mostraba una enorme sonrisa de oreja a oreja, que se dibujaba a lo largo de su ancha y gruesa boca en medio de las mejillas barbudas y que iluminaba con un toque de crueldad sus aguerridos dientes. Aquella tarde el viejo miraba con sus ojos redondos y vivaces detrás de los anteojos de pasta y que daban a su cabeza redonda, bordeada de la pelambre mustia y gris que todavía alcanzaba verse tras la lejanía de la calva, ese aire entre gracioso y rudo que lo caracterizaba. En esta oportunidad, asomado por cima de la cabeza de la mujer, que permanecía de espaldas a mí, el viejo me hizo señas para que terminara de pasar. Pero yo, repartido entre el frescor que manaba de su interior y el aire caliente que prevalecía afuera, permanecí por largo rato más en el umbral de la cueva. Primero vi la cara redonda del viejo; sus ojos redondos detrás de los lentes redondos y, más atrás todavía, esa muerte redonda a la espera de arrancarlo de la redondez del planeta. Todo lo demás era la expresión vivaz y aguda del avaro, el desprecio por todo lo que no fuese susceptible de contarse con los dedos de la mano, la quincallería colgando del techo y exhibiendo sus tristes colores, el mostrador de madera cochambrosa que, saturado de bisutería, era un elocuente símbolo de eso que la gente llama corazón ilusionado. Y ahora advierto que éste es otro dato fundamental, que la presencia, al mismo tiempo brutal e ingenua, del viejo del otro lado del mostrador y en medio de su reino de mercadería, era parte determinante del contexto de aquella pose. Aquel pie erguido nunca hubiera significado lo mismo fuera de aquel reino prestado en el que disponía de todo su poder.

Allí permanecí, pues, esperando a que el viejo terminara de despachar a la mujer, que continuaba inmóvil en su pose; es decir, la que yo le había adjudicado desde el primer momento y que se me hacía más conmovedora en medio del ambiente amodorrado de la tienda. Mientras, contemplando el contraste de su pose con la superficie rugosa del piso de cemento, reunía mis percepciones y datos acerca de su presencia. Al final no me cupo la menor duda: la fuerza de la femineidad se imponía por encima de la miseria y cualquier otra forma de abatimiento o derrota. Aquella pose confirmaba que no hay mujer que, hasta el último momento, no esté dispuesta a la seducción y la coquetería. Por entonces, satisfecho con mis conclusiones, encendí un cigarrillo y pude seguir contemplando aquella mujer, ya no en el enigma de su pose y su poder sobre mí, sino como caso resuelto y del que, de alguna manera, me había liberado mi poderosa mente deductiva. Con calmosa complacencia, pude entonces darme a la tarea de seguir las formas corpóreas que adquiría su feminidad en aquella pose. Seguramente, supuse -pese a que en ningún momento volteó a mirar hacia donde yo permanecía fumando- ella sabía que yo estaba allí, y que mis ojos de hombre se habían percatado de su disimulada ausencia de mujer. Por eso mantenía la posición erguida de su pie derecho, como una señal que, advertida por mí, me convertía en su cómplice.

Terminé de entrar cuando el viejo, al advertir que yo seguía allí parado, insistió con un gesto de su mano, rudo y amable a la vez, en que terminara de pasar y diera la vuelta por detrás del mostrador. Y así lo hice. Luego de haber bebido de un sólo envión el primer trago, podía ver ahora la cara chata de la mujer, los cabellos recién cortados que le caían ligeramente en la frente, sus ojos grandes y sin vida, las cejas melancólicas, como si se hubieran cansado de expresar melancolía, una boca alargada que agregaba un toque de sutil idiotez a todo el rostro. Sólo entonces me miró; un par de veces apenas, sin mover la cabeza, sin ni siquiera parpadear. Lo que me hizo sentir más cómplice todavía de lo que ya me consideraba. El viejo sirvió otros dos dedos de licor. Éste sí lo tomé calmadamente.

La mujer seguía seleccionando los botones, que iba colocando en montoncitos de a media docena. Los tomaba uno a uno, de las diferentes cajas que a los efectos iba colocando el viejo sobre el vidrio del mostrador. Y uno a uno la mujer los observaba con detenimiento: por una cara, por la otra, por los bordes, a través de los agujeros; hasta que por fin, si no lo volvía a la caja, lo arrumaba en la pila correspondiente. ¿Qué tanto se puede contemplar en un botón? Me preguntaba yo con cierta impaciencia. Yo ya había terminado con el segundo trago, y la mujer seguía contando, analizando y clasificando botones. Entonces el viejo sirvió el tercero. Algo no usual, por lo que me miró con curiosidad, y me guiñó un ojo. Y es que yo no quería marcharme antes de que aquella mujer se dispusiera a marcharse, de modo que su pie erguido, entonces, vencido por la espera y ya cansado, se pusiera de nuevo en camino. Ese era el instante por el que yo aguardaba, en el que aquel pie dejase de ser símbolo o señal y, retornando a su condición habitual de órgano de locomoción, desbaratase aquella pose para emprender la retirada.

Cuando por fin hubo terminado, el viejo se puso a recoger cada uno de las pilas de botones, Seis en total. Seis por seis: treinta y seis, me decía yo entre sorbo y sorbo. Envolvió cada pila en un papel y colocó cada uno de los seis paqueticos en las manos abiertas de la mujer. Eran una manos chicas, como toda ella, desganadas pero hábiles y con esa vida propia, casi de autónoma, que otorga el arte de la costura. La mujer volvió los paquetes al mostrador. Sacó unas monedas del bolsillo de su falda, y pagó lo que el viejo le había pedido. Mientras el viejo volvía con el cambio, sus ojos se quedaron mirando aquellos envoltorios apretujados, de puntas retorcidas y ridículas, como sonrisas de más hechas a la existencia temporal cuando se está convencido de que menos mal y es temporal. Y una de esas sonrisas fue la que se dibujó en su boca cuando me miró, por tercera y última vez, ahora directo a los ojos y, al mismo tiempo, escondiéndose de mi mirada. Tímida como un animal asustado, no tardó en perderse en el bosque de sí misma. Pero no reparé mucho en ello. Lo único que yo esperaba era ver su pie derecho romper aquella pose, como si se obstinase de ser la fuente y razón de ser de ella. Y esperando, había comenzado ya el cuarto trago, e hice un ademán de saludo y despedida levantando ligeramente el vaso. Entonces ella enfilo la salida, como si ya supiese lo que yo esperaba. Sin embargo, una vez que giró y se puso en marcha, pese al movimiento, aquella pose no se diluyó, como era de esperar, en el vaivén propio del caminar. Muy por el contrario, seguía allí, asida al cuerpo de aquella mujer, al compás de su marcha, moviéndose con su movimiento. La mujer salió de la tienda. Ya bajo el sol inclemente, se llevó una mano en forma de visera a la frente, mientras con la otra apretujaba los paqueticos que el viejo había armado con cada una de las pilas de botones. Cruzó la calle y se fue por la otra acera. Desapareció por un momento del recuadro de la puerta, para reaparecer por un instante en el recuadro de la puerta siguiente, mientras yo cargaba con el último trago de licor y me quedaba con el vasito vacío en la mano. Siempre la misma pose adherida a ella. Al enfilar la salida y contrastar su figura con la luminosidad del recuadro de la puerta. Ya afuera, al detenerse en la acera y cruzar la calle para pasar a la acera de enfrente. De recuadro en recuadro que los portones abrían a mi visual. Aún en plena marcha, siempre ese pie erguido como una maldición, pues lo que yo había percibido como pose no era sino la maldición de haber nacido con una pierna más corta que la otra.

 

http://cartapacioweb.blogspot.com/2020/07/la-pose.html

 

 

Comentarios

  1. The geezer

    28 julio, 2020

    Brutal este relato, compañero Cartapacio. He saboreado su minuciosa densidad y ese final medio conmovedor, piadoso y casi de humor negro (reírnos de nuestra supuesta sabiduría), como el observador saborea ese intoxicante licor que bebe en «la cueva». Realmente creo que eres un gran escritor.
    ¡Suerte, saludos y hasta la próxima!
    César

  2. Luis

    28 julio, 2020

    Tantas veces tropezamos con nuestra propia imagen traspuesta en otros/as! Me gustó mucho Óscar, un abrazo y mi voto de siempre!!

  3. Cartapacio

    29 julio, 2020

    Epa, César. Ciertamente, burlarnos de nuestra propia inteligencia -facultad de la que con tanta frecuencia nos jactamos- es lo más inteligente que podemos hacer por ella -y por nosotros mismos, al final. Ese cuento camina al borde del abismo de lo cursi, del que, al parecer, sólo la burla lo ha salvado de caer. Toda una odisea íntima que mucho disfruté, hace no sé cuántos años, como en tiempos más recientes, cundo lo retomé. Y muchas gracias por tan generoso comentario, pana. Un abrazo.

  4. Cartapacio

    29 julio, 2020

    No lo había visto así Pero, en cierto modo, tienes mucha razón. Con la imagen que tenemos de nosotros mismos invadimos, casi que con insolencia, la de los demás y la configuramos a nuestro parecer. Gracias por tu opinión, Luis, y recibe también un abrazo de mi parte.

  5. gonzalez

    12 agosto, 2020

    Me gustó mucho, amigo. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  6. Cartapacio

    12 agosto, 2020

    Gracias a tí, amigo González, por detenerte a comentar. Un abrazo.

  7. paulvkuehe

    13 agosto, 2020

    Un gran poema en prosa ciertamente! Un abrazo y felicitaciones desde México!

  8. Cartapacio

    14 agosto, 2020

    Muchas gracias por tan generoso comentario, Paulina. Y bienvenida.

  9. Curro Blanco

    10 septiembre, 2020

    Bueno, pues así me gustaría a mí escribir, con ese fino toque de poesía irónica que traspasa el texto y te pone una sonrisa que a medida que vas leyendo se incrementa… el humor siempre es signo de inteligencia.

    Muy grande Oscar !!!

  10. Cartapacio

    12 septiembre, 2020

    Te diré algo, amigo Curro; desde muy joven solía decir que algo era bueno cuando a mí me habría gustado escribirlo. Tu comentario participa de una sinceridad similar, que me honra y espero merecer. Muchas gracias.

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