La sombra de Fred

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Siempre he sido un poco rara. No me importa reconocerlo, es un hecho y aunque, si bien en el pasado me ha ocasionado algún que otro contratiempo, hoy en día no me molesta e incluso me enorgullece de alguna extraña y retorcida manera. Mis razones para ciertas decisiones ni siquiera se muestran visibles para mí misma, cuanto menos a persona ajena. Digo esto para dejar clara mi generosa disposición para disculpar a los demás y la manera que tienen de rehuir mi trato. No quiero extenderme por lo que abordaré el asunto sin más preámbulo. Aún no sé qué me impulsó a presentarme en aquella casa de aspecto siniestro. Cualquier persona en su sano juicio bajaría la cabeza y aceleraría el paso al caminar cerca de su puerta, y sin embargo ahí estaba yo, dispuesta a traspasar su umbral, sin sospechar siquiera lo que podía encontrar al otro lado.

Pienso que no fueron las ganas de confraternizar con sus moradores, sino más bien una curiosidad, un vínculo irreal e inconsciente que había establecido con la mujer del balcón, la sensación de pertenencia que había brotado repentinamente al ver a aquél cuervo enorme junto a ella, picoteando restos de carne que ella le ofrecía entre sus dedos. Sus gestos, su mirada, ese saludo que me había dedicado sin conocerme, habían despertado en mí de alguna manera recuerdos de mi infancia. Visualicé claramente a Fred, la tortuga que me regalaron siendo niña. Fred empezó siendo un animal pequeño y frágil, al que teníamos miedo de tocar por temor a romperlo y matarlo. Yo no quería que se muriera porque supondría un fracaso vergonzoso para mí, así que empecé a incluir en su dieta pequeños insectos. Sabía que no eran la dieta habitual de un galápago, y al principio se mostró reticente, pero pronto empezó a degustarlos con verdadera fruición. Ante la voracidad cada vez mayor de Fred,  fui escogiendo insectos más grandes hasta pasar a seleccionar pequeño roedores. Mi tortuga creció de forma manifiesta, incluso alarmante, y mis padres se plantearon regalarla o sacrificarla (oí a mi madre hablar de hacer sopa con ella), ya que cada vez necesitaba más espacio.

Yo pensé que si retornaba a Fred a una dieta ordinaria y propia de su condición menguaría, cosa que obviamente no sucedió. Un día, mientras mi hermano pequeño dormía su sagrada siesta, Fred se acercó despacio, al fin y al cabo aunque gigante seguía siendo una tortuga, y le arrancó de un mordisco el dedo meñique de su pie derecho. A pesar de que sangraba profusamente a todos nos pareció una anécdota de lo más divertida, hasta que su herida se infectó y tuvieron que amputarle el pie. Gracias a esa amputación mi hermano se libró de ser llamado a filas, así que podríamos decir que mi mascota le salvó de un destino bastante incierto. Sin embargo, mis padres en ese momento no fueron capaces de contemplar las ventajas del hecho, y finalmente decidieron sacrificar a Fred sin que se me permitiera esgrimir ningún argumento en su defensa.

Hacía años que no recordaba a Fred y las razones que provocaron la ostensible cojera de mi hermano. Supongo que fue eso lo que me convenció  de que aquel lugar tenía, me gustara o no, un significado relevante para mí. Por eso, mientras me giro para echar un último vistazo desde la calle, tengo la absoluta certeza de que volveré a aquélla oscura y siniestra tienda de animales.

 

 

Comentarios

  1. The geezer

    28 julio, 2020

    ¡Qué bueno Nerta!, tienes una facilidad tremenda para llevarnos desde lo inocente hasta el terror, pasando por el humor negro. Mi voto para este relato un poco extraño y de referencias ambiguas, temo que miraré con cautela a las tortugas desde ahora 😉
    Saludos
    César

  2. Naufragoenlaluna

    28 julio, 2020

    Inquietante relato, me gusta el estilo y evidentemente como está escrito, pero me da muy mal rollo eso de que una tortuga cabrona vaya por ahí arrancando dedos meñiques. Lo de que luego le tengan que amputar ha sido de redoble 😉
    Un saludo compañero siniestro.

  3. Esruza

    29 julio, 2020

    Muy buen y extraño relato, Nerta.

    Mi voto y un saludo

    Estela

  4. MP

    29 julio, 2020

    Buenisimo como siempre me encanta leer tus textos y me siento tan identificada… será que me habré topado con Fred en mi camino y por esto mi rareza? Un abrazo Nerta.

  5. Esther

    29 julio, 2020

    Hola Nerta… excelente relato!
    un abrazo argentino y mi voto

  6. SDEsteban

    29 julio, 2020

    Hola Nerta. Me ha gustado el relato. Con esos toques de humor ácido tan tuyos. Mi voto y a portada! Saludos!

  7. Dr. Krapp

    29 julio, 2020

    Mis respetos y admiración por tan fenomenal relato con ese regusto agridulce que te deja al final. Lovecraft, Poe y la misma Mary Shelley lo leerían con complacencia.

  8. Nerta

    30 julio, 2020

    Gracias a todos por vuestras palabras. Me han emocionado mucho, de verdad. Es una motivación importante, la verdad.
    @maxkrapp me has llegado al alma. Cuando he leído tu comentario la sonrisa me daba la vuelta a la cabeza!

    Gracias a todos y un abrazo inmenso!!

  9. gonzalez

    30 julio, 2020

    Me gustó mucho, Nerta. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  10. Eli...

    30 julio, 2020

    ¡Guau! Tu relato es muy bueno, pero macabro.
    Y creo que la sopa, fue la mejor decisión.
    Tal vez me remito a mi situación. Porque no tolero siquiera, que mis perros se pelen.
    Me has asombrado.
    Mi voto y abrazos Nerta

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