Ni el Greco

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Estaba como ido. Sus sentidos captaban, tomaban nota de todo, en cambio su cerebro no daba acuse de recibo a tiempo. Desde que ella se había ido, él prefería expresarlo así, su vida se había reducido a la existencia. Del trabajo a casa y los fines de semana al cementerio. Eso sí, llevando un ramo de Estátices, sus flores favoritas.

Muchas veces la costumbre le jugaba malas pasadas. Cuando llegaba a casa, oía con frencuencia su voz llamándolo desde la cocina; de forma maquinal él contestaba «estoy aquí, cari» . Entonces él sentía como se le iba haciendo un agujero hondo, muy hondo dentro del estómago, hasta dejarlo sin fuerzas. Luego, a pesar de la fatiga, se pasaba las noches dando vueltas en la cama, buscando el cuerpo de ella. Quince años de matrimonio dejaban huella.

Sin embargo lo pero llegaba los domingos. Ir a la iglesia y al vermut posterior a la misa sin ella le hacía pensar que pasaría por alguien fuera de sitio frente a los de siempre; el simple hecho de pensarlo le provocaba nauseas en todos los sentidos.

Una mañana de aquellas, el mundo exterior se presentó en su casa bajo la forma de Marcelo, el dueño de su tienda de ropa. No había traje, camisa o corbata que él no comprase, siempre acompañado por su mujer, claro, en el establecimiento del bueno de Marcelo, antiguo compañero además de colegio.Esa mañana su viejo amigo traía un paquete en las manos. Tras los saludos y los comentarios sazonados con cariño e ironía de rigor, el propietarios de la Sartreria Fermín (el nombre de su abuelo) lo depositó sobre la mesa

-Esto es de parte de ella. Lo compró para tí antes de irse… Ya nos entendemos. Esperé al momento oportuno para traértelo

Él se quedó inmóvil

-Anda hombre, ábrelo. Que no te va a morder. De eso no hay en mi negocio.

Obedeció. Quitó el envoltorio con torpeza. Sus manos parecían de trapo. Bajo el papel encontró una caja de cartón. Dentro un sombrero de fieltro, de color gris perla. Un temblor sacudió todo su cuerpo. Recordó el día en que los dos lo vieron en el escaparate, ella le había prometido que se lo regalaría por su santo. Por lo visto no había querido esperar.

El amigo adivinó los pensamientos que lo sacudían

-Ya ves. Tardó tiempo en convencerse de que eres una calamidad con los paraguas. Vino dos días antes de que la ingresaran y lo compró. Lo pagó y me pidió que se lo guardase para cuando le dieran el alta.

Sin quererlo se le escapó un sollozo. Marcelo se levantó y se dirigió al salón en busca del mueble-bar. Volvió al cabo de unos segundos con un vaso de wisky en la mano. Lo colocó delante de él.

-Bueno en el tiempo dicen que va a llover el miércoles. Puedes estrenarlo entonces.

Intentó protestar pero Marcelo agitó la mano

-Sin excusas, que me tienes que ayudar a sacar a Baldomero de casa o el síndrome de la jubilación,.se lo comerá vivo.

-Pues vaya cuadro contestó él con una triste sonrisa.

Marcelo contestó.

-Ya lo ves, ni el Greco.

 

Comentarios

  1. Luis

    17 julio, 2020

    Grata y dulce ironia, bondad en pequeñas pinceladas. Muy buen relato Mary. Un saludo y mi voto.

  2. SDEsteban

    17 julio, 2020

    Qué bonito, Mary! Me gusta mucho como está escrito. Saludos!

  3. MP

    24 julio, 2020

    Me gusto mucho tu relato Mary un abrazo

  4. Jota

    24 julio, 2020

    Su relato, estimada, hace sentir…!
    Éxitos!!!

  5. mary poppins

    24 julio, 2020

    Muchas gracias a Jota y a Mariela. Me alegro de que os haya hecho sentir. Es lo importante en un texto. Un abrazo

  6. Eli...

    26 julio, 2020

    Muy lindo cuento, el pesar de la vida…
    Saludos y mi voto

  7. gonzalez

    30 julio, 2020

    Me gustó mucho, Mary. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  8. NELL

    31 julio, 2020

    Las vicisitudes de la vida, un gusto leerte. Saludos y mi voto,

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