Recuerdos

Escrito por
| 45 | 4 Comentarios

Sábado por la noche, la cita perfecta. Una ocasión ideal para poner en práctica las indicaciones del terapeuta al que llevaban seis meses viendo. Tenían que recuperar sus espacios como pareja, reconquistar el uno al otro, como al principio, intentar encontrar aquello que les enamoró, reavivar la pasión, etc. Todo el paquete completo de clichés. Tras quince años y dos hijos, Tomás no tenía muy claro si todo aquello de lo que hablaba el psicólogo podría recuperarse, pero por eso estaban allí, para comprobarlo. Una velada en el teatro con Ana, una comedia romántica simplona y cursi, pero había ayudado a relajar tensión con algún que otro chiste facilón. Cuando tengas ganas de reír ríe por dios, porque luego las ganas se pierden hasta saber cuándo. Así que rieron, especialmente Tomás, en muchas ocasiones sin convicción, pero rió igualmente.

Tras el teatro, unas cañas y después la cena. Un restaurante caro cuyo precio no lograba disuadir a la ingente masa de gente hambrienta que esperaba una mesa. Ana había reservado con dos semanas de antelación, así que fueron acomodados nada más entrar. Ambos siguieron al camarero con sonrisa triunfal. La noche estaba yendo muy bien. Ana estaba espectacular con un vestido entallado color burdeos. Se había recogido su pelo rubio en un moño que dejaba un par de mechones ondulados enmarcando el rostro, maquillado con esmero y gusto. Tomás se había colocado un traje oscuro que le favorecía, con una corbata regalo de Ana, incluso los gemelos que le regaló su suegra en el último cumpleaños, díganme si eso no es voluntad. Se sentaron el uno frente al otro y pidieron un cóctel ligerito mientras ojeaban la carta. Estaban relajados, el teatro, las cervezas, lo estaban pasando bien juntos, que era bastante más de lo que esperaban.

-¿Qué te parece si elijo yo?-preguntó Ana con mirada pícara.

-Perfecto -respondió divertido Tomás sin comprender exactamente la razón de la mirada de su mujer.

Justo cuando el camarero se aproximaba a la mesa para tomar nota de los platos elegidos todo giró en torno a Tomas. Alguien pasó por su lado, alguien que no llegó a ver, pero que dejó flotando en el aire un perfume que hacía años que no había olido. Un perfume característico de una persona que conoció veinte años atrás. Giró la cabeza en busca de la procedencia del perfume, pero no consiguió distinguirlo. Sin embargo seguía allí, sobre su cabeza, cayendo sin piedad sobre su pituitaria, inundando sus sentidos de vívidos recuerdos. Recuerdos que habían permanecido dormidos hasta que ese olor canalla decidió volver a aparecer. El camarero tomó nota y se marchó. Ana miró extrañada a su marido que de repente parecía contrariado por algo.

-¿Estás bien Tomás?

-Sí sí, claro…

En realidad lo estaba. No eran recuerdos desagradables, el problema es que no eran oportunos. En su cabeza vio con claridad a la propietaria primera de ese perfume, una chica que conoció en unas vacaciones en Mallorca, hacía una eternidad, antes de conocer a Ana. Nunca le había hablado de ella porque no lo creyó necesario ni importante, porque todo había quedado en el olvido, o eso pensaba Tomás. Ahora el recuerdo le golpeaba los sentidos como si todo hubiera sucedido la semana anterior. Lo que iban a ser unas vacaciones de dos semanas se prolongaron tres meses, tres meses que cambiaron muchas cosas. La conoció en una fiesta en la playa. Era diferente, delgada y bajita, bronceada por el sol, un pelo castaño hasta la cintura, liso y suave. Sonrisa perfecta y generosa. Ojos pardos de muñeca. La noche de conocerse ya hicieron el amor en la playa, apartados del resto, aunque no ocultos. Recordaba la lengua de ella recorriendo con besos mojados su cuello, mientras él, torpe y excitado manoseaba incansable sus pechos, pequeños y duros. Eyaculó ridículamente rápido mientras ella reía juguetona. Estaba convencido de que no volvería a verla, sin embargo al día siguiente volvieron a verse.

Un plato de ostras con ensalada de Wakame devolvió a Tomás a la realidad.

-¿Cuánto hacía que no las comíamos? -Preguntó una sonriente Ana.

-Mucho, mucho, es verdad.

Tomás hacía verdaderos esfuerzos por concentrarse en la cena, pero el recuerdo de aquella chica, pegajoso y húmedo se lo impedía.

-He elegido un menú bastante afrodisíaco, ya veremos si es cierto lo que dicen.

Tomás forzó una sonrisa y cogió una ostra. Aquel molusco consiguió que recordara otra de las tardes en Mallorca, en casa de aquélla chica. Ya habían tenido unos cuantos encuentros, pero parecían no cansarse el uno del otro. Hablaban lo justo y follaban sin parar. Esa tarde ella le esperaba sobre la cama, con conchas tapando sus pechos y su sexo, como una Venus ansiosa surgida del fondo del mar. Nada más verla, como el perro de Pavlov, Tomás notaba una erección naciendo, y creciendo. Había aprendido a controlar los tiempos, pero a veces la ansiedad le ganaba. La chica se fue quitando despacio las conchas que la cubrían y colocándolas al lado con parsimonia, mientras le miraba a los ojos penetrante y sonriente. Tomás se quedaba hipnotizado mirando cada gesto, siguiendo la trayectoria de sus manos. Cuando terminó tumbó a Tomás sobre la cama, y sentó su entrepierna sobre su boca, mientras ella se dirigía entre besos y lametones hacía el pene hinchado y palpitante de Tomás. Este degustaba con fruición tan exquisito manjar, mientras el calor de su vientre amenazaba con quemarle vivo. Sujetaba a la chica por las caderas, moviéndola sobre su boca para abarcar todo el espacio, sin dejarse nada, todo suyo y para él. Ella sujetaba su pene con convicción, mientras su boca provocaba placer en olas cada vez más altas.

El segundo plato llegó y volvió a traer a Tomás al presente con desagradable violencia. Colas de Langosta en mantequilla al ron. Presentación inmejorable y deleitoso sabor, pero a esas alturas de la cena Tomás había perdido ese apetito y notaba otro creciendo bajo la mesa, un apetito que empezaba a hacerle sudar y que parecía capaz de agujerear calzoncillos y pantalón y levantar la mesa sobre la que cenaban. Ana notó la turbación de su esposo, y pensó que la comida afrodisíaca estaba causando verdadero efecto. Comenzó a comer mirando fijamente a Tomas, con gestos sensuales, moviendo la lengua, intentando provocarle, lo cual empeoró o mejoró, según se mire, el estado de Tomás, que engullía la langosta por terminar cuanto antes más que por apetito.

Cuando el camarero se aproximó para preguntar si tomarían postre, Tomás se adelantó:

-¡NO! -Su voz sonó más alta de lo adecuado y el camarero se sobresaltó extrañado. Tomás añadió bajando el tono:

-Todo estaba delicioso, pero ya no nos cabe nada más, me siento a punto de estallar.

Esto último lo dijo mirando a Ana, que se sorprendió de lo directo de su marido, con el que hacía meses que no hacía el amor, y que parecía haber estado conteniendose para esa noche. Salió de su estupor convencida de que la ocasión debía ser aprovechada sin demora, así que le pidió la cuenta al camarero. Pagaron dejando una generosa propina para no tener que esperar el cambio y se fueron del restaurante. El coche estaba aparcado en el parking del restaurante, exclusivo para clientes. Ana buscaba las llaves del coche en el bolso cuando Tomás la abrazó por detrás restregando su pene contra el trasero de ella, que lo acomodó solícita. Su marido no se molestaba ya en disimular, no había nadie a la vista, y su excitación era completa. Con un brazo sujetaba a Ana por la cintura mientras con la otra recorría su cintura y subía hasta el pecho, buscando el pezón a través del vestido. Ana le asía por la nuca mientras entre gemidos aseguraba que comerían ostras todas las semanas a partir de entonces. Abrieron la parte de atrás del coche y Ana se tumbó subiéndose el vestido. Echaron los asientos del conductor y copiloto hacia delante y Tomás se acomodó como pudo sobre Ana. Se bajó el pantalón y se aflojó la corbata, y justo cuando la penetraba apareció de nuevo aquella chica. Se colaba sin permiso otra vez en su cabeza, de forma que no sabía a quién le estaba haciendo el amor en realidad. Su mujer le acogió dentro de ella cálida y suave. Él terminó de desabrochar el vestido y bajó la parte superior dejando a la vista un precioso sujetador de encaje negro. Le besó los pechos y el cuello mientras ella le atraía y le empujaba contra ella con las manos sobre sus nalgas. Sus lenguas se fundían en largos besos en los que Tomás mantenía los ojos abiertos para decidir entre su mujer y la joven que conoció, que seguía empeñada en aguarle la fiesta presentándose sin invitación y por sorpresa. Los gemidos y los sudores del esfuerzo empañaron los cristales del coche. A pesar de lo incómodo de la postura Tomás no tardó demasiado en derramarse dentro de Ana, que gemía satisfecha bajo su cuerpo. Ambos trataban de recuperarse y jadeaban agotados.

Volvieron a casa, relajados y contentos, aunque Tomás seguía sin saber con quién había follado aquélla noche.

 

 

Comentarios

  1. Eli...

    4 julio, 2020

    ¡Excelente! Muchas veces pensar en otra persona, nos ayuda, sobre todo si los años de matrimonio son muchos. El otro no se entera de ese detalle, o quizás, está haciendo lo mismo.
    ¡Vivan esas fantasías!
    ¡Abrazo y mi voto!

  2. Nerta

    13 julio, 2020

    Gracias por vuestras palabras! me alegro de que os haya gustado.

    Un abrazo grande!

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas