Es lo que tiene…

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La semana pasada estuve disfrutando de una satisfactoria exención de mis funciones laborables, acompañadas de cuantiosas melopeas y espacios entre resacas terribles y moratorias en el pago de mi deuda con la sociedad. Tal vez me pasase. Ahora, de vuelta en el aeropuerto, de vuelta en la rutina solitaria en un cajón ambulante rodeado de uniformes y negligencias, la factura de la vida se vuelve insoportable.

Llegué más o menos bien, sin saber dónde estaba ni a quién tenía que rendir cuentas. Pero me sobrevino una inflamación de las amígdalas casi al instante. Supongo que sería una reacción al trabajo. El hotel es pequeño, sucio, con aires de nacionalismo esotérico y clicks de famosa. Media pensión. Es decir, dormir y desayunar, con otros tantos individuos que vagan por la vida en busca de una razón para vivirla. Es desesperante. La noche es terrible: vientos agitados en aquella ciudad que amparó el franquismo con franqueza absoluta, valga la redundancia, y diminutos espejismos en los cristales del baño que me recuerdan las inmortales sacudidas de la anfetamina del pasado viernes. Hablando de eso, dentro de lo que cabe, lo pasé de puta madre: un colega, enganchado como Bill Burroughs y yo, como Allen pero sin follar, hasta arriba de spiz en la casa misteriosa de un profesor de restauración que no paraba de poner vinilos de Frank Zappa, de los Beatles, de Dylan y de otros grupos que no conocía ni su puta madre (ya sé que me repito, pero es una expresión contundente y cojonuda). Salimos de allí a eso de las dos de la tarde del sábado y el calor era tan asfixiante que no pude pensar en dos días. Pero en conjunto, fue una buena sacudida, visceral, histérica.

Y me pasó factura. Cogí el bus del domingo. Llegué a Burgos a las nueve de la noche. Un taxi después, fiché en el hotel cuyo nombre, Las Vegas, no podía disimular su desértica apariencia. Tal vez por eso se llamaba así: no por el juego y las putas (aunque el Club Marengo estaba a pocos metros) sino por el desierto de Nevada. Eso y el polígono industrial creaban una atmosfera enfermiza que acabó por trastocar todo mi sistema nervioso. Así que pasé una noche de mierda y me levanté con la garganta inflamada, febrícula y una sensación de cansancio terrible. Sin embargo, como me decía un buen amigo, si tienes cojones para ir de fiesta tienes cojones para ir a trabajar. Así que al lío y con una hostia encima de tres pares.

El primer día fue un infierno. Mareado, me caía por las esquinas, la pantalla del ordenador no paraba de sermonearme con sus palabras eléctricas que incomodaban a mis ojos. Luchaba por no caer rendido en la mesa del despacho. Llegaban los pilotos con sus partes de vuelo, con sus errores en la suma de una simple hora, con sus “necesito esto, necesito lo otro” y yo, por dentro me cagaba en todo lo cagable y al mismo tiempo me dormía. Las primeras horas no fueron tan malas, pero no tenía comida (entro a las ocho de la mañana) y toda la desesperación se plantó ante mí como una muralla infranqueable. Tampoco podía fumar por aquello de la garganta, pero lo intentaba una y otra vez, impelido por mi tenaz adicción a todo aquello que puede producirme una muerte prematura.

Las siguientes fueron peores. Tras la comida, es un decir, todo mi cuerpo se rebeló y me postró sobre la silla como un orondo y plomizo funcionario dedicado única y exclusivamente a comer y a morir. Se me cerraban los ojos, tenía fiebre, tiritaba, pero ahí seguía, en la dichosa brecha, esperando un salvoconducto al infierno o un poco de morfina. Si a eso le sumamos las voces tempestuosas del jefe, sus repetitivos discursos, su afectada moralidad, pues eso, que estaba para hablar con Dante de lo hermoso que es el purgatorio. Pero el último vuelo despegó y aterrizó, hice mi parte a trompicones y tuve que gastarme otros diez pavos en el taxi que me llevó, demudado el rostro y cautivo de la enfermedad, al penoso hotel. Subí las escaleras, sudando a pesar del frío (me recordaba a la agitación corporal que se experimenta la mañana siguiente tras una noche de metanfetamina), y llegué a la habitación. En todo el día había comido una bolsa diminuta de cacahuetes y un café con leche. Me tumbé en la cama, le di la vuelta, me recosté contra mis calzoncillos, me desnudé; tiritaba y me encogía de calor, encendí la televisión, daban un reportaje sobre Cartagena de Indias, me dormía y despertaba con los ruidos del Casco Histórico y la Calle de las Carretas; vomité, bebí agua (era lo único que tenía), la polla me ardía cuando meaba… así, poco a poco, fui encontrando un hueco en la diminuta habitación, recostado contra mí mismo, hasta que me dormí definitivamente (durante tres horas). La amígdala inflamada contagió a la otra, todo el cuello hinchado y prieto como los brazos de un mamporrero, sin tragar apenas, costándome la vida ingerir lo que fuese… poco a poco fui cayendo hacia la enfermedad, cayendo hacia la comprensión de la enfermedad y entonces todo se volvió un poco más claro y el dolor se angostó en el cansancio. Tras esas tres horas y un par de visitas al meadero, caí en el sueño de una noche de verano. Y me desperté igual de jodido que antes, pero impulsado por un ánimo más vital me dije: hoy voy a currar y que sea lo que dios quiera (normalmente lo que dios quiere y lo que quiero yo son cosas diferentes)

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