Haití

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Tenía que darse prisa para llegar a casa de Maguá antes del anochecer tal y como le había ordenado su madre. Las casas de madera al borde del mar eran del mismo color al menos una vez al día, cuando dejaban de ser verdes, amarillas, azules o rojas para tomar todas al mismo tiempo el tono ocre de la puesta de sol. Entre las chozas Murie corría a casa del anciano, que era el más conocido y respetado de los huganes vudú de esa parte de la provincia y desde todos los rincones venían a consultarle, pedirle intercesión con los dioses o loás, incluso para ganarse el favor de Bondyé, creador de todas las cosas de la Tierra y regente del mundo de los espíritus. Su madre le había enviado a casa del hugán en aquella ocasión para pedirle protección a la loá Mama Brigitte. Ella es una diosa poderosa, protege las almas que nacen y guía a las que se van. Según Maguá se la podía ver por las noches paseando por el cementerio, cantando y bailando bajo la luz de la luna. Decía que era una mujer muy joven de rasgos dulces, con el pelo largo color negro intenso y de ojos claros. Mama Brigitte también intercedería con el gran Bondyé para pedirle protección y evitar que Murie quedase embarazada tan joven. Nadie debía saber de aquella visita al brujo, y menos su propio tío. Su madre había empezado a tener ese temor desde hacía meses, justo desde que él comenzó a tomar la costumbre a venir a su casa por las noches en busca de la niña. Por si acaso ella ya tenía reservada su gallina negra que habría que sacrificar en honor de Mama Brigitte en el momento en que su primer bebe naciese, para que lo protegiera en su viaje desde el mundo de los espíritus al de los vivos.

Maguá era un hombre bueno, el más sabio de todos los huganes. Nunca se había atrevido con la magia negra como los bokor, que tantos sufrimientos y miserias trajeron en el pasado. Él mismo podía hablar con los espíritus de la Guinea, algún lugar de África de donde proceden todas las almas y a donde habrían de ir una vez muertos en aquella isla. A menudo venían a visitarle incluso desde la ciudad para que ayudase a hablar con los difuntos, a despojarlos de ellos o para interceder con Bondyé para cosas que él nunca se atrevería a revelar a nadie. Por eso era el más querido y respetado de todos los huganes. En una casita de láminas de yagua, techo de guano y suelo de tierra vivía junto con una cantidad increíble de amuletos, objetos sagrados y otros fetiches que tenían un valor sobrenatural que solo él conocía. Como todos los huganes él guardaba el secreto del poder mágico de las cosas y de los espíritus. La confianza que tenían los loás en él era recíproca y su compromiso era el de velar por las buenas relaciones entre los habitantes de la aldea y el gran Bondyé. Tenía una larga mesa iluminada permanentemente con velas repleta de huesos, semillas, botellas, cajitas fabricadas con maderas sagradas, calaveras de animales, vasijas con líquidos de colores y todo tipo de objetos con los que utilizar en sus conjuros. Del caballete del techo colgaban pájaros secos, racimos de hojas, serpientes, metales con extrañas formas, todo envuelto en oscuridad perpetua porque decía que eso mantenía tranquilos a los loás. Maguá guardaba toda aquella colección de amuletos envueltos en un denso y dulce olor a brasas de hierbas y óleos. Sabía que a los espíritus les gusta oler bien y que por eso cuando aparecían en su casa bajo su invocación era justo y conveniente tener preparado el lugar a su gusto. Hasta aguardiente de caña clerén solía tener para Ayizán, pues cuando se presentaba era siempre lo primero que le pedía. No en vano es la loá a la que más le gusta beber y otros vicios que Maguá nunca se atrevía a contar.

Al llegar a su casa él la estaba esperando junto a una hoguera en la puerta donde quemaba ramas impregnadas de aceites aromáticos. Murie sabía que debía pasar por encima de aquellas llamas para purificar su cuerpo y alma porque en la choza del hugán iba a encontrarse con demasiadas puertas sagradas al mundo de los espíritus y era conveniente limpiarse antes de entrar en contacto con ellas. Al saltar el fuego Maguá la recibió con sus delgados brazos abiertos como hacía amistosamente con todos sus visitantes. Nadie conocía con certeza su edad. Su largo pelo blanco rizado y sus arrugas en la piel formaban parte de la memoria de generaciones enteras y ni él mismo sabía cuántos años hacía que estaba en el mundo de los vivos. La luz de sus ojos y su forma cálida de sonreír desprendían bondad y sabiduría. En la penumbra dentro de su choza tenía preparada una palangana de metal con agua enrojecida por hierbas mágicas, donde Murie debía introducir los pies para poder andar con pureza por el mundo de los espíritus. A la luz de las velas permaneció de pie mirando divertida a Maguá mientras éste pronunciaba sus primeras frases para pedir al loá Papá Legbá permiso para internarse en el mundo oculto, pues es el mediador entre el hombre y los loás.

—Oh, buen Legbá, escúchame: ábreme la barrera. Papá Legbá, ábreme la barrera. Ábreme la barrera para que pueda entrar. Vudú Legbá, ábreme la barrera. Daré gracias a los loás cuando vuelva. Ababó.

Al mismo tiempo en el suelo de su choza iba dibujando con harina de maíz el dibujo o vevé propio de Mama Brigitte, con un gran corazón en el centro y un triángulo que representa su feminidad en la parte de abajo del gráfico. Según Maguá esa invocación era muy poderosa y las fuerzas astrales podían hacer descender a la tierra a cualquier loá de las cuatro familias. Cuando el dibujo estuvo terminado le indicó con un gesto a Murie que sacase los pies de la vasija y que se sentara en un taburete de corcho adornado con plumas negras bajo un ramo de huesos largos que colgaba sobre su cabeza. El hugán tomó de la mesa que tenía detrás un puro que ya estaba encendido para seguidamente expulsar el humo alrededor de ella para protegerla de malos espíritus. Maguá decía que cuando se abren las puertas entre los dos mundos, el poder de invocación es tan fuerte que se corre el riesgo de que alguien se cuele sin estar invitado. Se colocó junto al dibujo mientras cerraba los ojos y agitaba su pequeña maraca repleta de huesecitos de pájaro. El hugán respiraba cada vez más profundamente, inclinaba la cabeza hacia arriba con sus ojos cerrados y extendía sus brazos. Durante un largo rato solo se le oía su pesada respiración quebrada por el monótono chasquido de la maraca de piel. De repente dejó de agitarla y bajó la cabeza con rapidez, despertando. Abrió sus ojos y miró a la niña con ternura, pero con una expresión en la cara que no eran la suya. Mama Brigitte por fin había llegado.

Aunque Murie estaba acostumbrada a tratar con los loás pues acompañaba muchas veces a su propia madre a invocar a Ayizán, la presencia de uno de verdad la inquietaba. Miraba fijamente a Maguá que ya no era el mismo. Su olor ahora era diferente y sus movimientos habían dejado de ser los de un anciano. Pero era el cuerpo seguía siendo el de Maguá.

—No temas niña. Yo te protegeré a ti y a tu bebé cuando venga. Guárdate de los malos espíritus y acuérdate de dejarme flores blancas en el cementerio.

—Sí, Mama Brigitte, así lo haré.

El hugán bajó la cabeza y se sentó en el suelo. Así permanecería inmóvil durante mucho rato para permitir que los loás que bajaban a la tierra a través de él pudiesen luego volver en paz a su hogar. La niña esperaba pacientemente a la luz de las velas en aquella estancia con olor a hierbas quemadas y madera antigua mientras observaba los objetos colgados del techo. Le llamaba la atención un búho disecado que tenía como ojos dos trozos de carbón y como corona una mandíbula de perro con todos sus dientes. Ya se hacía de noche y quería cuanto antes volver a casa donde su madre ya le debía estar esperando. El anciano movía lentamente la cabeza a los lados mientras murmuraba demasiado bajo para entender lo que estaba diciendo. En la aldea se creía que usaba un lenguaje con los loás que solo él conocía y que le fue revelado por el mismísimo Barón Samedi, el varón del cementerio y esposo de Mama Brigitte. Nadie se explicaba cómo Maguá había sido capaz de llevarse tan bien con ese espíritu mientras que al resto de los mortales solo les infundía terror. El Barón Samedi esperaba en los cruces de caminos a las almas errantes que van a Guinea y a veces era tan impaciente que cavaba sus tumbas allí mismo y los enterraba estando todavía vivos.

Murie se apresuraba de vuelta a casa pues ya hacía rato que anocheció y a su madre no le gustaba que anduviera sola a esa hora y menos desde que por aquellas montañas se había desatado la maldición que mataba a la gente de las maneras más horribles. Se decía que secaba a las personas en un santiamén y las dejaba hechas un puñado de piel seca y huesos. Por lo visto se trataba de una enfermedad que la habían traído los blancos y la llamaban cólera, también decían que era una maldición de los loás por no cumplir con lo que ellos piden a los que habitamos en el mundo de los vivos. Ya apareció un primer caso en la aldea y fue un bebé que murió en los brazos de su madre. Ella misma contaba que intentó inútilmente darle alimento del pecho hasta que el niño se convirtió en una rama seca. También se decía que los huganes de la zona se habían puesto de acuerdo para traer esa maldición, que era culpa de ellos, pues son los únicos que tienen acceso directo al mundo de las sombras.

Debía llegar temprano a casa para encender el carbón que utilizarían para preparar el pan que su madre vendía a diario junto al camino. Aunque la aldea estaba a oscuras, el brillo de las estrellas y la luz de algunas lumbres eran más que suficientes para poder encontrar el camino de vuelta. Por encima de los árboles alcanzó a ver una fila de no menos de diez luces amarillas que bajaba apresuradamente por el sendero del bosque, el mismo que acababa justo delante de su casa. Corrió a mirar desde la parte de la aldea que quedaba más cercana a la zafra y vio cómo la hilera brillante se deslizaba rápidamente. Poco a poco adivinaba las voces de los hombres que portaban antorchas y que proferían gritos entre ellos, aunque aún estaban lejos para poder entenderles. Cuando llegaron a la aldea pudo verlos, entre los que reconoció a alguno de ellos. Allí estaba uno de sus primos, su propio tío y un hermano que hacía tiempo que se había ido de casa. Pero la visión de los largos machetes de cortar caña que portaban la asustaba y se mantuvo escondida en la zafra. Venían alterados y gritaban agitando con violencia sus armas. Guardaron silencio ante la orden del que parecía ser el líder y formaron un círculo bajo el gran mango de la entrada. Desde su escondite Murie podía escuchar lo que decían.

—¡Debemos acabar con todos ellos! ¡Nos han traído esta maldición que nos está matando a todos! ¡Ya ha muerto gente en Roseaux, Gomier e incluso en Jeremie! ¡Si no nos damos prisa pronto no quedará ninguno de nosotros vivo! —decía el líder del grupo.

—Pero no todos son culpables —dijo su primo Jean—. Maguá es un hugán también, pero es un hombre bueno. Él no sería capaz de algo tan horrible.

—¡Mentira! —volvió el líder a decir de nuevo— ¡Son todos iguales! ¡Encontramos los fetiches que usan para invocar a Barón Samedi! ¿Para qué? ¿Para qué más se puede querer hacer bajar al mundo a un espíritu tan siniestro? ¡Dime!

Los demás enmudecieron mientras el líder les recordaba que esas maldiciones duraban mucho tiempo hasta que no se cortan de raíz, que no hay forma que los hombres puedan hacer para detener la fuerza y la crueldad de ese loá. Si no actuaban rápido nadie sobreviviría en toda la isla. Sin pensarlo dos veces Murie corrió por la zafra en medio de la oscuridad de la noche en busca del camino que da al mar por el que podría alcanzar la casa del hugán sin ser vista. Corrió con todas sus fuerzas sin dejar de pensar que el pobre anciano corría peligro y que debía hacer lo posible para advertirle. No podía creer que esos hombres tan malvados tomasen al pobre Maguá por alguien capaz de una cosa tan horrible. Se deslizaba rápidamente por entre las estrechas calles que separaban los lotes de caña de azúcar. Las conocía de sobra pues ella misma bajaba cada día a llevarles la comida a los braceros.

Al salir de la espesura del cultivo se encontró con la casa de Maguá y corrió a su interior. Como pudo y entre lágrimas le contó a toda prisa al asustado anciano que debía huir para que no le matasen. Un grupo de hombres malvados bajaban de las montañas con enormes machetes para hacerlo pedazos como habían hecho ya con otros huganes. El anciano recogió como pudo varios de sus amuletos y después de despedirse de la niña se apresuró hacia el bosque por donde él mismo solía dar sus paseos para recoger hierbas mágicas. Murie lo observaba mientras desaparecía entre la vegetación con su trabajoso andar apoyándose en su bastón de caoba. Nada más perderlo de vista se dio media vuelta y cogió un candil de aceite que había encendido en la choza. Lo apretó entre sus brazos y corrió por entre las casas hacia la suya propia. Se apresuraba para llegar cuanto antes, pues sabía que los hombres pasarían por allí de camino en búsqueda del anciano. Nada más llegar a su destino buscó una piedra con la que rompió el candil contra las paredes de guano, que prendieron fuego rápidamente. Las llamas subieron hacia la oscuridad de la noche con fuerza. Al ver la inmensidad brillante devorando su propia casa se arrodilló y simuló un desesperado llanto con gritos lo más fuerte que pudo. En seguida comenzó a acudir gente a la búsqueda de cualquier cosa con la que apagar el fuego, y poco después apareció el grupo de hombres machetes en mano sorprendidos por la violencia de las llamas que escapaban hacia el cielo. Al ver al grupo llegar, Murie alzó la cabeza y entre sollozos y lágrimas se dirigió a ellos.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Ha sido por mi culpa! ¡Tropecé al entrar y se me rompió el candil! ¡Lo siento!

Su propio tío salió del grupo y se dirigió hacia ella encolerizado. Apretaba con fuerza los dientes mientras andaba apretando los puños hacia la niña postrada en el suelo entre lágrimas.

—¿Qué has hecho? ¡Has destruido la casa! ¡Era de mi hermana! ¡Maldita! ¡Ahora verás lo que es bueno, maldita niña! —gritaba su tío enloquecido mientras se quitaba la correa de cuero del pantalón— ¡Voy a darte una paliza! ¡Te voy a matar!

Se abalanzó sobre la niña mientras los demás se afanaban en intentar apagar inútilmente el fuego. En las cosas de familia no debían meterse y menos para intentar parar a ese hombre con la fama de violento y cruel que tenía.

Al mismo tiempo, Maguá corría por la selva envuelto en la oscuridad de la noche huyendo de la aldea a la que jamás iría a volver. Sus pies cada vez se hacían más ágiles y su fatiga iba desapareciendo poco a poco mientras continuaba aprisa por los estrechos senderos del bosque. Llegó un momento en el que se sentía tan liviano que arrojó su bastón y comenzó a correr. Notaba que las piernas ya no le pesaban, que los pies se movían cada vez con más velocidad. Sus ojos se habían llenado de vida devolviéndole la expresión de juventud en su rostro. Su cuerpo desprendía una luz cálida a través de la túnica que iluminaba el camino por el que huía. Allá por donde pasaba, las plantas florecían como hacen en la claridad del sol y los pájaros dormidos se despertaban apresurados para cantar como si estuviese amaneciendo. Corrió hasta desaparecer para siempre del mundo de los vivos que nunca había llegado a comprender y que se empeñó durante años en mantenerlo los más cerca posible del que él realmente conocía, el mundo de los espíritus.

Comentarios

  1. Mabel

    27 agosto, 2020

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  2. Alvaro

    28 agosto, 2020

    Gracias Mabel. Es un extracto de «Los Niños de Babel» (Ediciones Alfèizar)

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