III

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Debajo de un puente del barrio de Caballito vive un hombre de una edad que ya ni él recuerda. Los años que paso habitando las calles le pasaron factura y hace tiempo que tiene dolores que solo aguanta pasándose una crema para caballos que encontró tirada en una de sus tantas búsquedas en la basura, buffet del que consigue la mayoría de sus comidas. Depende donde haya armado su carpa hecha con lonas, maderas, hierros de silla y un colchón que junto con su perro Mirlo son lo que más cuida y aprecia de sus pertenencias, alguna vecina vieja y cristiana le saca un plato caliente para que pueda pasar el frio de las noches. Siempre el frio de la noche parece más frio, piensa mientras moja un pan rancio en la salsa aguada que le trajeron unos jóvenes del barrio que en los inviernos, para sentirse mejor con su vida, reparten comida a la gente que vive en y de la calle. Separo una parte para darle al perro y la otra la come rápido por si vienen unos pibes que siempre se aprovechan de sus lentos movimientos para molestarlo, robarle sus pocas pertenencias o golpearlo hasta que se desmaya. El tacho que usa para calentarse hoy esta rojo de fuego  y le permite sacarse alguno de los abrigos agujereados que lleva puestos casi todo el invierno. En el aire encontraba la sensación de que algo estaba por suceder, las experiencias de la calle le generaron estas premoniciones, siempre sabe cuándo va a haber un accidente de tránsito cerca de él o cuando vuelve su olfato sabe que se encuentra cerca de otro grupo de vagabundos. O personas en situación de calle, como le dicen los pibes ahora. Mirlo después de comer la bandeja con salsa y fideos desapareció y no lo volvió a ver. Acostumbrado a los paseos nocturnos de su amigo se acostó atento de que lo poco que tiene está a su alcance. El fierro que usa para defender sus cosas, los pocos abrigos que se sacó por el calor del tacho enrojecido, la cucha de Mirlo, el carro donde traslada sus cosas cuando lo echan de algún espacio público pensado para el consumo, donde las personas reales no pueden estar demostrando su miseria mientras la juventud toma sus cafés personalizados o sándwiches con semillas. Contento con el lugar donde estaban sus pocas cosas termino por tirarse en su colchón, decidido a dormir con el estómago lleno después de días largos de hambre dolorosa. Pasados unos minutos escucho un ruido y pensó que era Mirlo decidido a acostarse al lado suyo. No levanto la mirada por la seguridad de la opción nombrada. En un instante su cuerpo estaba completamente mojado y tenía un olor reconfortante. La silueta de un cuerpo vestido de negro y con la cara tapada encendió un cigarrillo y en su mano derecha se hizo visible el bidón rojo para combustible. En silencio y con los ojos muertos esta sombra tiró el cigarro sobre el colchón mojado, inmediatamente el fuego tomo la forma del hombre y de todo lo que lo rodeaba, una fogata enorme alumbro cada vez más al encapuchado, se repetía el brillo en los cierres de su campera. Tiro ahí mismo el bidón rojo. Con una sonrisa agarro su bicicleta y silbando una canción se alejó de la escena. El hombre no opuso resistencia, el fuego se hizo más grande y alcanzo las lonas que cubrían las goteras de la autopista. El techo de fuego encontró al perro ladrando al espacio que supo ser su familia.

Comentarios

  1. Esruza

    11 agosto, 2020

    Buen cuento, triste, triste vida como hay muchas. Hay gente buena, pero también gente mala. en este mundo.

    Mi voto y saludos.

    Estela

  2. Luis

    30 agosto, 2020

    Está fabulosamente escrito, y es un tema que todos o casi todos desafortunadamente rehúyen. Es tierno y voraz, y esa mezcla de sensaciones deja un poso de sabor amargo en el paladar del lector. Espero no haberte aburrido. Un saludo y mi voto-.

  3. roy

    31 agosto, 2020

    Gracias! Que bueno que les haya gustado.

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