LA HABITACIÓN PROHIBIDA

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Tan pronto como el Celador oyó aquel ruido se dio cuenta de que algo raro ocurría; aquel sonido —que sugería un desprendimiento de tierra— no formaba parte de los ruidos nocturnos del templo, que él, en su calidad de vigilante, conocía a la perfección.

     ¿Acaso una parte del lugar sagrado se había derrumbado? Bien, no era imposible, aunque rezó en silencio para que no fuese así; pues el santuario no se llamaba el Templo del Silencio sin una buena razón: cualquier estruendo podía ser nefasto, porque Ella debía seguir dormida. Eso, o el Fin del Mundo.

     En cualquier caso, su labor era investigar; así que cogió el pesado bastón que venía con su cargo y partió en dirección al pasadizo del que parecía provenir el ruido. No es que esperase encontrar a algún intruso, pero el procedimiento en tales casos estaba claro; y él, en sus veinte años como Celador, no se había atrevido a desafiar el Reglamento.

     Estaba andando por el lóbrego corredor cuando oyó otro ruido, este más suave y cercano. ¿Se estaba volviendo loco, o le había parecido pasos, pasos humanos?

     Como en respuesta a su pregunta, un objeto contundente se estrelló contra su cabeza. Estuvo a punto de gritar —lo que podría haber tenido consecuencias fatales—, pero logró contenerse a duras penas. Por lo demás, se derrumbó en el suelo, no inconsciente, pero sí aturdido.

     —¡Quieto ahí, hombrecillo! —dijo su agresor, un hombre cubierto de pies a cabeza con ropas negras. Sólo su cara, tiznada de hollín, quedaba estaba al descubierto—. ¡Si te mueves, te remato!

     —¡Por favor, no alces la voz! —pidió el Celador, en un susurro desesperado—. ¡No debemos hacer ruido!

     Otro hombre, vestido igual que el agresor, aunque algo más bajo y escuálido, llegó trotando por el pasadizo.

     —Creí que lo ibas a dejar noqueado —le dijo al primer hombre de negro.

     —Era mi intención —dijo este—, pero no te creas que es tan fácil como en las historias.

     —Tú decías que lo sabías hacer a la perfección.

     —No. Yo dije que sabía cómo hacerlo, pero no soy infalible. Todos podemos fallar. Ya te digo que no es como en las historias, que de un toquecito ya caen redondos.

     —Siempre fardando y luego nada…

     —¿Insinúas que soy un fanfarrón?

     —No insinúo nada: lo digo claramente.

     Ante los ojos y oídos del Celador se estaba desarrollando una escena asombrosa: aquellos dos hombres estaban discutiendo, ¡en el mismísimo Templo del Silencio! En vano intentó pararlos, mientras sentía que el mundo se le caía encima. Entretanto, una tercera figura vestida de negro apareció en escena y, mucho más directa, hizo chocar las cabezas de ambos hombres, parando en seco la discusión.

     —¡Callaos los dos! —ordenó una voz de mujer, en un susurro—. No sabemos si hay más Celadores. —La mujer puso sus ojos en el vigilante del templo y preguntó—: ¿Hay más como tú montando guardia?

     —No, soy el único —respondió—. ¿Quiénes sois vosotros, que perturbáis la paz de este lugar sagrado?

     —¿Tú qué crees? —preguntó la mujer—. Somos ladrones, ni más ni menos.

     El Celador suspiró aliviado. Podrían haber sido Herejes, algo mucho más peligroso.

     —En tal caso, podéis llevaros cualquier objeto de valor que encontréis. Sólo os pido que no hagáis ruido y, sobre todo, que no entréis en la Habitación Prohibida.

     El hombre más grande sonrió, dejando ver una blanquísima dentadura, que contrastaba con la negrura de su atuendo.

     —¡Eso es que es allí donde guardan sus mayores tesoros! —sentenció.

     —En tal caso, debería de llevarnos hasta ese lugar —dijo el hombre más pequeño.

     —No puedo —dijo el Celador—.  La Durmiente descansa en la Habitación Prohibida; y el Fin del Mundo nos espera, si Ella despierta. —Al ver que ninguno de los ladrones reaccionaba a aquel título, inquirió—: ¿Acaso sois extranjeros, que no sabéis que la Dadora de Vida duerme su sueño eterno en este lugar?

     —Somos de todas partes —explicó la ladrona—, y en todas partes hay un templo que se considera la morada de un dios. Hemos desvalijado ya unos cuantos y, por ahora, no he visto otra cosa que ídolos vacíos.

     —Debéis creerme cuando os digo que este lugar es distinto: Ella es real, la he visto con mis propios ojos; y todos pereceremos, si no respetamos su descanso.

     —¡Bah! —exclamó el ladrón más alto—. ¡Otro truco de los monjes, para no compartir su oro con nosotros!

     —Nos llevarás hasta esa Habitación Prohibida —dijo la mujer—. Entonces veremos si dices la verdad.

     —No puedo hacer tal cosa.

     Rápida como la ira, la mujer puso una daga reluciente en el cuello del Celador.

     —Claro que puedes. Encontraremos esa habitación, tarde o temprano, y sería lamentable que dieses tu vida en vano.

     —Está bien —concedió el vigilante, tras unos segundos de silencio—. Pero os lo imploro: ¡no hagáis ruido, por el bien de este mundo!

     La mujer asintió y miró a sus compañeros, que asintieron a su vez.

     Tras un suspiro mitad de alivio mitad de resignación, el Celador condujo a los ladrones hasta la Habitación Prohibida. Una vez allí, abrió con cuidado la gruesa puerta de roble —cuyos goznes engrasaba tres veces al día, para evitar que chirriasen— y permitió, quizá por primera vez en su historia, que alguien ajeno por completo al clero entrase en el santuario.

     Aquella estancia era totalmente distinta del resto del templo, que se podía definir perfectamente como un laberinto de piedra gris; allí, en cambio, las paredes eran de mármol blanco y unos amplios ventanales permitían la entrada del aire de la noche veraniega. Con la llegada del día, por supuesto, las Hermanas Descalzas las cerrarían, para que el brillo del sol no fuese a perturbar a la Durmiente.

     Con todo, lo más llamativo era el Sagrado Lecho, que ocupaba el centro de la habitación. Ni que decir tiene que contaba con una eficiente mosquitera; las autoridades eclesiásticas no querían arriesgarse a que una picadura de mosquito provocase el Apocalipsis.

     —Esa cama es el lugar más sagrado del mundo —susurró el Celador—, pues en ella sueña la Dadora de Vida.

     —Quiero verla —dijo la mujer.

      El Celador quiso protestar, pero el más alto de los hombres le retuvo a la fuerza mientras la ladrona echaba un vistazo tras la mosquitera. No tardó en salir, con una expresión de sospecha en su rostro.

     —La chica que duerme en esa cama parece humana —dijo, mirando fijamente al Celador—. Muy guapa, de acuerdo; pero humana al fin y al cabo.

     —Pues es la Dadora de Vida —susurró el vigilante del templo—. ¿Sabes cuánto tiempo lleva durmiendo aquí? Tanto como este mundo, al menos; quizá todavía más.

     —¡Eso es imposible! —dijo la mujer—. Si el mundo no había sido creado cuando se echó a dormir, aún no podía existir la habitación en la que está dormida.

     —Tales detalles son un misterio que no pretendo desentrañar; sólo os cuento lo que me enseñaron.

     —En cualquier caso, no parece haber nada valioso. Iremos a buscar riquezas a otra parte.

     Fue entonces cuando la mujer, el hombre alto y el Celador cayeron en la cuenta de que el tercer ladrón había desaparecido: tan pronto como había oído mencionar a su compañera que la presunta diosa era una mujer muy guapa, había sentido curiosidad, traspasando la mosquitera que le separaba de la Durmiente.

      Aquella muchacha era muy  guapa, en efecto: rubia, de piel pálida, del tipo que a él le gustaba; sólo que aquella mujer no sólo atraía, también enamoraba.

     Casi sin darse cuenta, el ladrón se inclinó sobre el rostro de la joven dormida. Pudo sentir, entonces, su cálida respiración en sus labios, ¡como si aquella Soñadora le estuviese dando un beso! Y, como recordando el final de un cuento de hadas, el ladrón correspondió a esa etérea caricia besando los labios de la joven.

     Los ojos de la Durmiente, del color del mar, se abrieron lentamente. Y lentamente las paredes de la habitación, el sagrado lecho, los cuerpos de los tres ladrones y el Celador, los muros de piedra del templo, la ciudad que lo rodeaba y el país al que pertenecía se fueron deshaciendo en finísima arena, que una ráfaga de viento se encargó de dispersar. Sólo la Durmiente quedó como testimonio de aquel mundo extinto.

      Y, finalmente, bostezó.

     La joven recién despierta fijó la vista en las ventanas de su habitación, agradecida de ver la luz del día. Había tenido un sueño muy extraño: en él había gente que se creía viva y real, cuando sólo era parte de un sueño, el suyo.

     Menos mal que aquello era la realidad, ¿o no? Porque aquella muchacha con sueños tan extraños no pudo evitar preguntarse, mientras tomaba un nutritivo desayuno, si ella misma no sería el sueño de alguien. ¿Qué pasaría, entonces, cuando a ese alguien le diese por despertar?

Comentarios

  1. Gian

    24 agosto, 2020

    Excelente relato. @leiregran

    Me gustó, estuvo muy entretenido.

    Saludos y mi voto.

    Gian.

  2. Esruza

    24 agosto, 2020

    Muy buen relato, Leire, me atrapó.

    Mi voto y saludos

    Estela

  3. JR

    25 agosto, 2020

    Excelente! Muy bien contado.

    Saludos!

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