Níveo y carmesí: I

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Era un sueño, ¿tal vez? De cualquier forma, no puedo responder en primer lugar a la simple pregunta de si acaso no es todo más que un sueño.

¿Sigo soñando acaso? Lo desconozco, porque la vida tal como la conoces puede tratarse de una ilusión.

Pero en aquel momento, podía ver todo a mí alrededor con más claridad y lucidez que en cualquier otro instante estando «despierta».

Al final, me estaba hablando a mí misma mediante una voz que no me pertenecía.

Y ¿a quién le perteneció o le pertenecería entonces?

No lo recuerdo, así como tampoco lo puedo saber a futuro.

En cualquier caso, ¿me permites compartir este sueño contigo? Creo que tomará muy poco de tu tiempo. Y ten por seguro que estoy al tanto de lo que significa perder el tiempo.

****************************************

Me desperté en medio de un bosque níveo, de hierba blancuzca y ramas de caoba. Un paisaje tanto invernal como infernal. Sin embargo, más que sentir el frío congelar mis huesos como los troncos de los árboles, no sentía nada.

A pesar del frío, lo opaco y tenue del paisaje parecía querer dar reflejo de algún momento del día, quizás indicando que se trataba de un alba apesadumbrada o un oscurecer cada vez más próximo. ¿Día o noche? En cualquier caso, se trataba de un sueño.

Sentía que había muerto. Nada a mí alrededor emanaba ese calor que surgía de la vida.

Entonces algo hizo eco del vacío y la blancura que me rodeaba. Cánticos y quejidos se hacían escuchar, pues el silencio había decidido abandonar aquel lugar… puede que la cordura le acompañase en su paseo.

Las ramas crujían sin cesar mientras un ventarrón hizo que mis cabellos se sacudiesen mientras intentaba ponerme de pie. La nieve quemaba la planta de mis pies.

Pero no tenía miedo, pues sentía que aquel paraje fantasmal y los lamentos que profesaba me eran familiares. Me recordaba a mi moribunda alma.

No encontraba salida de aquel paraje. Gotas y copos como lágrimas caían sobre mi cabeza y mis hombros, mientras que el viento traía recuerdos y una melodía melancólica. No veía más que la miseria de lo impoluto.

¿Debería mancharme para dejar atrás aquel blanco misérrimo?

—¿Acaso me dejarás morir? —pregunté sin esperar respuesta. Tampoco comprendía la razón de que esa pregunta brotara de mis labios.

—¿No ves cómo nos lastimas?

Esa voz… ¡era yo! Como si de un eco que repitiese palabras que no habían sido pronunciadas, me escuchaba hablándome a mí misma. Sin embargo, en esta voz que sonaba tal como la mía, no había temor, sino una profunda furia y desdén.

—¿De qué hablas? ¿¡Quién eres!? —obvié su pregunta retórica, considerando más apremiante entender qué estaba pasando.

—¿Sigues sin verlo? ¡Somos tu yo! ¡Somos lo más profundo de ti! ¿Lucimos como un paisaje tétrico e infernal? —Comenzó a reprender mi voz que se escuchaba por todo el bosque, estruendosa e inclemente—. ¡Tú nos has hecho esto! ¡Tú te lo has hecho!

¿Yo me había hecho… qué cosa? ¿Trataba de decir que mi «alma» luciese como este infierno se trataba de mi error?

—Yo…

—Hace frío, se trata de un paraje congelado y sin vida. Pero al mismo tiempo sientes como se quema tu piel y tu ser. —La voz entonó casi con sorna—. Sin embargo, en cierta forma puedes entender esas sensaciones de dolor, frío y ardor; después de todo, tu mente y espíritu son un tormento constante desde siempre.

¿Habría muerto entonces? ¿Mi alma se encontraría ardiendo y congelándose al mismo tiempo?

Temblé al entender el significado de lo dicho, pues me hacía evocar mi desamparo y sufrimiento casi constante. Día tras día, no podía más que probar cianuro y cal; mi mente era un caos, mis mañanas un suplicio y los sabores de la vida me eran insípidos.

Y todo se debía algo.

—Intenta ver más allá de los colores, ¿cuál es tu verdad? ¿Sientes que le quitas la verdad a alguien más como si le arrebatases la vida? —prosiguió mi voz pronunciada por otro—. Pero, ¿qué tal si de cualquier manera tu verdad perece?

Blanco, no, se trataba de pura ira y lo frívolo de mi vida.

—¿Eres maldad? ¿Mereces este infierno? Es posible, pero ¿sabes qué más? Ellos también lo merecen.

—He lastimado a otros.

—Como todos.

—He pecado de ignorante.

—Tal como ellos. —La voz, mi voz, continuó contestando a mis excusas—. Entonces, ¿dejarás que te destruyan?

Sin darme cuenta, comencé a sollozar.

—¿Ya ves? En un mundo donde prevalece la quietud de la muerte, la ignominia de una existencia sin Dios y sin significado, ¿qué harás?

Me calcinaba, el hielo y la sangre quemaban, pero me sentía viva.

—¿Qué harás?

—Si destruir me hace vivir, porque la muerte nos hace recordar la importancia de la vida, no queda más que destruir algo a mi paso.

****************************************

Ese día había despertado bañada en sudor, pero un sudor tan helado que me recordaba el bosque congelado de mis sueños. A los segundos, mi corazón se acompasó; miré a la luna, su luz era desquicio y calma.

Paredes derruidas me rodeaban, y un techo que se alzaba sobre mí era lo tenía como refugio. Todo era oscuro, salvo aquella estela blanquecina que se colaba por la ventana.

Pero, ¿ahora quienes tendrán que refugiarse?

Vine aquí luego de huir de quienes me hicieron perderlo todo. Con sus palabras, con sus falsas promesas.

Vine aquí a morir. Pero…

Ahora tendría que bañarlo todo de carmesí.

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