Olvido y resaca

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Me desperté. Dios, la cabeza.

En mi cama una piba dormía desnuda.

Fui al baño. Vomité.

Me lavé la cara. Me miré en el espejo.

Me toqué la frente y moví los dedos como rascando mi cabeza. El pelo lo tenía como están los pelos en esas mañanas.

Sentía una lentitud adentro que no me dejaba terminar de arrancar.

La piba se levantó. También vomitó.

-Gracias por sostenerme el pelo

 -Estás hermosa

-Estoy desnuda

Antes de salir del baño me miró entendiendo lo que pasaba.

Tomé un par de pastillas para el dolor de cabeza y el pellizco del costado y un café.

Desayunamos y salimos al balcón un rato.

Fumamos. El pecho me ardía. No sé si el pecho, el estómago o qué pero algo me ardía. Seguí fumando igual.

Ella estaba un poco mejor que yo.

-¿La vas a llamar?

-¿Para qué?

Entramos de nuevo.

En el piso lo de siempre. Ropa, botellas vacías. Papeles. Pastillas. En la mesita de luz restos de hierba.

-¿Me prestás estos libros?

Me lo preguntó como si supiera, como para poner algo distinto en mí.

Le dije que sí.

 La vuelta al día en ochenta mundos de Cortázar, el sueño de los héroes de Bioy Casares, sobre héroes y tumbas de Sábato y el libro de arena de Borges.

– ¿Ya te vas?

-Tengo que ir al trabajo

Me puse el barbijo y salí a dar una vuelta manzana con el perro.

Tiré la bolsa con la mierda en el tacho de basura y fui al kiosco.

Casi siempre voy a otros dos kioscos que son de esos de 24 horas y siempre me cagan entre cinco y diez pesos.

Nunca digo nada porque cinco, diez pesos no son para hacer quilombo. Tal vez no hacer quilombo pero sí decir algo. Pero no, tampoco. No por la plata, por el hecho que te caguen siempre.

Esta vez fui a otro kiosco. Estaba atendiendo un pibe joven, se notaba que estaba nervioso. Estaba atendiendo a una mujer, después estaba yo y atrás había otro tipo.

Me dio mal el vuelto. Le iba a comprar algo de 200 y pico y le pagué con 300, cuando me dio el paquete y vi que el paquete que quería comprar era otro le dije, no, perdón. Dame ese y lo señalé. Cambió el paquete y no se dio cuenta y me dio los 300 pesos que le había dado, más cincuenta pesos más.

La recompensa…

Caminé unos pasos. Sentí culpa. Pero fui a otro quiosco y compré más cerveza. En casa ya tenía.

Pasó un día.

Tengo que admitir que durante ese día también sentí culpa. Después de tomar las cervezas me olvidé por un rato.

Comentarios

  1. MP

    17 agosto, 2020

    Muy bueno compatriota. Seguís recordándome a Bokowski. Un gran abrazo!

  2. Esruza

    18 agosto, 2020

    Qué desvelo, eso pasa con los «trenes de pasada» ¡Já!, tal vez no me entiendas, pero ¿cómo no devolver lo que te dieron de más?

    No se puede votar

    Estela

  3. gonzalez

    18 agosto, 2020

    Muchas gracias, Mariela y Estela. Sí, bueno… tampoco es Bukowski el único que puede hablar de alcohol ¿No? En realidad este relato es mtiad realidad y la otra mitad está basado en una canción de las pastillas del abuelo que se llama candombe de la resaca. Un fuerte abrazo a las dos.

  4. Eli...

    18 agosto, 2020

    Muy buen relato, y buenísima combinación con Las Pastillas del Abuelo.
    Bien, bien, bien compatriota.
    Abrazo!

    Esta página está funcionando mal, parece que a varios les pasa, a vos?

  5. gonzalez

    18 agosto, 2020

    Muchas gracias, Eli. Sí… funciona como el orto jaja! Un fuerte abrazo amiga!

  6. Mabel

    18 agosto, 2020

    Muy buen texto. Un abrazo González y mi voto desde Andalucía

  7. Vladodivac

    19 agosto, 2020

    @gilgonzalez

    Amigo Gonzalez-Bukowski, aparte del candombe de la resaca sabés que me gustás pibe.
    Mi voto y un abrazo.

    Semper Fidelis.

    Joaquin.

  8. gonzalez

    24 agosto, 2020

    Muchas gracias, Naim. Un fuerte y cariñoso abrazo.

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