El giro copernicano de Kant: ¿Nos engañan los sentidos… o su representación? Una anotación apologética de la percepción

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Si bien podría decirse que, una vez comprendida la ley de Snell–Descartes (primeramente descrita por Ibn Sahl a c. 985), ya no hay realmente engaño de los sentidos en la refracción de la luz, pues podemos restituir mentalmente la forma genuina del objeto… ¿qué hay de todos aquellos fenómenos para los cuales aun no tenemos explicación o, aun peor, tenemos varias plausibles pero fundamentadas en premisas contrarias, como se explora en César Tomé Galileo vs. Iglesia Católica redux (IV): Venus, a modo de ejemplo de la tesis de Duhem–Quine? ¿Quién nos engaña entonces?: ¿nuestros sentidos, que permanecen consistentes?, ¿o nuestros marcos teóricos, que intentan continuamente adaptarse —revoluciones científicas traumáticas mediante, como expone Kuhn— al mundo percibido, cual Aquiles tratando desesperadamente de alcanzar a la tortuga, de dar caza a esa visión ideal, comprensiva y coherente del mundo?
Peor aún, ¿qué hay de los fenómenos de los que ni siquiera somos conscientes? ¿Acaso no podemos imaginarnos un mundo sin la observación del entrelazamiento cuántico? (Kocher 1967) ¡Y a pesar de sentir sus efectos en nuestro propio cuerpo, como nos restriega la biología cuántica! ¿Quién nos garantiza ahora que no se nos están escapando dimensiones enteras inalcanzables por nuestros sentidos, como en una suerte de Flatland? ¿Podemos culparlos a ellos entonces, de algo sobre lo que ni siquiera tienen constancia?
Más aún, aunque conociéramos todas las leyes del universo, y la precisión de nuestras mediciones (indirectas, vía instrumentos, para salvar el punto anterior) fuera tal que nuestras predicciones no se vieran afectadas por la sensibilidad a condiciones iniciales de la teoría del caos, y nuestros cálculos fueran computables (cf. Wolpert, Rukavicka), y tomáramos alguna de las interpretaciones deterministas de la cuántica… ello no nos garantizaría que pudiéramos reconstruir siempre el objeto genuino a partir de nuestros sentidos, como pone de manifiesto la irreversibilidad (en el sentido absoluto, que no estadístico) de ciertos procesos termodinámicos, o la paradoja de la pérdida de información en agujeros negros. ¿Cómo pueden así los sentidos engañarnos sobre algo de lo que ni siquiera pueden soñar con poder acceder?
En verdad digo que no hay nada más sincero que ellos, ni nada más deshonesto que quienes, abusando de su confianza, los acusan de engaño. Pues si aun al fin admitiéramos la existencia del demonio de Laplace, ¿no volveríamos con ello a nuestro punto de partida, desvaneciéndose cualquier acusación de perversión de la realidad? ¿No serían incluso las alucinaciones más extrañas… rutinaria y claramente desencriptables?
Imagen: Husserl 1910s (padre de la fenomenología), Mondadori Publishers

Comentarios

  1. Cortex

    9 septiembre, 2020

    Una disquisición de Diez, SEKIOZ.

    Mi voto,

    CORTEX

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