EL TREN DE LAS TRES

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Marcelo no quiso probar la droga, pero fue tarde, todo giraba a su alrededor, se tuvo que atajar por la barandilla de la azotea del edificio de 15 pisos para no caerse. A sus 18 años era la primera vez que se drogaba.
Las luces sicodélicas y el estridente sonido de la música lo volvían más loco aún. La fiesta de fin de curso recién comenzaba. Miró hacia abajo y tardó en entender que las calles de Asunción estaban vacías.
Eran más de las 2 de la madrugada de un sábado. Miró a su alrededor y vio jóvenes enloquecidos por la música, el alcohol y las drogas.
Eso no era lo suyo se dijo y se alejó como pudo de toda esa algarabía forzosa, artificial, prefabricada… de toda esa estridencia demencial.
No recordó cómo logró bajar el ascensor para salir a la calle.
Se recostó por las paredes del edificio intentando recuperar un poco de equilibrio y control, desde allí la música se escuchaba como amortiguada. Miró hacia a un lado y a lo lejos vio la fachada de la vieja estación del ferrocarril construido en la década de 1860 y que ahora sólo servía de museo. Recordó que en frente había una parada de taxi. Se dirigió hacia allí. Cuando llegó, escuchó que una campanilla manual sonaba, aquellas antiguas, las de bronce. Una voz dijo:
_  Último llamado, se les pide a todos abordar el tren de las 00:03 con destino a la ciudad de Sapucai, por el andén número dos.
Miró por el amplio corredor de la estación pero no había nadie. Luego escuchó los pasos acelerados y el bullicio de gente alborotada; además del traqueteo y los silbidos del antiguo tren a vapor. Marcelo no pudo entender lo que le estaba pasando, se preguntó:
_ ¿Qué tipo de droga me dieron?
Se sentó sobre un banco a esperar que le pasaran los efectos de la droga. Cuando un hombre vestido con uniforme azul, le tomó de las manos y le dijo:
_ Es hora de abordar el tren.
Marcelo no tuvo las fuerzas para resistirse, se dejó llevar, sintió que estaba dentro de un sueño. Al rato le hicieron subir al tren que comenzaba a moverse. Allí vio a la gente que había corrido prisa para abordarlo, todos vestían trajes muy antiguos. Sus rostros reflejaban una tristeza ancestral. Nadie advirtió su presencia, esto le incomodó bastante, pero se dejó  llevar por la experiencia, sabía que de un momento a otro despertaría de aquel extraño sueño, de aquella alucinación que no dejaba de envolver un misterio profundo. Poco a poco el tren fue tomando velocidad, se sentó en un asiento vacío, miro por la ventana y en efecto, el tiempo había retrocedido como 100 años. La ciudad de Asunción como él la conocía, había desaparecido. Todos los edificios que observaba, eran de la época de la colonia. De pronto, escuchó un fuerte ruido en el mecanismo de transmisión de la máquina, como si una pieza se rompiera. El tren que iba en su máxima velocidad comenzó a traquetear.  Al rato se descarriló y el desastre ocurrió. Los pesados vagones dieron tumbos, cayendo hacia una pronunciada pendiente, en la caída aplastó a un sinnúmero de personas que habían sido despedidas a través de las ventanas rotas. El alarido fue brutal, Marcelo se sujetó como pudo. Segundos después el vagón llegó hasta el fondo. Los gritos y lamentos se escuchaban por doquier. Una tremenda humareda contaminó el aire y perturbó la visibilidad. La luna llena era la única fuente de luz en aquel desolado paraje. Luego todo se hizo muy silencioso.
Marcelo buscó un hueco por donde salir y en su intento encontró restos humanos, rostros desencajados, miembros dispersos, vísceras y sangre por todos lados. Nadie sobrevivió en ese vagón. Cuando salió, escaló la  pendiente vio el dantesco espectáculo. El antiguo tren se incendiaba en el fondo. No podía creer que fuese el único sobreviviente de aquella tragedia. Sólo tuvo golpes leves. Intentó dar ayuda, pero nadie respondió a sus llamados desesperados. Todos habían muerto. Trató de despertar de aquella atroz pesadilla pero no lo consiguió. Le pareció extraño que en aquel estado de trance en el que creía se encontraba, pudiera razonar.  Entonces, decidió retornar a la estación en busca de ayuda.
Caminó por más de una hora y de a poco, las cosas volvíeron a su normalidad. Entre la espesa bruma, divisó las luces de los edificios. Sintió que iba despertando, pero todavía le dolía el cuerpo y sentía el shock emocional que le produjo el accidente.
Llegó a la estación, estaba vacía. No había a quién pedir ayuda o alguna explicación razonable. En eso, vio hacia el fondo de la galería a una pequeña niña vestida de blanco, parada sola, con una valija de cuero.
_  ¡Oh no! – se dijo,  ¿Esto va a continuar?  Nunca volveré a probar ninguna droga.
Intentó correr del lugar, pero su curiosidad fue más. Se acercó a la niña. Esta estaba llorando.
_¿Qué te pasa nena? – le preguntó.
_ Mi mamá se fue.
_¿Dónde?
_ En el tren de las tres.
Marcelo la miró con tristeza, poco a poco se dio cuenta que lo que estaba viviendo, nada tenía que ver con las drogas que había ingerido. Era otro tipo de experiencia, como si alguien del más allá le quisiera decir algo o contar algo.
_ Vení conmigo,-le dijo- le tomó de las manos y caminaron por la amplia galería. Al rato sintió que las manos de la niña se volvían rugosas. Cuando giró la mirada, vio que la niña se había transformado en su bisabuela a quien sólo conocía por una fotografía colgada en la pared de la sala de su casa, que siempre le había llamado la atención. Lo único que sabía de ella es que era oriunda de la ciudad de Sapucai. La anciana le dio un beso en la frente y le dijo:
_Cuidate mucho mi hijo _  Y desapareció.  Sorprendido Marcelo, la buscó, pero la estación estaba más vacía y fría que nunca.
El grito de un hombre que le ofrecía sus servicios, le sacó de su ensoñación.
_ Taxi!, taxi!
Marcelo abordó el vehículo y retornó a su casa. Jamás olvidaría lo que le ocurrió en aquella estación y en el tren de las tres.

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