La receta se respeta

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Seguramente usted ha acudido a cualquiera de las misceláneo-farmacias de la localidad o mejor aún de 1as prósperas cadenas con sus impre­sionantes supertiendas y elegantes malls de­partamentales: autoservicios con abarrotes, salchichonería, dulcería y bebidas, regalos. perfu­mería y servicio de fotografía express. Ciertamente que al fondo y a la derecha encontrará también el departamento de farmacia para surtirle los medicamentos de paten­te o de patontos.

Es el caso de la señora Ponce quien acudió a una de estas farmacias a surtir una receta. Le presentó a la dependiente una receta de su mé­dico tratante para un medicamento sicotrópico y ésta le dice: «este pro­ducto está controlado, debe identi­ficarse con su credencial de elec­tor o pasaporte, además, debe traer impreso a máquina el nombre del paciente su edad, y el diagnóstico (en este caso su hijo, un menor) para que podamos surtir­la»,

Hecho lo anterior, ella regresa con nueva receta y la tendera va ahora  con la encarga­da responsable para que le autorice y selle la receta. Finalmente después de una revisión tipo título de concesión le dice, aquí está su medicina son 607 pesos del RITALIN. La señora Ponce le replica que debe aplicar el 30% de descuento que anuncia su letrero sobre un cartel a la vista del público «PARA TODAS LAS MEDICINAS DE PATENTE». La encargada le contesta de ma­nera airada, «pues lo siento, pero en medicamentos controlados no hay descuento».

La reacción de la cliente es no aceptar semejante arbitra­riedad pues contradice la oferta (gancho) y niega todo e! sentido de responsabilidad de la farmacia que surte medicinas de patente.

De mal modo la dependiente le devuelve la receta —inválida ahora por el sello y las anotacio­nes— y le exclama:

–¡Ahora ya no podrá surtirla en ninguna parte!

La ciudadana Ponce busca a la res­ponsable de la farmacia, quien le espeta:: «sólo a los especialistas les ha­cemos descuento, y eso si están registrados en nuestros controles.

Además, esa receta está impresa en computadora y el ISEA no las acepta así. Deberá decirle a su médico que se la cambie por una hecha por impresora autoriza­da «por el control sanitario».

O sea que una farmacia puede tener todo tipo de productos alimenticios perecederos etc., etc., pero no acepta una receta impresa por la com­putadora del facultativo con los datos fidedignos del médico y su firma autógrafa,

¡Vaya modernidad, los patos tirán­dole a las escopetas!

Y vaya voracidad de in­cumplir con la responsabilidad far­macéutica en aras de una ganan­cia ante la apremiante necesidad de un enfermo. La razón es que no es negocio lle­var controles, pese a que todo me­dicamento requiere receta médica por definición, seguridad y registro sanitario.

Pero la realidad es otra y muy diferente. El negocio de las farmacias y los productores de me­dicamentos está en manejar y ven­der sus productos como simples mercancías: como verdaderas pa­naceas para el consu­mo y la automedicación.

Baste ver en todas las boticas las ofertas de medicamentos y productos popula­res ofrecidos al mejor postor y para lo que haya menester. Y así, la voracidad de pro­ductores y vendedores de bienes de salud, hace posible esta reconversión mercadológica en la presentación y venta de medica­mentos que son, farmacoló­gicamente, venenos potenciales y cuyo precio suben o bajan arbitrariamente pese a la regulación de la SSA y a la supervisión de la Cofepris (Secretaría de Economía), que autoriza el precio final al público de los medi­camentos, tarea que sectorialmente le correspondería a la PROFECO: procuraduría del consumidor.

Esos famosos ganchos de los descuentos muestran la absoluta falta de control en los precios ofi­ciales al público que cambian (eti­quetan) cada semana. Lo que quiere decir que los precios fluctúan se­gún el índice de acaparamiento de los negocios o demanda del públi­co en la botica, farmacia o cadena de autoservicio. Y, claro, cuando deberían respetarse las normas sanita­rias —y de sentido común— impre­sas en el marbete y la caja:  «este producto re­quiere receta médica» y otras le­yendas de protección, incluido el precio al público, –puesto que ya no es ne­gocio actuar como verdaderos far­macéuticos auxiliares del médi­co—.  en el sentido de vigilar y res­petar una prescripción y evitar así la automedicación y la charlatane­ría de los acaparadores de farma­cia, convertidos ahora en simples especuladores de mercancías al mayoreo.

Toda esta moderna mercado­tecnia de los productos similares y de los genéricos intercambiables no es sino una estratagema enga­ñosa que permite a rudimentarios «ensambladores» de medicinas con licencia sanitaria, producir y vender en sus cadenas; (Best-Simi-Pharma-Life) a precios rebajados (lo más barato es la consulta) productos 2 o 3 veces más baratos que aque­llos de marca y patente, pues el mercado libre de esos carísimos me­dicamentos permite esa pernicio­sa conducta mercachifle que provo­ca la automedicación, el autoconsumo y la farmaintoxicación ante la complacencia de las autoridades sanitarias y los colegios médicos, que prefie­ren favorecer a la sacrosanta libre empresa en aras del lucro agrega­do, en lugar de vigilar y promover la salud de la población educán­dola para prevenir.

 

CORTEX

 

 

Comentarios

  1. Sosias

    8 septiembre, 2020

    ¿Identificarse con su credencial de elector?

    Gran escrito .Felicidades y mi voto.

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