«Ahogando al vecino, no sales del pozo.
Entre más profundo el pozo, menos luz.
Sin luz, sin claridad, no hay esperanza»
Refránero popular.
La noción de que la alternancia podría sustentar un presidencialismo acotado y equilibrado, se ha desmoronado. La idea de que el obcecado candidato se convertiría en el «pantocrato» del cambio, — cual figura mítica del Trümper Prinzip o Quetzaltcoatl: el campeador que entrega su fuerza su talento y su vida a un proyecto de nación—, se ha desvanecido con la discordia de Morena. Día tras día, la pareja de palacio se empeña en poner en práctica ese nuevo presidencialismo. Ése donde la política de Estado, seria y programática, se deteriora con la osadía o la ocurrencia. Aquella donde la falta de liderazgo pierde su pauta y la incoordinación del gabinete provoca absurdos y contradicciones; donde el protagonismo de la Morena atropella no sólo la agenda ejecutiva sino aquella de la nación entera.
Este semestre la realidad ha arrojado tres evidencias:
Una, la falta de coordinación de la actuación sanitaria contra la errátiva estratégia anti COVID;
Dos, la falta de claridad en las prioridades de las tareas ecónomica y de desempleo del gobierno y,
Tres, el deterioro de la políticas de seguridad pública y defensa social (DH) con un aumento pavoroso de la criminalidad, la pobreza y la mortandad general (Covi, Homicidios, Narca-guerra).
Después de dos años de experiencia acumulada en el gobierno, el que la 4T se siga tropezando con las mismas piedras no puede entenderse más que como un problema de novatos e incompetentes «chuchas cuereras» del Erario. Y que después de ese lapso se sigan cometiendo crasos errores (la Boquilla, Lozoya, Pemex), obliga a pensar en un desequilibrio neuro-peliagudo y, entonces, habrá que pensar cómo reponer la institucionalidad del Ejecutivo a fin de evitar el desmoronamiento del edificio gubernamental.
El poder unicéfalo (Plaza vacía, grito único) que emergió desde su elección ha proliferado y en dos año y pico el eje de las decisiones y de la pauta declarativa se mutó hacía la Mañanera. El poder real del #dictat+coro que imparte desde Palacio influye en la vida de millones de mexicanos, no solo de sus correligionarios. Es sintomático observar cómo en la opinión pública, se aprecia una mayor receptividad de la plebe para esas mañaneras, que para las iniciativas del Legislativo donde los «noroñas» tienen su tapanco.
El esfuerzo físico de sus giras y apariciones semanales, menguan esa vitalidad de la que siempre se ufanó al desplegar una Presidencia fuera de escritorio. Ahora está obligado a cumplir con las rutinas tempraneras del Concejo de seguridad, de las conferencias mañaneras y las reuniones de gabinete incidentales que lo confinan intramuros bajo la sombra del Benemérito y el calor conyugal.
El Presidente es la cabeza de un poder electo, el de la sustentabilidad democrática, que todavía no aterriza. Los traspiés declarativos erosionan su autoridad y menguan la confianza de la gente. Desde sus comienzos, no hay jornada que no implique un trabajo extra de sus operadores para traducir sus palabras en instrucciones. Su consorte es, presuntamente, su acompañante en el poder y, en esa medida, se impregna su imagen del respeto-y sobre todo del temor que su cercanía con el preciso produce en todo palacio. Al Presidente pueden decirle no los morenos, los congresistas, los gobernadores y hasta las feminas disidentes, pero a la señora consorte… ¡niguas!
El rigor postural del Preciso no es agradable para ciertos persoanjes acostumbrados al acuerdo discrecional con el poder presidencial. Los secretarios del ramo y sus emisarias tenian la disyuntiva de acompañar a la señora consorte y con ello subliminalmente inducir el vo.bo a sus programas o ser descalificados en el gradiente de los afectos del preciso.
Pero hoy, nadie sabe - nadie supo, de donde salió la majestática figura del balcón de Palaciui.
CORTEX





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