Los resentidos

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«El resentimiento es el venemo del alma. Pero ese rencor puede convertirse en potencial

si aprendemos a canalizar su fuerza: hagamos Patria. no despojos».

 

La neurosis social, conse­cuencia del resentimiento, es un desequilibrio emo­cional que satura las fun­ciones nerviosas de la vida de relación y del afecto: los apegos y sentimientos que nos enlazan. Pue­de semejarse al fenómeno fotográfico de la sobre exposición al tomar una foto a contraluz: el exceso de estímuluz que entran a la cámara (en el cerebro) impide que la imagen se imprima, o sea que no sale la foto, que la realidad no es revelada en nuestra conciencia correctamente.

Esta alteración aumenta la energía nerviosa (tensión, ansiedad) y des­carga las emociones encontradas de manera inadecuada, agre­siva o impertinentemente, y llega a convertirse en un mecanismo reflejo de desadaptación que desahoga nuestro sufrimiento contenido de forma explosiva. Nos pone en evidencia, nos avergüenza y nos hace indivi­duos no confiables e improductivos para la convivencia social.

El origen de las neurosis es diverso. Principalmente obedece a la represión de instintos o impulsos insatisfechos o a la incapacidad —frustración— de no alcanzar una meta o un propósito gratificante. A veces somos capaces de reconocerlo, pero otras viene de zonas del inconsciente, como fuerza aparen­temente suprimida que emerge incontrolable y amenazadora.

En muchas ocasiones no vivimos la experiencia que reproduce el senti­miento negativo, pues aparentemente se transmite en forma de secuencia hereditaria, ejemplo: la abuela fue desdichada, la madre fue su víctima y la hija carga con esas grabaciones mentales que la perturban y, eventualmente, las trasmitirá a sus hijos.

Es como el trauma de la conquista por los Iberos o el bastardismo de origen que produjo el mestizaje mexicano o a la pérdida de la mitad del territorio nacional en 1847 o a las devaluaciones y desfalcos empobrecedores del país (FOBAPROA); acontecimientos que no experimentamos en carne propia, pero que sí los resentimos de manera inconsciente.

Todo ello provoca tensión y sufrimiento nervioso inespecífico (alarma-distress) que nos produce a su vez zozobra y frustración.

Puede ser el origen también de nuestra inseguridad, de cierta sensación de «no competividad» como en el fútbol y de su contraparte propagandística de:

«Quien dice que no se puede» que aumenta esa irritabilidad consuetudinaria al ponernos frente a una encrucijada existencial: contra el gobierno, la economía, la sociedad, la fatalidad de la pandemia, desencadenando el enojo contra nosotros mismos que nos paraliza nos deprime y nos hace renergar de nuestro destino (incompetencia)

Los resentidos sufrimos por algo que nos atañe pero que no pudimos evitar. Agravios que surgen por alguna situación violenta o desagradable que dijimos; por algo que nos hicieron y que nos causó daño; por palabras hirientes que no podemos olvidar y por injurias que nos circulan en la sangre.

Hay hijos que tienen resentimientos contra los padres porque no les permitieron estudiar o dedicarse a lo que les gusta: hay otros que se sienten infelices al no tener padres ricos o poderosos que les permitan codearse con el «jetset» y tener autos de lujo y tarjetas de crédito para «alivianar» su existencia o porque no los dejaron casarse con quienes ellos creen que hubieran sido dichosos.

A veces el resentimiento es contra la madre, pues no eligió favorablemente al progenitor que tienen o ella tuvo una vida azarosa y desafortunada. En fin, son resentimientos injustos, pero, en lugar de no repetir el error que los provocó, lo seguimos cometiendo.

No se puede juzgar el pasado con los ojos del presente. La vida ya se tiene, de nosotros depende convertirla en una existencia feliz. El resentimien­to a quien daña es al que lo sufre, es como un «bumerang».

Ahora bien, todo este desequilibrio afecta la funcionalidad cerebral y nos lleva gradual­mente a un estado de confusión mental, a episodios de obcecación o manía de tensión y desgaste, hasta hacernos caer en la abulia (me vale mauser) y en la fatalidad improductiva (sigo siendo el rey).

En el terreno sicosomático esa tensión, esa energía potencial sufre desvia­ciones que afectan a diversos órganos y funciones del cuerpo. Así tenemos que produce ansiedad: palpitaciones y sobresaltos, opresión del corazón y aumento de la presión arterial. En el sistema digestivo: náusea y acedías, vacío estomacal, indigestión y flatulencia. Puede producir anorexia y delgadez, pero más frecuentemente hambre compulsiva y aumento de peso. En la piel se manifiesta por urticaria, neurodematitis y vitíligo (zonas de piel sin pigmento) o los famosos «chincuales» ronchas fugaces que se confunden con las alergias, pues tienen el mismo origen: exceso y desviación de la energía nerviosa.

Finalmente estos trastornos terminan en enfermedades por autoagresión: obesidad, úlcera péptica, colitis espástica, asma bronquial, alopecias (caída del pelo), impotencia y anorgasmia sexuales. Y así, un simple «estress soste­nido» puede convertirse en una verdadera enfermedad social, por la incapaci­dad del neurótico de controlar sus reacciones emotivas que lo transformarán en un ser desadaptado, intolerante y amenazador de la convivencia famiiiar y del trabajo productivo.

¿Y cuál es la salida a este laberinto de contradicciones?

Pues activándose, aprendiendo a usar esa energía neurótica. A trabajar sobre sí mismo, tomando concien­cia del potencial que el resentimiento puede activar para convertirlo en motor de superación que permita desarticular el rencor y el sufrimiento y convertirlo en ac­tos de amor, de autoestima y de productividad personal.

Buscar las respues­tas en la providencia, la mano amiga, la ayuda espiritual del consejero, el grupo solidario o la guía generosa del docto entendedor, quien, como en el libro de «In Search of the Miiraculous» de Ouspensky, define el trabajar sobre sí mismo.

 

CORTEX

 

 

Comentarios

  1. Esruza

    9 septiembre, 2020

    >pero, en lugar de no repetir el error que los provocó, lo seguimos cometiendo.>
    Como dice alguien por ahí, tú eres el que sabe de estos menesteres, pero ¿quién no ha sentido el resentimiento alguna vez? Aunque no creo que todos tengamos esos síntomas que mencionas.
    Encomiable artículo.
    Mi voto

    Stella

  2. Sosias

    10 septiembre, 2020

    Extraordinario como siempre.

    Felicidades estimado Cortex.

    Mi voto.

  3. Gian

    10 septiembre, 2020

    Excelente texto. Me gusta.

    Saludos y mi voto.

    Gian.

  4. Cortex

    10 septiembre, 2020

    Mi gracias a:

    Esruza, por su comento.

    A Sosias, por sus adjetivos generosos.

    Y a Gian, por el favor de leerme.

    CORTEX

  5. Leire_G

    12 septiembre, 2020

    Un texto muy agudo e interesante. Tienes mi voto : )

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