Metafísica cotidiana

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«Las palabras quieren decir lo que yo quiero que digan:

Elba, reina de la pedagogía en el país del  ya merito»

 

Cuando se acercaba el mo­mento fatídico de los exáme­nes, los estudiantes promedio imploraban al cielo el en­vío de un evento prodigioso que suspendiera las fatales pruebas. Y nunca ocurrió el milagro. El maestro esperaba a las víctimas propiciatorias con cara de ogro atrincherado en un bonche de preguntas cada vez más peliagudas a medida que la ignorancia o el olvido iba siendo la pauta educativa. En el duro peregrinar del Peje can­didato al de Presidente de los mexicanos, se presen­tó una situación providencial aprovechada por el magister presidencial para encriptarse con su pareja en Palacio; levantarse al Alba, analizar la situación de la seguridad interna, guardar silen­cio, y aparecer gallardo en las mañaneras para corregir o desmentir las noticias de los acontecimientos de la víspera, situación prototípica repetida día tras día desde hace 20 meses.

Es una saludable costumbre, aunque difí­cil de llevar, ser lo suficiente­mente honestos para aplicar la autocrítica a lo que hace­mos, y al mismo tiempo ser asaz humildes para aceptar las críticas antes de recha­zarlas. También es muy difí­cil criticar solamente lo que las otras personas hacen, evitan­do criticar a las propias per­sonas. No es lo mismo que alguien me diga que hago cosas parecidas a los anima­les a que me digan que yo soy un animal. Es bueno que un doctor nos diga si anda­mos mal en alguna práctica no saludable de la vida. a que un buen amigo nos señale un comportamiento erróneo. To­mada la perspectiva culturalmente, podemos de­cir: pobres de los iraníes con esa cultura tan densa de reli­giosidad. Si es cierto que el Islam es puro fanatismo, en­tonces allí, entre más fanáti­co del Islam eres, eres más puro. O sea, el pueblo buenos lo es, porque desciede del Pejeyac.

Es un dilema injusto que los iraníes tengan la obligación de escoger si van a querer ser libres o van a querer ser fieles. Vivir en una religión para eliminar la libertad de conciencia o cívi­ca es una tragedia, pues no es posible convivir con islámicos si ellos te conside­ran -de entrada- que eres un enemigo de su religión. La sociedad civilizada no acepta un «nosotros», haz o manojo uniforme, pues por definición dicha sociedad no puede hablar con una sola voz, ni puede tener una sola opinión: es diversa y plural. Los que no pertenecemos a ningún partido y de todas for­mas vociferamos y nos ma­nifestamos, no pertenece­mos a una sola organización llamada «sociedad civil», pues en ese momento se establecería una especie de sindicato o gremio y la sana función de la civilidad cesa­ría.

La Biblia, origen de la re­ligión judeo-cristiana, señala­ba esa disposición endogámica: si eres libre eres infiel, si eres fiel sólo con tu religión y con tu pueblo (el elegido) estás comprometido. Los ju­díos (la Torá) y los cristianos (las Cruzadas) proclamaban muchos fanatismos islamitas: si no estás conmigo estás contra mi. Ser fiel o infiel, amigo o enemigo, ser confiable o sospechoso, es la lógica maniquea que utilizan los fundamentalistas de uno y otro bandos. Rasgo sobresaliente de mister Trump es esa tendencia a no permi­tir el juicio y la opinión inde­pendientes, pues todo lo tra­duce a estás o no conmigo con o sin muro de por medio.

El fanatismo religioso, ét­nico, lingüístico, nacionalista y cultural es el laboratorio mental que antecede a los ataques terroristas. Si Irán persiste en su intención de hacer de su país un Estado teocrático, y los iraníes in­sisten en dejarse gobernar por clérigos islámicos, los Es­tados Unidos no podrán es­perar plácidamente en su casa a recibir el próximo ata­que.

Si en nuestro país no he­mos podido convencer a los líderes de los partidos a que dejen a sus militantes votar en secreto para elegir a sus dirigentes (Morena), va a ser muy difícil convencer a los sacerdotes islámicos que dejen de totalizar la vida de las personas dentro de su religión o de su país. Los imanes del monopolio de partidos deben liberar a sus fieles para per­mitirles deliverar en asuntos internos electorales, compor­tándose como personas -ciu­dadanos del Polis- y no como islámicos excluyentes: sin libertad ni opción y sin libre albedrío.

Critico la cerrazón de es­tos líderes morenos cuasi islámicos, pero también critico a tanto intelectual ultra moderno, que se dicen com­prometidos, pero que en rea­lidad no lo están ni siquiera con la liber­tad de las personas en lo in­dividual. Estos políticos inte­lectuales aceptan que pobla­ciones enteras vivan apri­sionadas en sus bariiadas o ghetos, porque según ellos están obligados a respetar el multiculturalismo, casi de túristico electoral: el de votos por mendrugos y a otra cosa mariposa.

Las mafias partidarias no merecen esa conside­ración, así como el monopo­lio del poder -aquende o allen­de- no debería tener el respe­to de la sociedad civil; porque, lo que no sabe, puede o quiere ha­cer el gobierno –con­ducir provechosamente las re­laciones con el país más po­deroso del orbe– de­bemos realizarlo todos los ciu­dadanos a menos que quera­mos que la volubilidad de la Reina de la pedagogía nos lle­ve al desbarrancadero.

 

CORTEX

 

 

 

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