Primera parte de una vivencia inexacta

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No recuerdo bien si fue  comienzos de enero o a finales de diciembre. Por esas fechas yo andaba trasteando con la insuficiencia cardíaca y el desarraigo, o lo que es lo mismo,  con la metilendioximetanfetamina.

Vivía en un cuchitril de la calle Rodolfo Valenzuela, en la esquina donde el año anterior una niña de doce años fue asesinada brutalmente.  Cuando eso sucedió yo no vivía allí todavía, de hecho, creo que es la única razón por la que un tipejo como yo, sin un puto duro, podía permitirse el lujo de un piso para mi solito en plena periferia. Ahora la periferia es como el centro, eso dicen.

 El piso tenia cuarenta metros cuadrados, un baño, una habitación y una sala de estar. Nunca dormía dos días en el mismo sitio. A veces en la cama, a veces en el sofá y a veces en la bañera. Solo había corriente en el salón. El resto de la casa, cuyo cableado había desaparecido misteriosamente, se mantenía en una penumbra acogedora. A menudo encendía velas que robaba de la iglesia del barrio, las ponía en la mesita y me quedaba horas mirando cómo se derretía la cera y como la sombra dibujaba un paisaje tintineante en las paredes. Esos días eran buenos días porque significaban que tenía dos pastillas de colores en el bolsillo. Por lo tanto, esa noche podría sentarme en la penumbra escribiendo hasta perder el sentido o la vista, lo que sucediese primero. Luego me despertaban los gritos de las mujeres que trabajaban en un taller cercano, siempre dando voces camino del curro, martilleando mi cabeza con su cháchara insustancialmente aguda. Para qué los putos gallos, sin tienes el corral entero debajo de la ventana. Una ventana sin cortinas que daba a una larga avenida con amplias aceras y coches a todas horas; con una vista espectacular de la vulgaridad de la ciudad, de cualquier ciudad. Me levantaba con la garganta seca, la cabeza como cien bailarines irlandeses en San Patricio y el estómago ardiendo. Entonces, desnudo, me acercaba a la ventana y dejaba que las mujeres chillonas contemplaran mi polla fláccida y retorcida juguetear en el aire. Me sentaba bien aquello. Me sentaba mejor cuando alguna tipa de esas que tenían mil nombres y una sola cara, dirigía una sarta de improperios, una retahíla de insultos camioneros contra mi persona. Alguna vez me tiraban botellas de plástico pero vivía en lo alto de un edificio de tres plantas que no es mucho pero que es suficiente. Si me levantaba de buen humor, abría la ventana y descargaba toda mi orina mañanera contra ellas mientras me reía sádicamente. Sabían que estaba loco y también sabían que me importaban una mierda.

Luego desayunaba. Si os habéis fijado, en los cuarenta metros cuadrados no había cocina alguna. Eso era porque el piso era un desván amueblado, una buhardilla clásica de las que Balzac hubiera sacado una mierda de novela pretenciosa. Todo ese aspecto bohemio de la vida del artista tampoco me importó nunca demasiado. Estaba ocupado sacándome las castañas del fuego. A veces, cuando me entraba el mono y no había manera de conseguir pillar, me subía en el autobús y me quedaba dando vueltas y vueltas alrededor de la ciudad esperando que se hiciera de noche. Entonces me bajaba en el centro, en las calles donde los chavales se emborrachan y se meten rayas a escondidas en los soportales, cerca de los bares eternos con música inane y excesivamente coloridos. Allí, cuando la juventud se ponía fina, aprovechado mi aspecto sucio y desarrapado, intentaba darles el palo. Lo que pasaba era que nunca llevaba nada, ni navaja ni un cuchillo de untar mantequilla ni nada. Porque me subía en el bus esperando que las vueltas continuas y repetitivas me durmiesen, me quitasen el mono ese cabrón; si llevaba la navaja, estaba cantado: salía para dar el palo. Así era difícil engañarse, pero con el tiempo he aprendido que es mejor que te mientas tú que te mientan otros. Total que era mejor salir sin navaja. ¿Alguna vez que saliese sin ella acaba en otro lugar distinto? La verdad es que no. Por eso digo que salía sin navaja, solo con mi mala hostia y unas ojeras profundas como la ambición de un político. Casi siempre me caían unas hostias de miedo. Al principio los chavales se cagaban pero con el tiempo, esa juventud que no quería tener problemas, que quería sacarse la carrera y tener contentos a los padres para que soltasen la guita a final de mes, fue transformándose progresivamente en una jauría de hijos  de puta que solo querían hacer daño y meterse mil disparos. De modo que si había suerte y engañaba a alguien pues eso. Pero lo cojunodo era que con el tiempo, la gente, sobre todo los punkis y los hipsters y los soplapollas se acercaban y me invitaban ellos. ¿Para qué llevar navaja, no?

Pero no nos engañemos: casi siempre tenía algo en el maletín. No era una maletín, más bien una bolsa de cuero raído con agarraderas forradas de un material sintético, pero me gustaba llamarlo maletín porque me recordaba a Miedo y asco en Las Vegas, y procuraban tenerlo lleno de drogas variadas. Añoro los sesenta y eso que nací en los noventa.

En aquella época tenía un curro en la oficina de una empresa de ventas. Barría, fregaba y me bebía el alcohol etílico rebajado a medias con agua. Pero hacia bien mi trabajo. A veces ponía la oreja y escuchaba a los ufanos vendedores jactarse de cómo habían engañado a una vieja para que comprase un televisor Ultra HD “¡Y lo más cojonudo era que no veía una mierda!” decían. Todos eran felices allí por lo menos treinta y cinco minutos al día. A veces más.

Volvía a casa para comer y no tenía ni cocina. Pero me daba igual porque coincidía con la salida del primer turno de las mujeronas y me divertía ver como ninguna de ellas estaba al tanto de que yo caminaba junto a ellas. Al no verme la polla no me reconocían, pensaba, y me atragantaba de la risa. Cualquiera que me viese cambiaria de acera joder. Pero era mejor así.

Así que subía por unas escaleras diminutas y rezaba por encontrarme con la vecina del primero. Era una mujer mayor, de cincuenta y algo, con una belleza nostálgica. En algún momento fue una tipa espectacular, de las que giras la cabeza atontado, pero ese tiempo había pasado y ella lo sabía y su cuerpo también lo sabía. Pero a mí me encantaba precisamente por eso. Intentaba ocultarlo con vestidos abultados y nada favorecedores, casi nunca mostrándose en público: se avergonzaba de sí misma. Era encantadora y todos los días esperaba encontrármela en el rellano y soltarle una frase ingeniosa de esas que dicen en las películas, apoyándome contra la escalera como un actor de Hollywood, como si tuviera una polla enorme y le diría: “Oye nena, no sé si voy a poder quererte como te mereces pero desde luego voy a follarte como deseas” y luego me iría meneando el culo con mi chaqueta de cuero y mis jeans descoloridos. Pero ella no salía y yo solo tenía una chaqueta de cuadros de mi abuelo a la que le faltaban todos los botones, y unos pantalones de chándal con agujeros en el culo. Soñar es algo maravilloso. Entonces subía la escalera y me iba derecho al maletín.

 Si me quedaban cartones (es lo que prefiero a esas horas) me comía medio y me sentaba a escribir como un demente. Es lo mejor. Esperar que te suba el ácido mientras estás dale que te pego a la literatura. Todo el mundo, todos los mundos a tus pies. Te sube mientras estás en el limbo de la consciencia porque cuando escribes sucede un fenómeno paradójico: nunca eres más tú mismo, y nunca eres tan diferente como en ese momento. Es la hostia. Pero solo dura un rato. Después, eres incapaz de concentrarte en nada demasiado tiempo, todos los estímulos son necesarios, no te decides por ninguno. Y escribir requiere concentración. Al final el bolígrafo acababa recorriendo él solo la página en blanco por sitios desconocidos, sin rumbo, siguiendo la estela de la consciencia que se derrama en las paredes. Es algo especial. Pero el ácido no era tan fácil de conseguir en aquella zona y en aquellos años, así que recurría a todo lo demás: m, mescalina, dmt, lo que fuera. Pero psicodélico. Las otras, el fentanilo, la morfina, las benzos, eran para dormir o para morir, según se mire, y la coca, el spiz, MFD, para dar el palo, ir de fiesta o currar (siempre me ha costado distinguir entre las tres). Así que lo mejor para escribir es el ácido. Yo lo tomaba por la excitación antes del pepinazo, no por otra cosa. Cuando subía, le dejaba libre como un caballo al galope por las grandes llanuras. Si notaba que se me iba, farlopa y a correr.

Comentarios

  1. Otro Pobrecito Hablador

    14 diciembre, 2020

    Hace unos años compartí letras en El Tintero con un tal Settembrini, estos escritos suyos me lo recuerdan mucho. Aunque bien es lógico que no sea la misma persona está claro que quien emplea ese seudónimo tiene fuerza literaria para dar y entusiasmar.

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