UN CUENTO PARA LUCY

Escrito por
| 65 | 7 Comentarios

 

Abrió los ojos y miró hacia la ventana. Había empezado a llover, pero ella no sentía frío. Su madre la dejó arropada antes de que se quedara dormida, hacía unas horas, cuando le aplicó la inyección diaria que mitigaba un poco sus dolores y la ayudaba a descansar.

La lluvia arreciaba. Se podía escuchar su golpetear en el techo como si se tratara de pequeñas piedras. A Lucy le agradaba ese sonido y el olor a tierra mojada, pero esta vez no se alegró.

Pensaba en Samuel, su amigo, a quien conoció un año antes, en medio de juegos y actividades escolares. Él se convirtió en su inseparable compañero.

Esta vez deseaba que dejara de llover para que pudiera venir a verla. Se había acostumbrado a sus visitas cada tarde, a que le relatara lo ocurrido en la escuela, con los maestros y los demás niños. Samuel le recordaba las travesuras y ocurrencias que antes solían hacer juntos. Lo hacía para infundirle un destello de alegría; reviviendo anécdotas que ambos compartieron en algún momento.

Cuando Samuel estaba a su lado, ella olvidaba su pesar y sentía alivio de los dolores propios de la enfermedad que la aquejaba. Con frecuencia él la hacía reír e imaginar las cosas que harían juntos en cuanto ella se recuperara.

Ambos extrañaban los largos paseos en bicicleta y cocinar postres inventados, como aquel pastel que nadie pudo comer porque Samuel insistió en duplicar algunos ingredientes. Aquella vez decidieron regalarlo en pequeñas porciones y divertirse con las reacciones de los demás, que en cuanto lo probaban hacían incontenibles gestos de asco y repulsión.

Otras veces iban a caminar por las calles del barrio. En ocasiones, pulsaban algunos timbres y se alejaban corriendo, escondían alguno que otro sobre de correspondencia, o lo cambiaban por el de un vecino. Siempre se les ocurría hacer alguna broma y a nadie le parecía que estuviera mal.

Entre los adultos, se comportaban bien. En la escuela, cumplían sus deberes con puntualidad.

Con el tiempo, desde que Lucy enfermó, Samuel bajó su rendimiento y calificaciones.

Por momentos se le veía solitario y pensativo, sin deseos de jugar a la pelota con sus amigos ni de trepar árboles o techos. Sus maestros lo apreciaban y comprendían, no lo presionaban. Le decían que Lucy pronto estaría de regreso. Lo alentaban y, por unos días, Samuel recuperaba el ánimo.

Las primeras veces que fue a su casa, le dijeron que no era posible verla. Entonces, él vigilaba la entrada, veía entrar y salir a personas extrañas; parecían doctores, familiares o enfermeras.

Después de un mes, Samuel empezó a creer que Lucy no regresaría a la escuela ni volvería a salir a jugar al parque. Los adultos no le daban explicaciones, se limitaban a decir que ella necesitaba descansar. Pero quería verla. Y pensaba que a ella también le gustaría verlo a él. Pensaba mucho en la manera de lograr que le permitieran visitar a Lucy. Ni siquiera podía ver a través de las ventanas, porque las cortinas siempre estaban corridas.

Un día, Samuel escuchó a su madre decirle a una vecina que iban a hacer una cadena de oración por la salud de una niña. Enseguida entendió que hablaban de Lucy y preguntó qué significaba eso. Se dio cuenta de que su amiga necesitaba mucha ayuda. Entonces, le pidió a su madre que hablara con los padres de Lucy para que le permitieran verla. Ella se negó, dada la gravedad de la niña. Pero Samuel no entendió razones y se enfureció. Derribó, golpeó cada objeto que encontraba a su paso. Habían transcurrido tres meses sin verla y aquello no le sentaba nada bien. Su madre lo dejó desahogarse y al rato lo escuchó llorar. La conmovió tanto que le prometió interceder para que él pudiera visitarla aunque solo fuera una vez y por un momento.

Se lo concedieron, pero Lucy siempre estaba dormida. Samuel se sentaba a su lado y esperaba, a veces por dos o tres horas, y se marchaba para regresar al día siguiente.

Pensaba en ella todo el tiempo, no solo porque la extrañaba, sino porque quería encontrar la forma de ayudarla. Quería hacer algo por ella y para ella.

Recordó aquellos cuentos que tanto le gustaban a ambos y llevó uno para leerle. Temía sobresaltarla. Hablaba en voz baja, casi en susurros.

Cada tarde, leía un cuento para Lucy. Así pasaron los días.

Samuel se emocionaba en alguna escena interesante o divertida, y ansiaba que ella estuviera despierta.

Un día, el papá de Lucy se disgustó al escuchar a Samuel. Le dijo que perturbaba el descanso de ella y que no debía hacerlo más, que le estaba haciendo daño y que Lucy necesitaba dormir en paz. Estaba muy enojado. Hasta le prohibió que volviera.

Al llegar a su casa, Samuel no quiso hablar, comer, ni ver televisión.

Dos días después, la mamá de Lucy fue a buscarlo a la escuela para pedirle que regresara a visitarla. Le contó que su hija se había despertado en la noche, del mismo día en que él estuvo leyendo por última vez. Llamaron al doctor y éste no comprendió lo sucedido. Les hizo preguntas para indagar razones, y notaron que lo único diferente en esos días era la presencia de Samuel y que él leía cuentos para ella. Le explicaron la amistad que existía entre ellos y el doctor recomendó que continuara visitándola, porque le haría bien compartir un rato con él, siempre que cumpliera la condición estricta de no fatigarse. Que ni siquiera intentara hablar y la visita debía ser breve.

Aunque ahora Lucy abría los ojos, no tenía fuerzas para hablar.

Esa tarde, Samuel entró al cuarto dando pasos cortos y pisando con suavidad. Procuraba no hacer ruido. Traía un manojo pequeño de florecitas silvestres, las mismas que Lucy solía recoger de camino a casa, al salir de la escuela. Rosadas, amarillas y blancas, las que él recordaba que eran sus favoritas.

Entonces, ella despertó. Hubo en sus ojos un vestigio de alegría y una leve sonrisa se esbozó en su rostro. Lucy sonreía porque él estaba ahí.

Samuel se apresuró a hacerle un gesto con la mano, para indicarle que no hablara. Le enseñó las flores, acercándolas a ella hasta colocarlas entre sus manos que estaban cruzadas sobre el pecho.

Le contó las hazañas de ese día en la escuela, desde la primera clase hasta las piedras que lanzó a unos perros que lo persiguieron al salir. Ella permanecía atenta a toda su aventura.

Continuaron pasando los días y Samuel disfrutó de ver a Lucy despierta. A veces ella reía un poco, otras, simplemente sonreía.

En ocasiones, Lucy intentó decirle algo, pero su voz era tan débil que él no podía entenderla.

Un día logró decirle «gracias», y a partir de entonces le hablaba pocas palabras; un sí, un no, y una que otra más, lo cual mantenía el entusiasmo de Samuel.

Su salud no mejoraba, pero por momentos parecía revivir el color en sus mejillas, con la presencia de su amigo.

La tarde en que la lluvia aumentaba, se sorprendió al reconocer la voz de Samuel al otro lado de la puerta. La mamá de Lucy lo condujo a la habitación y lo regañó por exponerse al aguacero. Estaba empapado y le dio una toalla para secarse.

El libro se había mojado también, pero ambos rieron porque ya se sabían casi todos esos cuentos. Aún así, Lucy aceptó que su amigo leyera uno más, antes de desechar el libro. Las hojas se desprendían y algunas se desmembraban por la humedad, pero Samuel se esforzaba por leer tratando de unir los pedazos que hicieran falta. Ella estaba contenta, aunque su risa era inaudible.

Al día siguiente, Samuel no pudo ir a verla. Había contraído un fuerte resfriado y no tenía permitido acercarse a Lucy hasta que mejorara.

Una semana después, por fin, tuvo permiso de sus padres para visitarla.

La encontró dormida. Se mantuvo muy quieto y callado sin saber si debía hablarle. No quería perturbar su sueño. Apretó una de sus manos entre las de él y la sintió fría. Sin poder contenerse más, le habló:

—Por favor, Lucy, despierta. Sé que te gustaron los cuentos que te leí. ¿Quieres que te lea otro? Dime, ¿qué te gustaría? Te traje un dulce… tu mamá me dijo que no puedes comer estas cosas. ¿Sabes? Hoy nos mandaron muchas tareas, pero no tengo ganas de hacerlas. Mi papá me amenazó con castigarme porque me he portado mal en la escuela. Ayer pegué un chicle en el cabello de Laura y escondí el morral de Sonia porque estaban hablando de ti. Decían que estaban contentas porque ya no te verían y que pronto vas a morir. Las odio. Sé que no es cierto, tú vas a estar bien. Ellas se reían y no sabían que yo las estaba escuchando. Por eso hice esas cosas. Quería golpearlas pero los varones no hacen eso a las niñas. Es que son malas y envidiosas. No se parecen a ti. Se burlan porque vengo a verte, me dicen que pierdo el tiempo. Me haces falta, Lucy.

Samuel sollozaba con la fuerza de los que desahogan un dolor mucho tiempo guardado. A su corta edad no podía comprender que ocurrieran cosas tan crueles como la enfermedad de su amiga. Permaneció allí hasta anochecer, y tuvo que venir su papá a buscarlo. Lo sacó a la fuerza, porque pataleaba y se resistía, se negaba a irse hasta que Lucy despertara.

Esa noche los vecinos vieron llegar al doctor, luego se escucharon gritos y llantos.

La niña había fallecido al final de la tarde. Fue la voz de Samuel lo último que escuchó.

Autor: Verónica Maita Rojas.
Puerto Ordaz, Venezuela.
Mayo, 2018.

Comentarios

  1. Mabel

    9 septiembre, 2020

    ¡Excelente! Un abrazo Vero y mi voto desde Andalucía

  2. The geezer

    9 septiembre, 2020

    Un relato lleno de tristeza, pero a la vez con esa belleza del amor sin barreras. Mi enhorabuena y un saludo!
    César

  3. Gian

    10 septiembre, 2020

    Excelente relato. Me ha gustado.

    Saludos y mi voto.

    Gian.

  4. SDEsteban

    10 septiembre, 2020

    Me ha gustado mucho. Muy triste pero muy bonito. Mi voto y mi enhorabuena.

  5. David

    19 septiembre, 2020

    Me ha encantado esta historia. Muy emotiva y llena de cariño y ternura. Mis felicitaciones para ti, Vero. Saludos desde Perú. 😉

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas