Capítulo 1: El Canal Dorado

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Quien da un regalo da una deuda, un veneno, pero antes de envenenar a otro debes quitarte de las venas su toxicidad que te corroe. En el pueblo de los Michcapí no era distinto. Cálet, la joven que un día sería mi criada y luego mi más entusiasta alumna, observaba la anual entrega de obsequios desde el grupo que su familia había formado tras el trono de su tía-abuela Nishqué.La anciana Méshem, arreglada para la ocasión con aretes de hueso, collar de semillas, tatuajes en la morena piel y corona de plumas de pavo real, se arrodillaba bajo la sombra del gran sillón a ofrecer una estatua del dios Sol tallada en tronco de sauce y pintada con pigmento de flor. La anciana Nishqué, portavoz de la Madre Tierra, se levantó del trono, ensombreciendo totalmente a Méshem, que bajó la mirada en torturadora expectativa. Los clanes espectadores comentaban en susurros aquel encuentro entre dioses con simpatía por el astro opacado, que bajo la joroba se retorcía de incomodidad. Nishqué bajó los escalones y con la velocidad de un suspiro levantó la escultura hasta el ombligo, bañándola con su contemplación despectiva y vagando su mirada por la silueta. Un escalofrío escaló la espalda de Méshem. Mi clan os lo agradece”, dijo al fin.

Las matriarcas de los demás clanes fueron avanzando una por una a ofrecer sus regalos a la delegada de la diosa Aléi, que los recibía con grande sonrisa. El rencuentro con varias matriarcas le traía tal contento que se levantaba a compartir abrazos duraderos y anécdotas del pasado año, y con sus hermanos barones, que tras haber encontrado buenas esposas contrajeron matrimonio y se mudaron a otros clanes, rezaba breves cantos. No después de largo rato, su ánimo invitó a un grupo de músicos con locos disfraces que dieron ritmo a las masas que esperaban su turno mientras las ofrendas se acumulaban junto al trono. Collares hermosos, ruanas de creativos patrones, lanzas temibles y machetes relucientes. Cálet se burlaba entre dientes de la variedad de obsequios, tachando a unos de estúpidos y a otros de horteras, ojeando de tanto en tanto a sus primos por ver si alguien compartía sus descolocados juicios. Las burlas que murmuraba, aunque leves y agudas, intentaban cada vez más ser escuchadas por cualquier oreja distraída. Al otro lado de la multitud, su primo Amnéc lucía aquella mirada de ingenuidad y embobamiento que tanto llegué a detestar y estimar. Sus ojos perdidos no abandonaban el desnudo pico de la montaña Fáli, en cuyo más alto altiplano celebraban el final de la temporada de bajas precipitaciones, y a la falda de vívido pasto que colgaba de corta distancia más abajo, escuchando atento los cantos de los pájaros e imaginando que tocaba aquellas inquietas melodías en su zampoña y flauta, con la cascada de ambiente y el asomo de una sonrojada sonrisa mientras la romántica composición parecía tomar forma. El calor de su saliva chorreando hacia su barbilla lo despertó como un golpe en la nuca y rápidamente se limpió la cara con las manos y adoptó posición seria y erguida, apurando la atención a la entrega de regalos. La anciana Osévosh, que se hallaba de última en presencia de Nishqué, tras haber regateado varios turnos cediendo el paso a sus compatriotas en fingido altruismo, se dejó caer a sus rodillas y ofreció las vacías manos unidas por las palmas.

– Un derrumbamiento de rocas dañó nuestra aldea – dijo – nos vimos obligados por el acecho de pumas y jaguares a concentrarnos en reconstruir las cabañas y por la hambruna a quitar las piedras del huerto.

Nishqué sacó pecho y lució su mirada de decepción y descontento, con murmullos de serpientes cascabel en sus enrojecidas pupilas.

– Por favor, oh delegada de la Tierra, ruego en nombre de mi clan que los dioses muestren clemencia ante nuestra gran desventura.

La anciana del trono se inclinó en su asiento y suspiró, mudando su atención a las copas de los árboles.

– Te obsequiamos unos jarrones de muy buena arcilla – dijo – Mis hijos trabajaron días enteros en su elaboración. Esperaba que hagas honor al veneno hua que te poseyó, pero parece que se quedará donde está… aún otra vez.

– Lo sé, Matriarca. Rogaremos ayuda al dios Río para que las obras concluyan pronto y podamos cumplir nuestras tareas para con vuestra merced – Nishqué, desde su grande trono, hizo un leve movimiento de la mano.

– Retírate. Y procura no contagiar a nadie tu condición.

La matriarca Nishqué había hablado con gana suficiente para que todos le oyesen, y a Méshem, bajo la sombra de un lejano arbusto, le corrió un escalofrío por la espalda, y con un suspiro se volvió hacia un tronco cercano y se ensimismó en profunda meditación.

Como hubo terminado la entrega de obsequios de ese año, los constructores trajeron los postes y las telas y montaron atracciones para diversos juegos. En el extremo norte se jugaba con un balón de hoja de banano a pasar y encestar; un teatro en el centro recreaba míticas escenas de los tiempos anteriores a la raza humana, y junto a él infantes y mayores se entretenían con actores enmascarados que contaban graciosísimos cuentos; esparcidos por el lugar, varios grupos de músicos tocaban sonatas tradicionales, y de vez en cuando intercalaban una composición propia en el concierto; cerca de los teatros, media docena de puestos vendían a cambio de cereales y semillas camisas y pantalones, algunos con patrones de cuadros o triángulos, y los dueños anunciaban a voces la inigualable calidad y durabilidad de sus tejidos, intentando camuflar el hecho de que eran todas vestimentas de lino con casi el mismo diseño. Amnéc, guiado por la inercia, se había reunido con sus primos y hermanos, y los jóvenes de aldeas cercanas, y deambulaban el Claro de Fáli curioseando atracción tras atracción. Andaban todos en un gran grupo, encabezado por Cálet y su hermana Yifé, que como no era extraño no dejaban espacio para respirar entre sus chismes alarmantes. Amnéc miraba, desde su discreta posición al final del grupo, cómo Cálet y Yifé abrazaban y besaban a sus amigos de otros poblados, recordando la última vez en que se habían visto – con muchos de ellos sólo hablaban en las festividades de fin de temporada seca –. Aquel paisaje de explícito afecto el joven observaba como prácticas de otra especie de animal, como si se le hubiera enseñado que los suyos no hacen eso, aunque tan a menudo hicieran eso los suyos. Se imaginaba a sí mismo saludando de ese modo, pero siempre que se disponía a hacerlo sus brazos se congelaban y terminaba acompañando sus buenos días con un seco asentir de la cabeza.

– ¿Habéis visto a Méshem? – reía Cálet.

– A mi me dio hasta pena, la tía siempre le habla como a una apestada – dijo Yifé.

– Pues para ser el clan del Sol les está costando pagar una deuda.

– Yo no sabía que el hua se podía contagiar – interceptó Fon, un chico del clan caolé Ishéc.

– ¡Iss! – gritó Cálet – Aquí entre nos, creo que mi tía se inventa cosas según le va apeteciendo.

– ¡Tonterías! – dijo Yifé – la tía Nishqué será gruñona pero siempre se ha tomado muy en serio los rituales.

– ¡No hables tanta bobada! El hua pasa a otra persona cuando le das un regalo, no muda sólo porque quiere.

– Pues qué lastre dar regalos ¿no? – dijo Fon.

– Sí, pero los dioses lo mandan. Dicen que así las aldeas se llevan mejor y hay más unidad en la tribu, aunque yo a mi tía Nishqué le veo más ganas de borrar a Méshem que una serpiente de desaparecer a un ratón, así que no sé yo si funciona mucho.

– Decir esas cosas te costará caro, hermana.

– ¿Qué?¿Es verdad o no?

– Sí – admitió Yifé – pero de todos modos creo que estamos más unidos que si no se hicieran estas fiestas.

Si no se hicieran estas fiestas no tendría que verle la cara a esos viejos brabuconesde los clanes de occidente – Yifé echó a reír.

Aunque antes se llevaban mejor, en el tiempo que Cláyon el Tuerto estaba aquí.

– ¡Ja! – río Cálet – El forastero que no aprendía nuestros modales, ese señor era un gran caso. La verdad, me dio un poco de pena cuando murió.

– Bueno, al final no se supo si murió.

– ¡Iss! Se cayó por un precipicio lleno de rocas puntiagudas, ese hombre no pudo haber sobrevivido.

Nunca se encontró su cuerpo, ni rastros de san

Se lo llevaron las olas, ¿no has visto la marea de ese lugar?

– Yo he oído que se fue más allá del mar – contribuyó Fon –, al mundo de los demonios.

¡Iss! No hables bobadas, primo, Cláyon el Tuerto murió ese día, y si no, poco después.

Habían llegado al final del claro, donde los puestos de ropa y grupos de músicos terminaban. El grupo dio media vuelta, con Cálet, Yifé y Fon siempre al frente, y varios otros grupos de conversación entre la masa. Al girar, Fon divisó a Méshem y su familia aún en el borde de la selva, sentados inmóviles alrededor de los troncos de un grupo de árboles de palma, con una fría mirada inquebrantable e inamovible.

– A Méshem tampoco le cae muy bien Nishqué, ¿verdad?

– Ni en broma – dijo Cálet –. Aunque la verdad, en su lugar yo me metía a puños con ella.

– ¿Qué pasaría si Méshem llegara a matar a Nishqué?

– Por eso mismo es importante que escoja heredera pronto. Si no nos quedaríamos solos como los salvajes. Pero escoger un nuevo portavoz no es escoger la fruta de la media mañana.

Razón tenía. Como me explicarían varios Michcapí desde mi llegada, el portavoz de un dios representa el clan en los ojos de los divinos, y entre ellos manejan los comercios y alianzas entre aldeas. El poder de comunicarse con el dios de tu sangre sólo podía transmitirse a través del Rito de la Alteza, donde un chorro de sangre de jabalí se deja caer sobre la frente del elegido que mira fijamente al elemento de su tótem: la Montaña Fáli para la diosa Aléi, el Sol para el dios Náyoc, el Río para el dios Vécfot. La portavoz de la diosa máxima, Aléi, la Madre Tierra, tenía influencia no sólo sobre los comercios y las alianzas de su aldea, sino sobre los de toda la tribu Michcapí. Sin portavoz no había manera de comunicarse con los todopoderosos, y sin comunicación no había ley. Aléi era tan amada por su fertilidad que jamás en la memoria de nadie vivo ni en las historias de los ya muertos se había oído el asesinato de su portavoz. Los aldeanos y las otras matriarcas habían durante varias primaveras insistido a Nishqué que era hora de escoger a alguien, pero su codicia de poder había aplazado esto siempre. Sin embargo, cada vez más empezaba a dar la impresión de que ya se iba haciendo a la idea de que no viviría para siempre, y el rumor era que ya tenía tenía una idea de a quién nombrar.

– Pero estarían los otros portavoces – dijo Fon.

– Ningún otro dios tiene el poder de Aléi.

Sí, pero si no se puede hablar con ella algo habrá que hacer, ¿no?

Yifé se quedó pensativa un rato.

– No creo que todas las matriarcas le acepten. Sería como si la abuela de otro te manda a desgranar mazorca.

– Para que la aceptaran debería tener mucho apoyo de los otros clanes ya desde antes, que todos quieran bajar al clan de caolé Nishqué – dijo Cálet –. Méshem no tiene ese apoyo.

Siguió un dejado silencio de caras mustias que miraban al suelo. Desde hace varias primaveras, cuando el hua cumplió su primer año dentro suyo y se acomodó, el clan caolé Méshem había sido objeto de burlas constantes y Nishqué se había asegurado de que toda la tribu se enterara de que Méshem, portavoz de Náyoc, dios Sol, no había podido corresponder al espíritu envenenador que moraba en su sangre y linaje. Méshem, sin embargo, era una mujer del pueblo, que fuera de sus labores astrales ayudaba a construir huertas y organizaba juegos informales con sus vecinos, y Cáyaom era conocido por su sentido del humor que no dejaba alma bien parada. Aunque frente a Nishqué muchos clanes sacaban pecho a Méshem, a sus espaldas aún la consideraban una figura de virtud. Un reino del Sol, aunque sólo como un dibujo de una finca, como unos planos rayados a palo en la arena, era si quiera concebible. Pero ¿qué sería la familia de Nishqué en ese reino? En su lento caminar, Yifé alzó la mirada y en tal coincidencia fue a parar a Látfen, un primo mayor de Fon. A la joven se le enrojecieron las mejillas y se le asomó una pícara sonrisa.

– Que guapo es Látfen – dijo admirando su espalda, tonificada por el lanzamiento de arpón.

– Todas estáis locas por ese mozo – interrumpió Cálet – tampoco es tanto.

– A mí me parece un ángel – dijo Aelá, hermana de Amnéc. Cálet hizo una mueca.

– Ya tenemos edad de matrimonio – continuó Yifé –, pronto nos van a escoger marido. ¡Da nervios!

– Yo sólo espero que no sea nadie de un clan del otro lado de Fáli, ojalá sea alguien a quien conozca – dijo Aelá.

– Sí, lo más seguro es eso, porque ¿de qué sirve una alianza con un clan tan lejano?

– ¿Tú a quién quieres?

– Jiji – rió Yifé.

Cálet escuchaba mirando al suelo, de brazos cruzados y hombros encogidos. Mientras nombraban entre risas los hombres que habían estado intentando ilustrar a sus madres y a su abuela Nishqué como cazadores virtuosos y amantes apasionados, y las cosas que les harían en la privacidad, ella trataba de encontrar con la vista algún entretenimiento en las atracciones que la distanciara de la conversa. Los jugadores de pelota se caían y arrastraban por el lodo; los vendedores de ropas decían haber conseguido su lino de lugares inventados; los músicos entre actos mostraban sus instrumentos a los infantes curiosos. Su vagante ojo, como a la mazorca que no quieres desengranar, encontró en las filas de espectadores, sentada sobre un grueso tronco caído, a Hil, una joven del clan caolé Víltes. Sus ojos oscuros se fijaban risueños en los niños tocando la zampoña; su sonrisa marcaba en sus mejillas curvas elegantes y huecos como ojos de osezno; su pies colgaban de la altura del tronco, y un muslo moreno cruzado sobre la otra pierna se asomaba por debajo de la pernera como ésta iba retrocediendo. Yifé observó a su hermana que se perdía en la contemplación. Tras seguirla un tiempo en sumo silencio, le puso una mano en el hombro. Cálet tornó la vista como si hubiera estado escuchando, preparada para responder preguntas sobre el tema desconocido con su ávida imaginación, pero ella y su hermana no demoraron en forjar una persistente mirada, y a su término ambas continuaron el caminar sin palabra alguna.

Llegaron al otro extremo del claro. Varias personas ya no los seguían. El sol se empezaba a esconder tras los montes de occidente, y la visión empezó a dificultarse. El claro se convirtió en una desordenada muchedumbre mientras las matriarcas llamaban nombre por nombre a los miembros de sus clanes. Cálet y Yifé fueron donde estaba Nishqué y se reunieron con su abuela y el resto de su familia. Amnéc, dando varias vueltas en su propio eje, buscaba sin éxito a su abuela, y fue su hermano Félqui quien lo agarró por la espalda y lo trajo al grupo, dándole un golpe despertador en la frente. Una vez estuvieron todos, Nishqué y sus hermanas y los maridos de ellas lideraron el camino al golfo donde terminaba el mundo para el último canto de la festividad – aquel donde la gente recordaba la majestuosa historia de la creación del mundo, y los dioses satisfechos les otorgaban temporadas fructíferas en la huerta. Amnéc bajó el camino entre sus hermanos, tras de sus padres que alzaban antorchas reveladoras de grandes espinas el los árboles y hondos huecos en el terreno. Delante de ellos andaban sus primos y frente a ellos sus tíos, y liderando a la familia andaba su abuela. Hartos clanes tras ellos, Méshem pateaba piedras a los muslos de los que delante suyo iban, con aire cansado e infantil enojo, y su marido, junto a ella, balbuceaba maldiciones bajo el espeso bigote. Llegaba el camino a orilla del río Vécfot, de caudal ancho en ese punto y corriente suave. Siguieron el flujo del agua manteniéndose a buena distancia de ésta, topándose con anfibios saltarines y vigilando al sigiloso cocodrilo y a los flotantes ojos verdes del felino nocturno. Luz blanca se filtraba entre las hojas y ramas mientras la luna llena se alzaba sobre la selva y su orquesta de grillos. Varias aldeas cruzaron, pues todas estaban construidas alrededor del Vécfot, y varios, interrumpiendo la sagrada concentración que ese camino requería, recordaron con grande pereza que todo el camino restante tendrían que regresar al siguiente día. La última aldea del río era Vec, la aldea de Nishqué, donde Cálet y Yifé habían dejado a medio hacer un espantapájaros para el huerto. Media legua tras el poblado, cruzaron un riachuelo afluente al Vécfot aguantándose con un cordón el unía dos troncos a orillas opuestas, y unos pocos instantes más tarde habían llegado al golfo. Desde los árboles límites parecían caer playas de piedras redondas sobre las cuales el caminar era cómodo y placentero. Hacia el norte la playa se hacía más ancha hasta cerrarse bruscamente al borde de las montañas que acunaban el lugar, con una gran roca plana al final. Hacia el sur la playa se mantenía de un grosor suficiente para un clan casi entero, y lentamente moría con el giro de la montaña.

Nishqué encabezó a su clan hacia la gran roca del final de la playa del norte, seguidos por el clan caolé Ishéc y una larga fila de clanes tras ellos mientras otros llenaban la playa del sur. Osévosh, humillada y cabizbaja, permaneció en la boca del Vécfot, sentándose su clan con las piernas cruzadas. Su sobrino, Vináig, observaba las arrugas de sus ojos que reflejaban la luna, recogiendo y tirando piedras al agua, sintiendo en la cara un frío estático que casi podía olerse. La anciana Méshem y su marido Cáyaom, con decididos pasos, abrían paso para su gente entre la multitud de personas que se acomodaban para el apasionado cantar. Muchos, al ver a Náyoc, el Sol, caminar con visible mal humor, se hacían a un lado sin tener que ser empujados, y otros pocos meneaban la cabeza recordando el suceso de la pobre estatua. Méshem escaló velozmente la gran roca plana para encontrar encima al clan caolé Nishqué ya en posición de piernas cruzadas. La anciana Nishqué estaba de pie al final de la roca, contemplando el abierto mar antes de empezar. Tan pronto la presencia de Méshem y Cáyaom se hizo notar, Nishqué se dio la vuelta; cruzó entre sus hermanas, hijos y sobrinos, que llevaron su atención a los recién llegados como extranjeros con vestiduras extravagantes.

– Este año rezaréis detrás de todos.

Méshem sólo fijó la mirada en ella, sabiendo inútil cualquier fuerza, y no queriendo crear un escándalo ante los ojos atentos de la Luna. Cáyaom gruñó, pero más tarde cogió a Méshem de la muñeca y bajaron la roca. La gente de los clanes de la playa empezó a darse discretos codazos para llamar la atención al descenso de caolé Méshem, que momentos más tarde estaba volviendo con la cabeza agachada los pasos por donde se había abierto camino con arrogante brusquedad. Aquellos que habían meneado la cabeza ahora reían, y los que se habían apartado con reverencial susto ahora esparcían bromas a las orejas de sus vecinos. Envueltos en semejantes miradas, su paso apresurado no tardó en llevarles a la boca del Vécfot, donde se dejaron caer sobre la playa de piedras, deseando que la Luna se mueva veloz y que el nuevo día llegue pronto.

El canto comenzó. Con la Luna llena casi cubriendo el cielo, todos los Michcapí empezaron a entonar la letra que hablaba de cómo Náyoc, el dios Sol, había emitido con su flauta la música que se combinó con el cuerpo de Aléi para crear a los primeros y más puros hijos de los divinos, los altos árboles de la selva. A Yifé el corazón le latía fuera del pecho escuchando la elegancia de las apasionadas voces al unísonas, los diferentes tonos, graves y dulces, familiares y nostálgicos. Las piernas de Nelcán, su padre, estaban en cada subida de intensidad a punto de impulsarse de su posición arrodillada como las ancas de una rana, y su madre Métlig golpeaba con la rodilla la roca como un tambor. Cálet gesticulaba su emoción con los brazos amplios y párpados que deseaban abrirse, y así compensaba, creía ella, el no cantar de su ronca voz, pues oírla de nuevo en acción no era una situación a la que quisiera exponerse. Amnéc procuraba cantar lo suficientemente alto para que, ante la opinión de los dioses, su parte cuente y le haga también merecedor de la cosecha, pero no tan alto como para distinguirse de las otras voces. Especialmente en los trozos que había decidido cambiar, pues al practicar para esa noche su parecer fue que otras palabras encajaban más bellamente, bajaba aún más la voz, quedándose con la satisfacción de la seguridad y dejando su imprenta en la tradición.

El canto continuaba contando la historia de cómo Aléi creó a Táelig, la primera humana, de una estatua de madera de sauce cubierta con lianas que simbolizaban la unidad, y de cómo del Sol cayó Hon, el primer hombre, con el que daría a luz a todo el pueblo Michcapí. Al terminar el canto, los Michcapí concluyeron la exaltación compartiendo abrazos y risas con los que encontraran a su alrededor. Nishqué se alzó de nuevo al frente de la roca, con una tribu entera de espectadores.

– Hermanos y hermanas, los dioses nos obsequian hoy un año de prometedoras cosechas para que el alimento no nos falte y nuestra felicidad no se acabe. Sus actos de benevolencia son faltos de maldición, pues su poder transciende al de nosotros seres de carne, y por eso, por su bondad desenmascarada, debemos mostrar nuestra gratitud con estos bellos cantos. Este año habéis cantado hermoso, y Aléi sonríe.

»Sé que muchos habéis estado preocupados por la carencia de próxima portavoz de la Tierra, y habéis hecho bien, pero hoy, por fin, me alegra anunciar ese nombre. El título de portavoz ha de ir a mi hija Náften – sobre la roca, todo el clan tornó su cabeza hacia ella como un rayo, algunos asombrados, otros no tanto. Nishqué estiró el brazo hacia su hija, que entró en escena con grande reverencia mientras sus hermanos y primos y otros sobre la playa gritaban y aplaudían –. Su claro interés por la historia de los dioses y sus excursiones de meditación a Fáli muestran su amor por el Cielo y prometen que será una gran portavoz, siempre preocupada por el bien del pueblo Michcapí.

Méshem, desde la boca del Vécfot al final del grupo, sólo veía un mar de desgraciados alzando los brazos a una vieja engreída.

Muy pronto los dioses han de poner fin a su suerte – le dijo en baja voz a Cáyaom.

Si no lo han hecho hasta ahora será que sus todopoderosos ojos ven más allá que los nuestros.

Nishqué es idolatra tan sólo de sí misma, el poder le interesa más que el pueblo. Cuánto desprestigio ha traído a nuestro clan. Antes eramos adorados, ahora se nos burlan; antes rezábamos al frente, ahora nos barren a la cola como mugre. Alguien de tal rango y cercanía a Aléi debe poder comprender que la ira del Fuego detiene la artesanía. Si no teníamos para nosotros no se creería que teníamos para ella.

El hua es cosa de dioses, ella no puede controlarlo.

Y sin embargo tras las charlas de tristeza que sabe dar puedes ver regocijo.

Caolé Osévosh corrió la misma suerte hoy.

Con la misma indiferencia respondió, ¿pero qué más se podía esperar? – avanzó la cara con el ceño como un puño – Ojalá pudiera quemarla como uno quema el carbón.

¿Para poner a toda la tribu en contra nuestra? Nos quemas a nosotros, más pronto.

Vináig, el sobrino de Osévosh, no estaba sentado muchos metros por delante de ellos, y no podía evitar oírlos. Por el rabillo del ojo, observaba a Haoyé, una de las hijas de Méshem, que con cada blasfemia contra Nishqué que su madre pronunciaba asentía con una mueca en la boca. Su tía pasó deslizándose por su lado sin que Vináig se diera cuenta ni de cuándo empezó a moverse, y poco a poco se posicionó a no más de metro y medio de Cáyaom.

Necesitáis que parezca un accidente – dijo sin compartir contacto visual.

Méshem y Cáyaom se callaron de inmediato, como cuando entra a la casa alguien a quién no puedes hablarle del tema que discutías y te obliga a aplazar la conversación. Osévosh no se movió, y aunque Méshem y su esposo la ignoraban sabían que ahora los estaba mirando.

Gracias, no se nos había ocurrido – dijo Méshem, aún sin dirigir hacía ella un solo vistazo.

Esa canalla está protegida todo el día – añadió Cáyaom –, uno no puede acercarse a ella sin saludar a otros seis.

Tanta guardia es agobiante, debe añorar la soledad.

Méshem la miró con extrañeza y unas inmensas ganas de sacarla de su vista a patadas.

¿Qué diablos estás diciendo ahora, Osévosh?

Que yo la he visto sola.

Esas palabras sonaron como una flecha que rompe el aire. Méshem y Cáyaom giraron su compostura hacía la matriarca. Vináig alzó la oreja y Haoyé se deslizó hacia el epicentro de la grande noticia. Méshem sintió que la sangre se le endulzaba y la respiración fluía fresca, pero mantuvo fuerte escepticismo.

¿Dónde?

En el Abismo Rocoso.

¿Donde murió Cláyon el Tuerto? – Osévosh asintió.

Va ahí muchas madrugadas. Los guardias se quedan en las cercanías de la selva mientras ella pasea por el mirador.

Méshem empezó retorcer su cuerpo lleno de calambres y cosquilleos.

¿Por qué nos explicas esto?

Porque sé lo que le espera a mi clan. Nishqué no perdona el hua – Méshem suspiró con los ensombrecidos ojos en la luna –. Uno distrae a los guardias, el otro ataca.

Méshem respiraba profundo desde el pecho, y se alejó de Osévosh. Esa noche no se dijo más.

Para cuando Nishqué hubo terminado su discurso, los primeros rayos de sol ya asomaban por el horizonte. El término de las reuniones del comienzo de primavera se ritualizaba con firmes choques de lanzas o arcos, y los más artistas como Amnéc usaban flautas y oboes. Así como se elevaba el astro los clanes regresaban a sus aldeas, las muchas a día y medio de camino, pero Vec, la aldea de Nishqué, sea por coincidencia o por capricho, no estaba más lejos de una hora de donde terminaba el ritual.

Comentarios

  1. tania fierro

    23 octubre, 2020

    Esperando el proximo capitulo, que ya este primero me ha dejado enganchada😊

  2. Khronos

    24 octubre, 2020

    Muchas gracias por leer, yo tambien estoy emocionado por la siguiente parte, es una donde se termina de construir la trama de la historia

  3. Mabel

    24 octubre, 2020

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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