EL CUENTO DEL MAMUT DE MIL AÑOS

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El mamut de mil años no nació de un vientre, sino del fragmento de una estrella anciana, nadie sabía desde cuando estaba en la tierra, pero se dice que presenció el descenso de los dioses, que estuvo en la guerra del Sol y que actualmente merodea por las llanuras, montañas y que para cruzar de un continente a otro su gélido aliento forma carreteras de hielo que le permite recorrer el mundo.

A pesar de su tamaño, que unos dicen, es de veinte metros de altura, no se lo logra ver tan fácilmente debido a una espesa neblina que lo acompaña siempre. Varios trotamundos lo han buscado toda su vida y no han podido regresar con su cabeza. De los muy pocos que lo han avistado, unos menos han logrado acercarse al anciano gigante.

El príncipe Verad, al ser el segundo hijo del Rey de Calebu y no tener oportunidad de gobernar en un futuro, con osada rebeldía huyó de la caballería para así explorar el mundo.

A su llegada a Costa Nevada, lugar de cientos de batallas, donde la nieve y las cenizas se podía observar, pisar y respirar, avistó una casa que al parecer se iba acercando. Durante su travesía no había podido conciliar el sueño, por lo que no hizo caso a lo que sus ojos visualizaban, así que tomó sus provisiones y se refugió en una tienda de campaña que armó en ese momento. Durmió por varias horas que tal vez hubiesen sido días si no fuera por el frío desgarrador que le invadió de repente. Jamás había sentido un frío igual, era como si las escarchas acompañadas de miles de agujas se pegaran a su piel y entraran por sus fosas cortando hasta llegar a sus pulmones. Se levantó para descubrir por qué la temperatura había bajado tanto, estudió muy bien el lugar y sabía con exactitud hasta que punto los grados podían descender.

La casa gigantesca se había detenido frente a él. Tras lograr enfocar su vista, descubrió que no se trataba de una casa. El pardo pelaje, sus ojos diminutos y una trompa larga alertó al príncipe para que se alejara de la escena.

–          ¿Cómo puedes respirar el aire mezclado con mi aliento? – preguntó de repente una voz ronca y apagada.

Verad se detuvo, observó en todas las direcciones sin ningún propósito ya que sabía muy bien de donde procedía aquella voz. Era el mamut gigante quien le había hablado.

Se dio vuelta y lo observó por un minuto. Había escuchado historias sobre un enorme mamut, pero jamás las había tomado en serio.

– ¿Cómo puedes respirar el aire mezclado con mi aliento? –volvió a preguntar el mamut.

Ya algo más calmado y despierto, el príncipe respondió:

– Tu aliento congela y quema al mismo tiempo, por fuera y por dentro, he escuchado historias que hablan de ti. Muchos relatos mencionan que muy pocos se han podido acercar a ti, ¿es tal vez porque no pueden respirar tu aliento?

– ¿Cómo puedes respirar el aire mezclado con mi aliento? –preguntó por tercera vez.

– Soy un príncipe, es decir soy hijo de un rey, un rey que es hijo de otros reyes, mismos que también fueron hijos de reyes, que según cuenta la historia el primero de ellos fue descendiente de un Dios, tal vez por esa razón pueda respirar tu aliento –respondió el príncipe tras meditarlo por unos minutos.

El gigantesco mamut, satisfecho retomó su paso lento.

– Espera –lo detuvo el príncipe –los relatos mencionan que traes sabiduría, salud y fortuna. La salud y fortuna realmente no me interesan, pero me encantaría saber cosas que un mamut de mil años sabe.

– No puedo detenerme por más tiempo, debo seguir avanzando. Te contaré un cuento durante el tiempo que puedas seguir mi paso –dijo el mamut mientras sus enormes patas se arrastraban por la nieve.

Su paso era fácil de seguir por la lentitud a la que avanzaba, pero los pulmones del príncipe no podrían soportar por mucho tiempo el gélido aire que inspiraría cada cuatro segundos.

Por dos horas el príncipe pudo acompañar al mamut. Durante ese tiempo escuchó el cuento de una tierra más grande y de sus primeros hombres. El príncipe escribió en un cuaderno aquellas historias y al poco tiempo había enfermado y falleció a una edad temprana sin haber recorrido todo el mundo, tal vez por haber despreciado la salud y fortuna que traía el mamut. Algunos creen que el príncipe se había acostumbrado al aliento del mamut y al trepar por su pelaje, montó sobre uno de sus colmillos para así poder recorrer el mundo y a la vez escuchar las historias del mamut de mil años hasta el fin de sus días.

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