EL PESCADOR

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Alfredo Ramírez se montó a su vieja bicicleta y fue al río. Esa vez quiso buscar otro sitio para pescar. Eran las 6 de la tarde en Concepción, una ciudad distante a más de 400 kilómetros de la capital del país.
Ya casi entrada la noche, se metió por un sendero abandonado que lo condujo hasta el rio Paraguay. La bajante del agua, le proporcionó un buen sitio donde pescar. Se sentó en la arena e iluminado por la luz de la luna llena, preparó sus implementos de pesca, liñadas, anzuelos, plomadas, lombrices, una pequeña radio a pilas, una lata de picadillos, galletas y una botellita de caña, era todo lo que Alfredo necesitaba para ser feliz.
La pesca era su pasatiempo favorito. No pasó mucho para que las primeros peces comenzaran a caer, esto le puso muy feliz, no se había equivocado en elegir el lugar. Lo que le llamó la atención fue el completo abandono del sitio, no encontró rastros de visitantes, fogatas, basuras humanas, pisadas, nada. Lo que le causó molestia fueron los mosquitos, por lo que decidió hacer una fogata para espantarlos con el humo. Tomó un machetillo y fue a cortar algunas malezas, mientras lo hacia descubrió algo que le puso los pelos de punta. Una gran cantidad de cruces rusticas entre los yuyales.

_Deben ser cruces de los ahogados – se dijo y se apartó de allí. No abandonaría el lugar por su absurdo miedo a los muertos.

Quemó las ramas y produjo abundante humo, esto espantó a los mosquitos. Comenzó a beber su caña. Al rato el alcohol hizo que sintiera mucho calor, de todas formas, hacía poco de más de 30 grados. Se sacó la ropa y en calzoncillos se tiró al agua. Era un excelente nadador, se dio el lujo de hacer piruetas en el agua, sumergiendose, nadando de espaldas, dando giros y giros, hasta que la campanilla de su liñada sonó.
_Algo pico! – dijo.-
Cuando se dispuso a salir, vio la espectral imagen de un grupo de personas que lo esperaba en la costa. Eran más de cinco, la luz de la luna no fue suficiente para aclararle sus rostros, pero parecían esqueletos con vestimentas ajadas.

_Son sombis -se dijo, mientras flotaba en el agua sin saber que hacer –

Nadó alejándose en forma lateral. Los espectros le seguieron desde la costa. Él cambió de dirección hacia el lado contrario, ellos hicieron lo mismo. Alfredo empezó a desesperarse, se estaba cansando, maldijo la idea de cambiar de lugar de pesca. Pensó cruzar al otro lado del rio, pero era mucha la distancia, no le darían las fuerzas. En eso alumbrado por la luz de la luna, vio un barco carguero que se desplazaba lentamente por el medio del rio. Era su única salvación, podrían ser contrabandistas, traficantes de drogas, lo que sea, pero era mejor que intentar salir y enfrentarse a aquellas criaturas que, evidentemente, no eran de esta tierra. Nadó con rapidez y llegó hasta el barco, se sujetó por un salvavidas, luego lo abordó. cuando puso el pie sobre la cubierta del barco, un montón de criaturas esqueléticas, muy parecidas a los que estaban en la costa, le rodeo. Alfredo cansado y espantado ya no pudo reaccionar, gritó, nadie le escuchó. Esas cosas, le devoraron el alma. Eran los espíritus de una vieja embarcación que naufragó hace cuarenta años, dentro de ella murieron más cien personas. Pobladores de la zona cuentan haber visto en más de una ocasión, aquel barco fantasma surcar las aguas del rio Paraguay, en noches de tormentas o de luna llena.

Comentarios

  1. viky

    14 octubre, 2020

    Me atrapó tu relató, muy bueno. Mi voto desde Chile para ti Rey.

  2. JR

    14 octubre, 2020

    Muy buen relato y muy bien contado. Me gustan las expresiones regionales con las que no estoy familiarizado. Mi voto de portada.

    Saludos!

  3. Eli...

    16 octubre, 2020

    @rey50
    Excelente relato, ¡me atrapó como te dijo viky!
    Te mando un gran abrazo.
    Gracias

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