Hecha unos zorros

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Le dolían hasta las últimas extremidades del alma, tanto que sus oj0s no podían derramar ni una sola lágrima. Dichosas herencias, pero sobre todo malditos textamentos ambiguos, imprecisos, aunque no lo fuesen con mala intención. El codicilo de la abuela los había conducido a un proceso de textamentaría. La batalla campal que se habia iniciado de forma solapada durante los actos familiares, se había convertido en la tercera guerra mundial.

El día anterior, durante la vista, había tenido lugar una escena lamentable a cargo de sus dos cuñados. La tensión llegó a ser tan fuerte que el Juez, irritado de verdad, amenazó con hacer desalojar la Sala; lo peor de todo fue que sin saber cómo ella se había visto involucrada, sin tener la más mínima posibilidad de defenderse. Desde entonces, sus otros dos hermanos, los que se habían quedado a vivir con la madre, la miraban con hostilidad, hasta el punto de plantearse no volver a pisar la casa materna.

Sonó el teléfono. Al otro lado del aparato se oyo la voz de Ludi, su cuñada

-Chica ¡Qué vergüenza, estos cuñados nuestros! ¿Cómo estás tú?

-Pues ¿Qué quieres que te diga? Hecha unos zorros.

 

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