JUNTO A TI

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Era un día atareado. Mónica, acababa de culminar su tediosa jornada de trabajo en la oficina. Emocionada, pensaba en volver a ver a su esposo. Con ilusión lo imaginaba. Después de varios años de matrimonio, seguía sintiendo entusiasmo al acordarse de él. Le encantaba escuchar su voz, que le contara sus problemas, apoyarlo, ser su consejera, su confidente, animarlo, hacerlo reír. Como pareja, su familia y amigos los admiraban. Los veían como ejemplo de unión. Ambos eran educados, respetuosos y de buenos principios.

―Gracias a Dios, pronto estaré en casa ―susurró Mónica, dándose ánimo.

Se levantó de la silla de un salto, se colgó al hombro su bolso y caminó por el pasillo de oficinas. Al llegar a la recepción, dijo una breve palabra para despedirse de las personas que aún permanecían charlando en el recinto ―ninguno de ellos respondió―. Abrió la puerta para salir y aceleró el paso hasta alcanzar al vehículo que servía de transporte a los empleados de la empresa. Esa tarde había sido productiva. Pudo convencer a su jefe de aplicar nuevas medidas para mejorar la calidad de la obra y la apreciación del cliente. No fue fácil, pero supo hacerlo con total serenidad. A su jefe lo consideraba un buen hombre, pero de carácter irritable. A diario gritaba y se quejaba de la incompetencia de los demás. Por causa de sus arrebatos continuos, se vivía mucha tensión allí, a diario. Para Mónica, fue fácil ganarse su estima desde el primer día. Ella sabía demostrar su eficiencia. Siempre actuaba con responsabilidad y amabilidad. Lo asesoraba con paciencia y le explicaba con palabras sencillas todo lo que necesitara saber. Él estaba agradecido de contar con ella. La apreciaba. Ese día, se mostró complacido con Mónica. Hasta alabó sus aptitudes y desempeño. Esto provocaba la envidia de algunos compañeros.

Camino a casa, Mónica se sentía positiva. Mantuvo esa actitud para cumplir sus deberes hogareños, aunque el cuerpo le pedía a gritos una ducha fría y dormir. En casa se ocupó sin vacilar, sin detenerse a descansar ni un instante. Cocinó, ordenó la ropa limpia, planchó y recogió la basura. Estar en casa la reconfortaba.

<<Te extraño, Antonio>>, pensaba, mientras dejaba escapar un largo suspiro. Se mostraba serena, aunque por dentro bullía la imperiosa necesidad de contacto emocional con su esposo. Más que la interacción física, Mónica ansiaba contarle sus logros diarios, escucharlo opinar, reír juntos, como en otros tiempos. Cenar, acariciarse, besarse, ver televisión y criticar la programación que estuvieran transmitiendo. La intimidad cabía en cualquier ocasión, de manera espontánea y sin apuros. Y eso también lo extrañaba. Mónica se preguntaba una y otra vez si de algún modo se puede rescatar esa felicidad. Y cómo harían otras parejas para mantenerse. Al ver la hora en su reloj, se apresuró. Antonio llegaría en cualquier momento. Dispuso lo que faltaba hasta que todo estuvo listo para cenar. Sonrió. Aunque la cena se había convertido en una rutina rápida, Mónica la valoraba mucho. Mantenía esperanzas de recuperar la dicha compartida junto a su esposo. Lo intentaba cada día.

El ruido del portón principal interrumpió sus fantasías. Era Antonio, que acababa de llegar. Oyó el ruido de la llave al abrir el cerrojo de la puerta. Mónica sintió acelerarse su corazón y luchó por lucir calmada. Se preparó para recibirlo de pie. No pudo esperar a que él se acercara. Se dirigió a la puerta, ansiosa por besarlo.

Antonio se sorprendió al casi tropezar con ella mientras entraba a la habitación. Por un instante su expresión reflejó cierto disgusto. Trató de disimularlo con una débil sonrisa.

Hola, amor. ¿Cómo estás? ―le recibió Mónica al tiempo que le daba un rápido beso en los labios.

Inmóvil, y sin responder al beso, Antonio desvió la mirada.

Hola, Mónica. Bien respondió con voz tenue, apurado por cerrar la puerta con llave tras de sí. Después, se dirigió a guardar sus cosas en el armario, alejándose de Mónica unos cuantos pasos. Ella tuvo que contenerse para no abrazarlo. Notaba su cansancio, presentía que no era el mejor momento y tampoco quería forzar las cosas. Lo observaba con atención y admitió que seguía admirándolo.

Y tú, ¿cómo estás? ―agregó Antonio sin mirarla. Trataba de llenar el tenso silencio. Aún estaba frente al armario, del cual extrajo ropa limpia.

Bien. Hoy ocurrió algo ―murmuró ella con la esperanza de iniciar una conversación más profunda.

¿Qué ocurrió? Antonio giró el cuerpo para mirarla a la cara por primera vez desde que llegó. Se había quitado los zapatos y se disponía a entrar al cuarto de baño.

Hoy gané bastante respeto de mi jefe… pero también resentimiento de mis compañeroscontinuó Mónica sin dejar de mirarlo.

Mmm… Sí, me imagino. Estaba visiblemente apurado por encontrar una excusa para salir de allí. No mostró intención alguna de opinar respecto al comentario de su esposa. Mónica lo conocía tan bien que sintió temor de haberlo incomodado. Se dijo a sí misma que él necesitaba descansar.

Intentando ver un atisbo de alegría en el rostro de su esposo, Mónica señaló con la mano hacia la cocina.

Te preparé pollo. Ya sabes. Como te gusta le propuso con entusiasmo. Disimulaba su desaliento. Se había acostumbrado a ocultar esa tristeza que la invadía en presencia de su esposo. Para Mónica, reconocer que no lograba conectar de nuevo con Antonio por más que se esforzara, era en extremo difícil. Pero seguía intentándolo. A cambio recibía monosílabos, miradas esquivas y una presencia inmersa en silencios que no la acompañaba en absoluto.

No voy a comer ―afirmó Antonio.

¿Por qué? ¿Te sientes mal? ella demostraba más preocupación que reproche.

Los muchachos de la oficina me invitaron y cenamos todos juntos ―murmuró a secas.

Sin esperar respuesta, entró al cuarto de baño y desapareció de la vista de Mónica. Ella, desanimada y agobiada por el cansancio, sintió un nudo en la garganta. Decidió guardar la comida. No quiso cenar. Se sentó en la cama esforzándose por contener el llanto <<No es para tanto, tal vez estoy muy sensible>>, pensaba. Pero en su interior, palpitaba el dolor de sentirse ignorada.

Media hora después, Antonio estaba fresco y recién duchado. Mónica deseó abrazarlo con fuerza y no soltarlo hasta recuperar su amor. Sintió que apenas le quedaban fuerzas para ducharse. Ya no disponía de palabras para intentar acercarse a él. Además, era necesario que se apurara. Debía levantarse temprano y enfrentar otro día en la ruidosa oficina de su jefe.

En silencio, se dirigió al cuarto de baño. Mientras se duchaba, pudo escuchar a Antonio, que hablaba por teléfono en voz baja. Ella no logró distinguir con claridad lo que decía. Luego, lo oyó reír. Al rato, Antonio encendió el televisor y se acomodó en la cama. Mónica se acercó y se acostó a su lado. Pensaba en decirle algo más, hacer un último intento. Cuando por fin se decidió a hacerlo, volteó a mirar a Antonio y no llegó a pronunciar la primera palabra. Él estaba profundamente dormido. Su rostro reflejaba la placidez y aunque enseguida empezó a roncar, lucía en paz. Mónica apretó los labios, incapaz de despertarlo. Cerró los ojos, dejando salir en silencio, el llanto amargo que se había esforzado tanto en contener. Ya no importaba si lloraba. El ni siquiera lo notaría.

 

Comentarios

  1. Luis

    19 octubre, 2020

    Hay quien piensa u opina, con verdadero optimismo, que las personas cambiamos, o que el mundo es un lugar más acogedor de lo que parece, y es muy razonable pensar así, yo siempre pensé, para desgracia mía, que este universo es un lugar terrible, lleno de problemas y conflictos irresolubles de por sí. Las relaciones de pareja son un auténtico avispero; quien mete la cabeza en una, sale con mil pinchazos y heridas. Me gustó mucho tu áspero texto, Vero, un saludo y mi voto!

  2. Mabel

    19 octubre, 2020

    Muy buen relato. Un abrazo Vero y mi voto desde Andalucía

  3. gonzalez

    21 octubre, 2020

    Querida Vero, me gustó. Te dejo mi voto y un fuerte y cariñoso abrazo.

  4. JR

    22 octubre, 2020

    Por desgracia es una escena muy comun en nuestro mundo actual. Muy triste. Cuando hay una tercera persona es muy dificil dar vuelta atras.

    Muy bueno.

    Saludos.

  5. The geezer

    22 octubre, 2020

    Buenísimo relato Vero, de los mejores que he leído desde hace tiempo, y no me refiero solo a Falsaria, sino en general. Creo que realmente has conseguido dar un auténtico repaso, y expresar con una exactitud milimétrica, aunque sea dolorosa, las sutilezas de nuestros amores y desamores.
    César

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