Irina, estoy cansado de verte pasar entre la gente. Te veo volando, casi no pisas el suelo, caminas rauda y ardiente: tus pies se han dormido en la fantasía de mis besos… tus pies de reina de Florida. Tus pies de guerrera y de loto. Irina, se han apagado todas las luces de las farolas y nada ilumina el interior de la cocina. A oscuras, me deleito con la imagen que tengo de tus pupilas mirando el ticket del supermercado. Hace tiempo me dijiste que querías que te tocara la lotería, para que alguien pudiera ir en tu nombre a hacer la tediosa compra de la semana. Irina, me puse un bozal y no ladré en ese momento, pero por dentro te gritaba que haría lo que fuera para verte todos los jueves por la tarde. O los viernes por la mañana. O todos los putos días de la semana.
Irina, Irina, ¡uf!… No te imaginas cuántas veces te he perseguido por el pasillo de los cereales. Mientras te decidías por la caja de los de chocolate o los de arroz inflado, yo te imaginaba mía, muy mía, para mí. Te pensaba dos segundos sobre mi pelvis y se me caía el alma al suelo, porque sabía que jamás podría tenerte ahí. Sin embargo, me iba contento al pasillo de las latas de conserva, porque te había visto, aunque sólo fuera por unos instantes.
Irina, esa felicidad me duraba el resto de la jornada. Mi mujer se había acostumbrado a ese jolgorio que me acompañaba a casa todos los jueves por la tarde, ya no se sorprendía. Servía la cena para mí y para los niños, nos preguntaba qué tal nos había ido el día y luego se marchaba a dormir. Y yo contigo, Irina, contigo en la mente y en el corazón toda la noche.





Mabel
¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida
unapelirroja
Muchas gracias, Mabel 🙂 un abrazo.
Eli...
Muy lindo relato, me gustó mucho.
¡Bienvenida! Te deseo que la pases bien por acá.
Mi voto y saludos.