Primera parte

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En cuanto recibí la invitación no supe qué pensar. No hablábamos hace más de 20 años y nada me importaba menos que ver a ese hijo de puta. Nunca fuimos amigos, ni me pareció interesante. Era de los típicos jóvenes que para sentir poder necesitaba humillar al otro, patearlo en el piso, aprovecharse de toda vulnerabilidad para sentirse mejor en su triste historia, en el relato que se cuentan de su propia vida. A mí me pateó la espalda bajando las escaleras del colegio secundario y estuve 6 meses en cama, me sacó la cadera del lugar y me quebró el tobillo. Al amigo más cercano que tenía, Pablo, le apagó un cigarrillo en el pómulo. Mariano viene de una familia de mucha guita y le encantaba que todo el mundo lo supiera. Tuvo la bicicleta, la moto o el auto más caro que existiera en ese momento. Lo necesitaba, necesitaba remarcar a los demás ese nivel de diferencia que había entre él y los otros. Su padre había embolsado una gran cantidad de dinero vendiéndole servicios al estado, por lo que se decía tenían que ver con la construcción. La madre tenía campos pero el auge de su familia había pasado. Su abuelo materno era adicto al juego y perdió gran parte de su dinero en las carreras de caballos o en casinos clandestinos, lo que lo llevó a pegarse un tiro en uno de sus tantos campos en la provincia de buenos aires. La invitación, enviada por mail, decía: «Queridos amigos y compañeros de la vida: Quiero invitarlos a pasar un fin de semana, del 20 al 22 de diciembre en mi chacra en San Fernando por mi cumpleaños número 40,para festejar tantos años de amistad y alegría, juntos. Los esperamos desde las 18 horas. Solo se permiten adultos.»
Abajo aclaraba «Ropa elegante y traje de baño» y la dirección que ahora no recuerdo. Mande mensajes a Marcos y Juana, mis únicos dos amigos del secundario y les pregunté si habían recibido la invitación. Juana me dijo que sí, pero que no podía ir porque se seguía recuperando de su alcoholismo, e ir a esas fiestas siempre la hacen recaer, además de hacerles pasar un momento de mierda a todos sus conocidos. Me comentó que la última vez que fue a una fiesta similar terminó a las trompadas con dos mujeres porque la miraron con desprecio. Había sido madre a los 17 años, la beba nació antes de que empezáramos el último año de secundario. Los profesores y directivos festejaban la situación sin darse cuenta que Juana sentía un rechazo enorme hacia la beba. El padre se hizo cargo de la bebe como podía con la ayuda de su familia, pero se mató a los pocos meses corriendo una picada en San Martín. El golpe para Juana también fue increíble y casi que no podía alimentar a la beba, la mayoría del tiempo cuidada por su abuela. De a poco fue cayendo en la bebida y la droga, y el resto es historia. Marcos me dijo que si, que podía ir y que vayamos juntos, total ninguno de los dos estaba en pareja ni tenía ganas de invitar a alguien recién conocido. Faltando quince días para la fecha nos llegó otro mail confirmando nuestra presencia en la fiesta, me había olvidado completamente del traje y de la fiesta, no tenía un peso ya que no me pagaban hace 3 meses. Como un acto de fe en mis jefes pague con la tarjeta un traje negro al cuerpo, una camisa color crema, otra negra, una corbata roja y unos zapatos Francia marrones. El 20, me levante exaltado y con palpitaciones, después de un sueño donde me apuñalaban y se iban corriendo por un pasillo largo y vacío, completamente negro. Eran las dos de la tarde, me pegue una ducha fría y llame a Marcos para que vayamos con su auto, el mío estaba sucio y oxidado, impresentable a dónde íbamos. En el bolsito de viaje guarde el tabaco, dos cogollos, ropa interior, unas ojotas y la maya más decente que tenía. Marcos a eso de las 16:30 estaba en la puerta con su Renault Twingo Amarillo y un traje gris, siempre llegaba antes. Tenía un corte de pelo de policía y una barba larga y prolija. La mayoría del viaje, de unos cuarenta o cincuenta minutos, fue en silencio. Paró a cargar nafta y lo pagamos a medias. En el auto una mezcla de sucio, nafta y cigarrillo se impregnaba en mi saco colgado de una de las manijas. Hablamos de lo que decían en la radio sobre algún político garca y nos dimos cuenta que nos importaba muy poco. Antes de llegar abrió una lata y adentro tenía lsd. Corto un pedazo y lo tomo. –Toma, a ver si hace más divertida esta fiesta de chetos rancios, me dijo. Agarre dos pedazos, uno lo tome en el momento y el otro lo guarde para más tarde. No tenía sabor. Llegamos a la dirección, se entraba por un costado donde te chocabas con una reja grande que decía solo entrada, con un señor con bigote y un arma en la cintura que te pedía la invitación. Nos avisó que a 300 metros habría un valet parking que nos guardaba el auto. Los límites del terreno estaban marcados por paredes altas, como de tres metros, de árboles, arbustos y rejas. Adentro parecía no tener final, un camino de pasto liso, como de cancha de golf siguió derecho hacia una casona antigua y hermosa, donde después nos enteramos que eran las habitaciones. Ventanales grandes, estatuas, y una fuente directamente en frente de la entrada. Contamos más de veinte ventanas solo del lado que podíamos ver. Sentía en mi garganta una sensación diferente pero conocida al tragar saliva. Cuando llegamos a la altura de la fuente una niña flaca y muy joven salió de la casa directo al auto, con un uniforme parecido al de las azafatas pero rojo, con un rodete ajustado. En la cara una cicatriz le llegaba desde la ceja hasta la pera. Nos pidió la llave, nos bajamos y con una sonrisa le dimos cien pesos. No nos miró y el auto desapareció siguiendo el camino por el lateral de la casa. A los costados había unos autos estacionados pero habrán pensado que el nuestro le bajaba el precio al lugar. Entramos a la casona, un señor alto y serio nos interceptó y nos dio la llave de la habitación que compartiremos. Nos dijo que los empleados, no, los sirvientes llevarían nuestras cosas a la habitación y que le avisamos si necesitábamos algo. Veíamos algunas personas a lo lejos, entre unos árboles. Otros autos iban llegando y volvía a suceder lo mismo, el señor alto daba las llaves y los sirvientes se llevaban el equipaje. No conocíamos o no reconocíamos a nadie. Las hojas de los árboles tenían un color más llamativo, el sabor en la garganta cada vez más nítido. Me reía de mis propios pensamientos. Mire mi reflejo en uno de los ventanales de la casa y me sentí exitoso, como si cobrara el sueldo…

Comentarios

  1. Khronos

    4 noviembre, 2020

    ¡Me gusta! Tienes una prosa fácil de llevar y satisfactoria de leer, la narrativa es completa y me intriga saber lo que pasará en la fiesta y me agrada cómo has introducido a los personajes. Que haya párrafos estaría bien, pero lo que es mi comentario, positivo y doy mi voto

  2. roy

    6 noviembre, 2020

    Gracias por tu comentario, voy a tener en cuenta lo de los parrafos. Suerte!

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