Sobre un otoño, psiquiatras y cambios de humor

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Había llegado el otoño, estación de cambios. Tras luchar durante mucho tiempo contra el alcoholismo y una depresión monumental, estaba por fin limpio y en un estado mental de relativa tranquilidad gracias a un tratamiento puntero a base de litio y melisa. Atrás quedaba la maldita paliperidona, que me había dejado literalmente prostrado en casa como un tronco, incapaz de sostener un lápiz y dibujar un círculo.

Había llegado el otoño, decía, y con el vinieron los cambios de humor que le acompañan. Anticipando momentos turbulentos, concerté una cita con mi psiquiatra y allí me fui a contarle mis inquietudes. Llegué y pasé al despacho que ya conocía de sobra. Creo que no podrían cambiar nada sin que yo lo notase. Tras el intercambio de buenos días le empecé a relatar al psiquiatra que sentía cierta apatía hacia todo, que la vida me parecía un gran vacío.

El hombre me escuchó tranquilamente, escaneó con su mirada profesional mis reacciones y comenzó a escribir algo en un papel que me pasó sonriendo. Comprobé que se trataba de una dirección de mi barrio, pues el nombre de la calle era de un pintor y en mi barrio hay una zona con calles del tipo Salvador Dalí, Picasso o Greco. Pregunta por Manolo y dile que vas de parte del Doctor X, me dijo el psiquiatra misteriosamente. Supuse que era otro tratamiento de última generación.

Intrigado y desconcertado, salí de la consulta y me dirigí a la dirección apuntada, que no quedaba lejos de mi casa. Cuando llegué vi que se trataba de una tienda de electricidad. Nervioso, volví a mirar la dirección para ver que no me equivocaba. No estaba equivocado. Entré y pregunte por Manolo, un poco inseguro.

***

Insatisfecho con mi nuevo tratamiento, que no me provocaba más que pesadillas y dolores de cabeza, volví a la consulta sin concertar cita. Iba realmente enfadado, algo poco habitual en mí. Me sentía estafado, engañado, timado. Sorprendí al psiquiatra con otro paciente justo en el momento en que le pasaba un papel. Agarré violentamente el papel y, tras leer vorazmente la dirección de la tienda de electricidad de nuevo, me puse a gritar que aquello era una vergüenza, que vaya mierda de medicina la que allí se practicaba. Luego saqué del bolsillo y lancé al suelo las bombillas, que estallaron como huevos. Acto seguido salí de allí corriendo, sabiendo que debía encontrar la cura en mí mismo y no en ciertos remedios de dudoso resultado como la luz antidepresión.

 

Comentarios

  1. Curro Blanco

    20 octubre, 2020

    Por un momento pensé que le iba a recetar música de Bach o pintura de Zurbaran…

  2. gonzalez

    20 octubre, 2020

    Me gusta cuando leo a alguien que sea distinto, que tenga un estilo propio. (Y vos tenés tu estilo, muy particular) abrazo y voto.

  3. Andrés Varela

    20 octubre, 2020

    Buenas tardes, compañeros de letras!

    Jejeje, no sería una mala idea, Curro. Un chute de música cura a cualquiera. Y el arte también da gustillo.
    Gracias de nuevo, González, por pasarte por mis relatillos.

    Un abrazo grande a ambos!

  4. SDEsteban

    20 octubre, 2020

    Me ha gustado tu historia y la forma de narrarla. Te doy mi voto. Un abrazo!

  5. Andrés Varela

    21 octubre, 2020

    Hola Salma, hola SDEsteban!

    Muchas gracias por pasaros por el texto.

    Un abrazo, compañeros!

  6. Sosias

    21 octubre, 2020

    Hola Andrés.

    Eres intenso y concreto en todos los momentos de tu relato. Tienes el Don de los grandes, hacernos vivir tu historia.
    Ah, yo creí que la receta te mandaba a trabajar de electricista, y era la Luminoterapia.

    un abrazo y mi voto.

  7. Eli...

    25 octubre, 2020

    @andresvarelamiranda
    Muy buen relato, conozco esos consultorios, ¿será por eso que recalamos acá? ja, ja, ja.
    Todos los de este barrio tenemos algo de eso. «Ay qué bien que estemos tan locos» dice un compañero, tal vez lo conozcas.
    Te mando un abrazo y te dejo mi voto.
    Gracias.

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