VI

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Llueve copiosamente en un Buenos Aires rodeado de miserias explicitas. Las canaletas del barrio de Flores luchan contra un agua para la que no están preparadas. Señoras con paraguas caminan lentamente para no resbalarse y perder la cadera o romperse los dientes. Entre dos autos se cruzan insultos porque uno no hizo el guiño o el otro tuvo un mal día. Fábricas, edificios y grandes casas se turnan en el espacio de la calle poco iluminada. En la esquina una casa abandonada, antigua y en perfecto estado. Las paredes exteriores fueron comidas por una enredadera verde oscura. Un patio divide las rejas de la casa con las escaleras y la puerta principal, tapada con la primera madera que tenían a mano. Un colchón, tres jóvenes sucios y perdidos por alguna sustancia esperan bajo el techo de la entrada que la tormenta pare. Uno de ellos barre el patio revoleando agua y mugre para los otros dos. Los otros ríen y toman alcohol de quemar con jugo de naranja. El primero quizás sin saberlo repite la acción que habrá hecho el dueño de la casa durante muchos años hasta morirse y dejarla vacía, esperando que sea un bien material donde puedan vivir sus familiares o venderla y a otra cosa. Pero por estas latitudes comprar una casa es casi imposible. Y menos una tan grande. El cartel de venta ya casi desaparece en la enredadera, los jóvenes aprovechan el espacio inhabitado para no cagarse de frio de vez en cuando. Una sonrisa sin dientes y un grito estalla en el silencio de la cuadra. El que barría, ya borracho, había tropezado en su danza con la escoba. El calor del alcohol los aleja de las miserias que viven. Uno detrás de la reja empieza a mear. Cuando pasa una mujer la apunta con el chorro de pis al grito de !Cuidado que llueve acido, careta!. Las risas irrumpen el silencio y tapan los insultos de la mujer orinada. Desde un taxi estacionado en frente de la casa, el conductor se despierta por los ruidos, es el primer descanso en las 18 horas seguidas que viene trabajando para poder pagar el pantentamiento, de lo que le sobra algo para los Parissienne negros y un café sin sabor de vez en cuando. Déjense de hinchar las pelotas, borrachos de mierda, grita el conductor y sube la ventanilla rápidamente para que no se le moje el interior del auto. Desde la ventana del primer piso, en su cocina una chica joven y hermosa mira la situación, ríe mientras se fuma un porro que al pitar le ilumina la cara. Uno de los jóvenes se levanta del colchón, arranca un pedazo de manta y toma el alcohol de quemar. Levanta una botella de vidrio del piso y comienza a llenarla con el líquido, antes mojando el pedazo de manta. Lo engancha en el pico y vuelve hacia el colchón mojado. Busca entre algunas cosas y encuentra dos encendedores. Ahora le va a caber a este tachero, dice el chico que no tendría 20 años mientras busca complicidad en los otros dos que lo miran expectantes. Después de varios intentos entre los dos encendedores consiguió una pequeña mecha que le alcanzó para prender el retazo de tela sucia. Toma un trago de la botella de alcohol de quemar y revolea la otra encendida hacia el taxi mientras grita emocionado. Cae en el espacio entre la rueda delantera y la chapa. Estalla. La esquina se ilumina. La chica del primer piso mira, no reacciona. Le da una pitada más a su porro y cierra la ventana. El conductor del taxi se despierta y baja apurado por el lado del acompañante. Abre el baúl y saca una caja de madera tallada con una calcomanía gastada en la tapa. La apoya en el techo del auto, saca el matafuego de mano. Con la ayuda de la lluvia pudo apagar el fuego. Los vecinos empezaban a asomarse por las ventanas o salir a la puerta de su casa. Vuelve a la caja, la abre y mete la mano dos veces. En una mano tiene el revólver y con la otra va sumando una a una las balas al tambor. Cruza la calle y cuando llega a la puerta enrejada de la casa tomada vacía el cargador. Tres de esas balas pegan al chico que revoleó la botella, dos en uno que estaba en el colchón y la otra en el que estaba en la escalera. El ruido de lluvia se mezcla con los alaridos de dolor de uno de los jóvenes que se retuerce en las escaleras. Ya toda la cuadra estaba al tanto de lo que sucedía. Estallan ruidos y aplausos para el taxista que se prende un cigarro sentado en la vereda sin importar que se moje. Las personas salen de su casa aplaudiendo y encarando hacia el taxista que no los mira. Mira fijo el revólver y lo suelta para que se lo lleve el agua hacia la canaleta. Muchos brazos lo alzan mientras vociferan canciones de cancha y lo felicitan. El grupo de personas cada vez es más grande y se lo llevan desapareciendo en la esquina.

 

 

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