Cambio, freno y reversa

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“Los mexicanos no damos importancia a los menesteres de la higiene ni al saneamiento ambiental. Creemos que la naturaleza o el vecino se encargará de nuestra insalubridad, pues no sabemos adelantar a los acontecimientos, no somos previsores”

 

Quienes negasen que México fuera el paraíso, se decía, eran unos subversivos antimexicanos que pretendían perjudicar al país. Moda del patrioterismo presidencialista que prevaleció con el antiguo régimen del “arriba y adelante” era negar la existencia de conflic­tos o catástrofes (el Paricutín, la fiebre aftosa, los sismos, las devaluaciones, la hambruna, la pandemia, la estulticia, la insolvencia, la sobrepoblación). Señalar que en nuestro país se padecía hambre o insalubridad o que alguna autoridad pecaba de incompetente o prevaricadora, se entendía como una blasfemia a la Presidencia impoluta. Pero al despertar después de cincuenta años de sueño guajiro, no sólo descu­brimos que el dinosaurio seguía allí (Pemex-CFE), sino que los problemas que en apariencia no existían se habían acumulado hasta hacerse irresolubles. La pobreza, el desempleo, la inseguridad, el abandono del campo, la inequidad y el racismo (fifís vs chairos), la criminalidad y el narcopoder, el deterioro ambiental, el cinismo y el envilecimiento de la clase política se habían multiplicado junto a la «deuda eterna”.

 

Tal situación nos dejó varias lecciones. Una fue no votar a favor de los depredadores del pasado. Otra, entendida a medias, fue que la información sobre el desempeño de la función pública es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos de ayer y de hoy. Que la democracia sólo conseguiría desarrollarse si la nutrimos con infofmación veraz, oportuna y suficiente -con los actos de nuestra vida— para que los ciudada­nos pudiéramos juzgar y controlar a nuestras autoridades electas o designadas. Pero el vecino del norte nos dio la contra réplica: todo es un fake juego de ambiciones y mezquindad. “Solo mis chicharrones truenan, dijo el “naranja del Potomac”. Y el eco resonó por el canal del desagüe de mexicalpan.

 

Sin embargo, la necesidad de saber con certeza supera con creces las vaguedades de los artículos sexto y séptimo constitucionales (derecho a la salud y a la información) que contienen las tímidas concesiones insertadas a la ley en la materia. Porque la transparencia en la Info ha de ser total y no puede haber límites a la apertura: toda la información que el gobierno recoge es nuestra porque nosotros, los ciudadanos, la pagamos y sólo cono­ciéndola podremos ser custodios eficaces de su función pública liberadora de certidumbre.

 

El derecho a la información es fundamental en la democracia: elegir o vetar con conocimiento de causa. Salta a la vista que el derecho a la información o a la salud es inexistente si no se lo entiende, si no es tangible, como el derecho de acceso a los servicios de salud públicos. No hay tal falacia de que la Info reser­vada para las autoridades, los expertos o los medios sea “inconveniente” para la población. En asuntos públicos lo cierto es lo contrario: mientras más delicada sea una información más transparente debe ser, puesto que la población es la que está en peligro o en juego su vida cuando no hay certeza.

 

Continuará.

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