«Es hora de frenar, porque el volantazo a la siniestra nos llevará por la brecha sin retorno»
El gobierno del «cambio popular» no ha podido cambiar un ápice; por lo que no sorprende encontrar, —todavía viva y saludable—, a la vieja conseja de que los problemas se superan (no se resuelven) negando su existencia u ocultando la información inconveniente. Los ejemplos a mano son numerosos y aquí, en el terruño, podemos señalar la absoluta discrecionalidad del título de concesión del servicio de agua potable -de CAASA a VEOLIA (a quién); del dictamen técnico para la construcción de la planta de tratamiento de aguas residuales en el barrio de la Estación; o la del impacto ambiental sobre el libramiento poniente o las inundaciones de los llanos de Casablanca en el oriente, o el asunto urbanístico-jurídico en la reconstrucción del otrora estadio municipal convertido en ente privado del NECAXA. Y el desideratum del propio Ejecutivo estatal, a quien se exigió el cese del funcionario sanitario que se opuso al procedimiento de informar a la comunidad para darle a conocer la gravedad de la situación de la Covi-pandemia de no congregarse en antros y lugares públicos favoreciendo el contagio masivo del coronavirus por razón del «business prevaling».
Desde hace más de veinte años se viene diciendo que Acapulco y su bahía está contaminada lo mismo que la de Zihuatanejo. Como pasaron los años sin que nada se hiciera, el grado de contaminación subió hasta llegar a niveles alarmantes. Hoy en día el incauto turista que engulle, feliz, el cóctel de ostiones a los que bañó la «marea roja», expirará horas después. Y el nadador, el pescador, el buzo o la sirena escultural que se sumerja en esas aguas, creyendo que la inmensidad del océano todo lo limpia, podrá salir infectado de hongos, con dolores y supuración de oídos; con severas infecciones intestinales y diversos grados de hepatitis, incluyendo las «picaduras» de la malagua o respirar el mortífero coronavirus o, lo que es peor, aguantar al procaz moreno: el motorcicler Mashedonio por los próximos 6 años.
La delegación de la PROFEPA en Guerrero, había venido documentando la catástrofe. Los análisis sobre la calidad del agua y los reportes de su insalubridad descubren la presencia de heces, bacterias y protozoarios en concentraciones muy por arriba de lo que permite la salud humana. ¿Qué otra cosa podría ocurrir si solo «Las Brisas», el hotel y fraccionamiento de superlujo en Acapulco o la «Casa que Canta» en Zihuatanejo, tiene fracturadas el 80% de sus fosas sépticas y derrama aguas negras al mar a razón de 600 litros por hora? ¿Cómo iba a estar limpia la bahía de Zihuatanejo si las plantas de tratamiento tienen capacidad para tratar sólo el 60% de aguas negras y el resto se tira al mar tal y como sale de los excusados? ¿Qué otra cosa podría esperarse si los ríos que descienden de los cerros al mar son, en época de lluvias, rías fecales para la exuberante marea roja de Acapulco?
La negativa oficial fue tajante: se estaba exagerando, las dos bahías eran cristalinas. El infundio respondía, en todo caso, ¡a oscuros intereses!: se hablaba de contaminación de las playas con la intención de promover otros destinos turísticos. La codicia disfrazada de incompetencia criminal. Esta información encontró un espacio en la prensa nacional y los ciudadanos Inocente León, delegado de la PROFEPA y José Iturriaga, director del área marítima de la misma agencia de protección al ambiente, confirmaron el desastre. Y el ministro al ciudado del medio ambiente fue cesado.
Y es que el caso no puede ser más claro: la información sobre la contaminación de las playas no es propiedad del gobierno. Es nuestra –de los habitantes del lugar afectado— quienes pudimos advertir sobre los riesgos potenciales de semejantes hechos de lesa patria. Considerarla “información privilegiada” es un acto de encubrimiento irresponsable de la función pública, un cambio sin reversa imperdonable al mas puro estilo del “tetratransformer” sin timón del Pejeyac.
CORTEX





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