Cicatrices/La huida

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Resultaba difícil preparar el desayuno con la férula sujetando mis dedos anular y meñique, pero todo debía estar perfecto cuando Thure se sentara en la mesa. Así que me obligué a dejar de temblar y centrarme en las tostadas. Cuando el pan de molde salto de la tostadora respiré aliviada, por fin había acertado con el tiempo y la temperatura. Las rebanadas eran dignas de una fotografía, doradas, sin rastros de carboncillo, crujientes y calientes pero sin quemar.

Coloqué los trozos de pan entre los huecos del soporte de madera sin barnizar, ideado para separar las tostadas y lo dejé encima de la mesa, delante del plato sobre el que descansaba el tazón de cerámica añil con flores amarillas. En su interior estaban colocados los tres sobres de azúcar moreno y el palito de madera para remover el café. Situé la mermelada de albaricoque a la izquierda con la cucharilla a su lado, la mantequilla a la derecha y el posavasos de corcho pintado al costado de esta.

El chirrido del primer escalón del piso superior, era la señal que me indicaba cada mañana que debía calentar la leche en el microondas y encender la cafetera. Permanecí de espaldas a la entrada hasta que oí como arrastraba la silla para sentarse. Aquel sonido, como el anterior, era mi guía para saber cuándo debía saludar.

—Buenos días, cariño.

Thure revisó la mesa con enfermiza paranoia, hasta que no se aseguró de que todo estaba en el lugar que él deseaba, no me devolvió el saludo.

—Buenos días.

Por un instante mis rodillas flaquearon y estuve a punto de perder el equilibrio, por ahora todo iba según lo planeado, si le daba un mordisco a la primera tostada y no comenzaba a gritar, aún tendría una oportunidad.

Thure se acercó el pan a la boca y lo masticó con deliciosa indiferencia. Suspiré varias veces en silencio antes de servir el café, cuando la jarra se llenó de líquido negro y humeante, apagué la cafetera y la acomodé en la mesa, delante del posavasos, al recoger la jarrita de porcelana nívea repleta de leche templada, mis manos comenzaron a temblar, casi me desmayo. No podía perder los nervios ahora, debía proseguir con el teatro. Dejé el recipiente encima del mueble de la cocina y me froté ambas manos tratando de mantener el temple, volví a sujetar la vasija que contenía la bebida láctea y la coloqué junto al recipiente colmado de café.

El individuo con el que me casé dos años atrás, se sirvió el café sin mirarme, lo que indicaba que había superado la prueba. Esta mañana no me pudo denigrar, no le di motivos, me tenía bien enseñada. Esto le causaba una satisfacción enfermiza, continuó así algunos minutos, con una sonrisa demente desfigurando su rostro, hasta que me indicó con un gesto que podía abandonar la habitación, jamás almorzaba conmigo a su lado, según él yo era una cerda sin remedio que masticaba demasiado alto y sorbía la bebida sin cesar. Thure estaba convencido de que ese desprecio me hería profundamente, la verdad es que fue así al principio, pero después resultó un alivio escapar de su mirada inquisitiva y su profunda psicopatía durante un momento.

Al salir de la cocina me desplomé en el pasillo, casi rompo a llorar al comprobar que era incapaz de levantarme, pero me repuse milagrosamente, el tiempo de rendirse y dejarse arrastrar había pasado. Me senté en el sillón de costura e intenté remendar unos pantalones, pero la aguja parecía buscar a propósito mi dedo pulgar, con cada pinchazo los nervios y la angustia aumentaba.

Desde la sala oí el sonido de la vajilla, Thure ya había desayunado, ahora se acercaría hasta donde yo estaba y se despediría.

¿Qué me dedicará hoy antes de marcharse?, ¿Un bofetón, algún insulto?

Cuando entró en el cuarto me mordí los labios y me atravesé el dedo con la aguja, para exigirle a mi cuerpo, una dosis extra de entereza.

Aquel lunático rubicundo se aproximó lentamente y se arrodilló frente a mí, para quedar de este modo a mi altura, después me acarició un mechón de pelo. Cuando se cansó de fingir que aún me quería, me sujetó por la barbilla y me obligó a mirarle.

—¿Qué harías sin mi Charlotte?

La misma pregunta día tras día.

—Nada, cariño, ya lo sabes.

Thure sonrió complacido y se fue.

Permanecí estática, hasta que escuché el sonido del motor de su coche, conté hasta treinta, despacio, inspirando tras cada número y exhalando con el siguiente, al llegar a la treintena lancé sus pantalones a la otra punta del salón, me incorporé y fui hasta la cocina, limpié su tazón como una autómata, hasta que recordé mi plan, entonces me di la vuelta sobre mis pies, decidida a ir al segundo piso, pero antes me di el gustazo de estrellar su taza de cerámica contra las baldosas de la habitación. Subí los escalones corriendo, de dos en dos, rebusqué en el interior de mis calcetines fucsia y lloré de alegría al encontrar la pequeña llave.

Había tardado seis meses en poder tener esta diminuta pieza metálica entre los dedos, la apreté con fuerza y me dirigí hacia el estudio de Thure, me acerqué al escritorio de roble y abrí el segundo cajón, allí estaba un pequeño compartimiento de metal, con una minúscula cerradura, introduje la llave y después de casi dos años conseguí recuperar alguna de mis pertenencias más preciadas, mi pasaporte, mi documento de identidad y varias fotos de mi padre. Besé aquellos trozos de papel con tanta ansia que temí desgastar el plástico que los recubría y dejarlos inservibles. Con aquel tesoro entre las manos, fui a toda prisa hacia mi pequeño dormitorio, el que Thure me había asignado un año atrás, porque le molestaba el sonido de mi respiración al dormir, agarré mi bolso y salí de aquella hermosa prisión.

Era la primera vez que pisaba la calle desde hacía dos semanas, otro de sus castigos, esta vez por hablar con el cartero. Me acerqué a una cabina temerosa de desperdiciar una sola de aquellas monedas que tanto tiempo me había costado reunir. Marqué el número de teléfono de mi padre con el dedo tembloroso y esperé el sonido de su voz con los nervios destrozados.

—Lotte, ¿Eres tú?

Al oír sus palabras angustiadas no fui capaz de reprimir el llanto.

—Sí papá, soy yo, me he ido, estoy fuera.

Mi padre lloraba conmigo. A través del altavoz, pude escuchar su desesperación. Un dolor que nos unía desde países tan lejanos.

—Voy a llamar ahora mismo a Erik, él te llevará al aeropuerto.

El teléfono dejó escapar un molesto pitido, avisando de la falta de saldo.

—Papá te quiero.

Otro pitido.

—Y yo a ti Lotte.

Continúe aferrada al auricular enmudecido durante un minuto, antes de seguir con esta huida miserable.

Las palabras de Thure aún resonaban en mi conciencia maltratada:

»—¿Qué harías sin mi Charlotte?

Vivir, Thure, vivir.

 

Comentarios

  1. ayla

    27 noviembre, 2020

    wowww me encantó! Qué bien escrito. Enhorabuena 🌟🌟🌟

  2. AsNoren

    27 noviembre, 2020

    Ayla, muchísimas gracias por tu comentario!!

  3. Salma

    28 noviembre, 2020

    Un relato tan bello como doloroso. Un texto muy bien escrito que deja ganas de más.
    Tienes mi voto y te sigo.

  4. aylacosmos

    29 noviembre, 2020

    Bueno yo aún no sé como seguir oficialmente, pero lo haré. Si te apetece leer algo de lo que escribí, acepto consejos encantada. Aunque intento corregir y la página parece que no me lo permite, o no sé hacerlo :’-) Soy nueva

  5. AsNoren

    29 noviembre, 2020

    @aylacosmos He hablado con algunas personas que tiene en problemas con está página. No se pueden corregir los textos publicados, creo, me parecen que se deben borrar y volver a publicar. La verdad es que no lo sé a ciencia cierta, esto que te comento es a raíz de lo que he leído de otros usuarios. Te seguiré encantada y leeré lo que tengas con atención y cariño. Yo tampoco llevo mucho tiempo por aquí, así que también se puede decir que soy nueva jejeje De nuevo gracias por leer lo que escribo y por comentar. Un saludo

  6. aylacosmos

    29 noviembre, 2020

    gracias!!! 🙏🙏🙏💐 así lo voy a hacer, un alivio la verdad 💚☘️😉. En cuanto sepa como seguirte lo hago 💝

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