EL REFLEJO

Escrito por
| 58 | 5 Comentarios

     —Cree que me he vuelto loca, ¿verdad? —dijo la doctora Muñoz, apartándose el pelo del rostro.

     —Sabe muy bien que no utilizamos esos calificativos en este lugar, doctora —dijo el doctor Hernández.

     —En efecto: eso estaría mal. Como psiquiatras, no debemos hablar nunca de locura, sólo de trastornos. Sin embargo, lo pensamos; nos llega alguien afirmando cosas imposibles y nos decimos: “bien, ¡otro que está como una regadera!”.

     La doctora Muñoz se permitió una carcajada.

     —Tiene gracia, ¿no? —continuó—. Antes me sentaba en el lugar en el que ahora ocupa usted; evaluaba a los pacientes, les prescribía un tratamiento; y ahora estoy aquí, en el otro lado de la mesa; ahora soy yo la evaluada. ¡Qué irónico!

     —La vida puede dar muchas vueltas. Lo que quiero comprender es cómo se pasa de estar de un lado al otro de esta mesa; usted es una profesional con casi dos décadas de experiencia; una mujer a la que su familia, compañeros y amigos describen como juiciosa, sensata y prudente. ¿Por qué rompió todos los espejos de su casa, doctora Muñoz? Quiero saber qué le ocurrió.

     —¡Querer saber, precisamente! Ya lo dice el adagio: hay cosas que es mejor no saber. Nuestra salud mental depende de eso.

     —Es posible. En cualquier caso, correré el riesgo.

     —Está bien. —La doctora respiró hondo antes de proseguir—. Todo empezó cuando empecé a ocuparme del caso del señor Santos. El pobre señor Santos. Él también tenía la costumbre de romper espejos y yo quise, como usted, comprender las razones por las que lo hacía.

     —Cuénteme qué descubrió.

     —El señor Santos era un catedrático de universidad retirado, muy versado en el área de los Estudios Orientales; un hombre pacífico y educado, aunque bastante nervioso; lo que no resultaba nada extraño, teniendo en cuenta la naturaleza de su delirio.

     —¿Y en qué consistía ese delirio?

     —Como ya he dicho, el profesor Santos era un apasionado de Oriente. En los últimos años, se había dedicado casi por entero a investigar las leyendas chinas más esotéricas; y, sobre todas ellas, la que versa sobre el Mundo Tras el Espejo.

     La doctora Muñoz guardó silencio unos instantes, como se preguntase a sí misma si debía continuar.

     —Esa leyenda supone que hay un mundo al otro lado del espejo y que, en tiempos pretéritos, se podía viajar entre ese mundo y el nuestro, hasta que los habitantes del Otro Lado decidieron invadir nuestro universo.  Entonces, se desató la guerra, que sólo acabó cuando el Emperador Amarillo utilizó sus conocimientos esotéricos para desterrar a los invasores y cerrar los accesos que comunicaban ambas realidades; además, condenó a los vencidos a imitar eternamente nuestros movimientos.

     —Un mito muy curioso.

     —Más que curioso, es inquietante: se dice que llegará el día en que la magia del Emperador Amarillo no podrá seguir conteniendo a los forzados; estos dejarán paulatinamente de imitarnos, empezarán a actuar por su cuenta… Y volverán a invadirnos, como ya hicieron en el pasado; sólo que está vez no habrá nadie que pueda detenerlos.

     La doctora Muñoz se estremeció en su asiento y el doctor Hernández aprovechó para intervenir:

     —Y el profesor Santos llegó a creer en la fantasía objeto de su pasión; lo mismo que el Quijote, que enloqueció por leer demasiados libros de caballerías.

     —Eso mismo pensé yo: quijotismo puro y duro, si se me permite semejante diagnóstico. Sea como fuere, el profesor llegó a creer que se acercaba el Apocalipsis y que sólo los conocimientos arcanos del Emperador Amarillo podían evitarlo. Su esperanza residía en que el mismo Emperador, o algún súbdito avispado, hubiera tenido la precaución de consignar por escrito los hechizos que doblegaban la voluntad de los habitantes del Otro Lado… y que esos conjuros siguieran funcionando. Pasó casi una década buscando algún indicio de esos conocimientos arcanos, antes de acabar internado en nuestro psiquiátrico. Afirmó tener pruebas de que la leyenda era real y sus colegas de profesión decidieron que necesitaba ayuda urgente.

     —¿A qué pruebas se refería Santos?

     —En realidad, sólo tenía una: su propio reflejo.

     Respiró hondo antes de continuar.

     —Santos afirmaba que su reflejo en el espejo había dejado de imitarle a la perfección. Él era consciente de que, para un observador poco atento, las leyes naturales se seguían cumpliendo como siempre; pero le parecía innegable que, cuando se encontraba a solas con su reflejo, éste de comportaba de forma nada normal: le sonreía cuando estaba serio, por citar sólo un ejemplo; una sonrisa sádica, malvada. “¡Ése no soy yo! ¡Les dijo que no soy yo!”, afirmaba al verse reflejado.

     —¿Y a qué conclusión llegó usted?

     —A la única conclusión lógica posible: el profesor creó una interpretación delirante a partir de una percepción aberrante, o quizá al revés. No sería ni el primer ni el último caso en el que en un enfermo mental se siente alienado de su propio reflejo. Así pues, le prescribí una dosis adecuada de antipsicóticos atípicos para tratar su sintomatología, que yo suponía esquizofrénica.

      —¿Funcionó el tratamiento?

      —No. Al menos, no hasta el intento de fuga del profesor.

      —¿Se refiere al intento de fuga en el que rompió el espejo del recibidor?

    —El mismo. Como bien sabe, ese espejo es el único en el edificio principal del psiquiátrico, por motivos de seguridad; los pacientes internos no tienen acceso a él, como no sea al darles el alta.

     —¿Cree que escapó de su celda para romperlo ex profeso?

     —No, no lo creo. Mi opinión es que quería continuar con su investigación sobre la leyenda, que consideraba un asunto de vida o muerte. Santos se creía un mesías destinado a salvar a la humanidad.

     —Es decir: su intención era huir, pero al encontrarse con el espejo obedeció a la lógica de su delirio y lo destrozó.

     —Eso mismo pensé, aunque más tarde me di cuenta de que algo no encajaba: después de destruir el objeto de su delirio, un gran cambio se operó en el profesor. Entre otras cosas, dejó de delirar.

     —O sea que mejoró.

     —No sé si llamarlo así. Cierto que a partir de ese momento admitió que había estado loco, que todo había sido un delirio; pero mostró unos cambios que me preocuparon muchísimo; cambios que afectaban a su personalidad.

     —¿Síntomas residuales de esquizofrenia, quizá? No es nada raro que un paciente pase de un delirio frenético, con vívidas alucinaciones, a la frialdad apática y el desapego del mundo.

     —Así es; pero en este caso había algo más: tenía la impresión de que Santos había sufrido una sutil, pero innegable, transformación psíquica.

     —¿A qué se refiere?

     —Estaba su uso del lenguaje, por ejemplo: dejó de utilizar el lenguaje afectado, excesivamente académico, del que solía hacer uso; su dicción se volvió más pausada, su discurso más convincente.

      —Eso suena a mejora.

     —Yo tenía mis recelos. Sospechaba que nos estaba manipulando para conseguir salir de allí, no como un prófugo, sino como un hombre cuerdo; o como un paciente ambulatorio, que ya es algo.

     —Por eso pidió que le pusieran delante de un espejo, antes de devolverle al mundo… ¡Quería desenmascarar a Santos!

     —Sí, pero el profesor reconoció que aún sentía una aversión del todo irracional por los espejos; confesó que necesitaría tiempo, antes de ponerse delante de uno. En cualquier caso, parecía bastante lúcido, no era un peligro para la sociedad y necesitábamos camas libres; así que el director decidió enviarlo de vuelta a casa, una semana después de su intento de fuga. El profesor admitía que estaba enfermo y eso era un progreso suficiente.

     —¿Cree que fue un error?

     —Sin duda: sólo dos días después de estrechar la mano del profesor y desearle buena suerte, apareció muerto, en el cuarto de escobas que hay junto a la entrada. Alguien había escondido el cuerpo en el baúl que hay dentro, bajo una pila de productos para la limpieza; sólo nos dimos cuenta cuando el cadáver comenzó a apestar.

    —Alguien le mató y trajo sus restos aquí, para enviar un retorcido mensaje; no cabe otra explicación. ¿Se culpa de la muerte de Santos?

     —En absoluto: según el forense, la descomposición del cuerpo indicaba que Santos había muerto una semana antes de darle el alta. Así que dígame, doctor: ¿puede usted explicarme, lógicamente, a quién estreché la mano días después? ¡Claro que no quería ponerse delante de un espejo, el muy canalla! ¡Un reflejo no tiene a nadie que le pueda reflejar!

Comentarios

  1. Esruza

    4 noviembre, 2020

    ¡Escalofriante!

    Muy bueno,

    Mi voto

    Estela

  2. Alejandro F. Nogueira García

    7 noviembre, 2020

    ENOOORMEEE, Leire; descomunal. De tus veintitantas aportaciones, creo que ésta es la que más me ha gustado. No voy a insistir en lo que ya he expresado en mi comentario a “La bestia” elogiando tu forma de escribir (simpática, ágil, clara, elegante, dinámica, directa, indicativa de un trabajo de depuración muy pulcro que hace que el lector se centre en la historia desde la primera línea y no lo pueda dejar; como debe de ser).
    En este relato has cambiado la fuente habitual de tus narraciones (cuentos y leyendas de la tradición occidental) por otra tanto o más estimulante: la tradición oriental ejemplificada en este caso por la tradición taoísta.
    Permíteme que te cuente que yo conocí la leyenda que mencionas en un lugar tan insospechado como un libro de divulgación científica (“Turbulent mirror” de John Briggs y F.David Peat que publicó en castellano la editorial Gedisa en 1990 con el título “Espejo y reflejo”). En él los autores utilizan hábilmente la metáfora del reflejo que cobra vida propia para exponer cómo las dinámicas complejas evolucionan desde estados ordenados a estados caóticos o viceversa.
    Cuando nos acercamos a textos y leyendas ajenos a nuestro tiempo y a nuestra tradición (como puede ser el “I Ching”, el “Tao Te King”, el “Zhuangzi” o —ya puestos— el “Libro Egipcio de los Muertos” o el “Popol Vuh”) queremos interpretarlos desde parámetros occidentales y modernos. Obviamente es un error. Al hacerlo estamos ignorando que la intención original del autor original, aun suponiendo que tenga sentido hablar en tales términos, se habrá diluido entre multitud de acciones de los “traductore-traditore” y por cientos de años de evoluciones divergentes.
    En el caso que nos ocupa, tal vez la leyenda busque tan solo una explicación mítica al porqué de las imágenes especulares o tal vez busque realzar las hazañas de Huangdi, el inmortal Emperador Amarillo. Pero, puestos a especular, también cabe interpretarla como una regañina a los que no admiten el carácter esencialmente imprevisible de la Naturaleza, a los que piensan —contra Heráclito— que pueden zambullirse dos veces en el mismo rio, a los que dan palos de ciego al libre fluir del Tao que solo se atiende a sí mismo.
    Creo que tu relato apunta un poco en ese sentido. Enfrenta a la psiquiatría oficial, acompañada de sus categorías, remedios y recetas, a una oculta realidad que puede ser incluso más terrible que la locura. Recuerda un poco a los postulados de la antipsiquiatría que intentaba dotar a la esquizofrenia de un sentido, como una reacción ante una situación personal insostenible y “forzada” por los condicionantes sociales y/o familiares del paciente.
    Leire, ¿qué más puedo decir? Que me ha encantado tu aportación, que me ha sugerido un aluvión de ideas, placeres estéticos, reflexiones y ganas de seguir leyéndote.
    Lo dejo aquí. Acabo de ver que mi rostro reflejado en la pantalla del ordenador, ha hecho un inquietante gesto desplaciente que solo puede querer decir: “Vale ya, tío…, deja ya de enrollarte”.

  3. aylacosmos

    23 diciembre, 2020

    Uaooo?oh me encanta!!! me recuerda a la peli «Nosotros» la viste, brutal !

  4. Leire_G

    29 diciembre, 2020

    No he tenido el gusto, aylacosmos, pero la veré. Gracias x la recomendación. : )

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas