El Sexa + 1 0

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«No hay fecha que no se cumpla ni plazo al que no se llegue»Refrán popular

 

 

Pues no me lo van a creer pero accedí a los 70´s y, con ellos, ahora soy un septagenario cabal  por aquello de los números ordinales cuya secuencia empieza con la unidad y termina con la dece­na. Por eso al cumplir 70 inicie el camino cronológico de la séptima década y lacuriosa paradoja que nos juega ia secuencia del tiempo con la numeración ordinal expre­sada en décadas. Algo así como la relatividad del tiempo y del espacio en las líneas paralelas que, eventualmente, se cruzarán en la curva de la existencia, haciéndonos decir:

«Soy del polvo cósmico la ionizante partícula encendida o menguante pero nunca fundida»

Ese año le di una vuelta al círculo de la existen­cia. Me fui a reconocer los lugares en donde he pasado la segunda mitad de mi vida. Una especie de triángulo de la bondad, el amor y el desamor. Una ruta del centro ac­tual (Ags.), al centro turbulencia CDMX, centro orginal Morelia, y de allí al Oceano Pacífico, lugar primigenio de la vitalidad y la multiplicidades peces potenciado por la energía que se desprende del sol. Y allí estaba yo con mis recién estrenados 70´s contemplando el mo­vimiento incesante del mar desde lo alto de la terraza de una pequeña cabaña  frente a la playa de Sayulita, recientemente reconstruida después del huracán que arrasó la costa de Nayarit.

Le señalé a Rocío como el ir y venir de las olas me producía la sensación de viajar -como así es en efecto— sobre el planeta Tierra, girando a su vez en torno a su eje, y trasladándome en una órbita continua y elipsoidal alrededor del Sot. Que la marea resultante de ese movi­miento sincronizado con el de la Luna, provocaba en mis sensores corporales y en mi conciencia la certeza de que viajábamos por el espacio y que el tiempo se hacía una constante cíclica a la que retornamos inexorablemente cada doce meses. En mi caso pasaron 7 años para vol­ver al mismo sitio, en donde anualmente verificaba este portentoso fenómeno cósmico y al que definí como mi «pequeño rincón del mundo» en el que confluían también los mayores dones de la naturaleza junto con mi familia, mis amigos y una pequeña congregación de visitantes que enriquecían la convivencia políglota en esa latitud.

La noción de un milenio también tuvo lugar allí. Esa conciencia del ahora que, de acuerdo a una visión celes­tina de la historia, se extiende mil años atrás para poder tomar una perspectiva histórica de la vida y la gente que nos precedió; que nos pueda dar larga vista sobre el sen­tido y la realidad que a ellos les tocó vivir, a efecto de comprender su propia evolución y el proceso de civiliza­ción que nos legaron. No en el sentido del avance de la tecnología y la ciencia o de las hazañas de su líderes, reyes o emperadores, sino en el sentido de un antece­dente de existencia: de un escenario que nos permita retrpceder en la visiónde mil años atrás para tomar perspectiva.

Lo primero que percibimos es que la realidad de ese tiem­po está definida por los poderosos clérigos de la iglesia romana. Debido a su posición predominante ejercen una gran influencia sobre la mentalidad de la población del viejo mundo. Y el mundo que estos clérigos describen como real es, sobre todo, espiritual: creando una reali­dad que centra, la idea de Dios, como el plan rector sobre la vida de la especie humana.

La vida significa entonces una especie de prueba es­piritual. Los clérigos explican que Dios ha situado a la humanidad -a la Tierra— en el centro del universo para un solo propósito: ganar o perder la salvación. Y en esa encrucijada el hombre debe escoger acertadamente en­tre dos fuerzas opositoras: la fuerza de la fe o las volup­tuosas tentaciones del demonio. Pero el hombre y la mujer no enfrentan esta lucha solos, pues su naturaleza no está preparada para tomar semejante determinación, ya que ese terreno es el campo propicio para los clérigos que están allí para interpretar las escrituras y para advertir­nos si nuestros actos están o no en comunión con Dios. Sí acatamos sus indicaciones, aseguraremos nuestra re­compensa en «el más allá». Sí fallamos, la condenación eterna nos espera. El mundo medieval se mueve enton­ces en los términos de la existencia espiritual.

Pero esta visión medieval empieza a fracturarse en el siglo XIV, y la concepción de que la Tierra es el centro del universo, es desmentida por los experimentos astronómicos de Copérnico y Galileo. Más tarde apare­cen las incongruencias entre el hacer y el decir de los clérigos: trasgresión de sus votos de castidad (los Borgias), humildad y pobreza; la aceptación de los bene­ficios materiales al ocultar la violación a los preceptos morales establecidos en la escritura y cometida en com­plicidad con los poderosos príncipes: o más aún, enri­quecerse y ambicionar ellos mismos el poder terrenal. Estas incongruencias alarman la conciencia de las co­munidades debido a que los clérigos detentan, desde sus catedrales, la relación entre el hombre y su Dios… a que se han convertido en los arbitros de la salvación de aquél.

Y el desencanto no se hace esperar. Los clérigos pier­den terreno y autoridad al incumplir las promesas y des­virtuar las verdades hechas al pueblo en nombre de Dios. El propio consenso acerca de la naturaleza del universo y del propósito de la humanidad en este mundo se colapsa: sí la descripción de la existencia humana sostenida por los clérigos y los poderosos es equivocada, ¿cuál será la verdad? Los científicos Copérnico y Galileo se encargan de mostrarla: las estrellas y el Sol no giran en tomo de la Tierra, sino que ésta es solamente un pequeño planeta redondo viajando en órbita alrededor de un pequeño sol, dentro de una galaxia que contiene miles de millones de estrellas. El hombre… y la mujer han perdido su lugar como el centro del universo en el plan maestro de la divi­nidad. Y con esta conciencia, la edad moderna comien­za. Despierta el espíritu renacentista y democrático y la creación de un nuevo mandato basado en la ciencia y la experimentación se establece como paradigma justicie­ro.

La ¡dea de Dios se reconvierte y nos muestra esa pa­radoja portentosa que, partiendo de la ionizante partícu­la, enciende el universo y se anida como chispa vital en el mar de la esperanza: de la séptima década que a los 70 años ensancha el ciclo de la experiencia reduciendo el de la potencia… dejándonos solo la estela de la vida en las pupilas radiantes de nuestra pequeña Larisa.

 

CORTEX

Comentarios

  1. Esruza

    21 noviembre, 2020

    El título debería ser «El Septa – 9»

    Bien por ti.

    Mi voto

    Stella

  2. Esruza

    21 noviembre, 2020

    Este artículo está realizado muy seriamente en comparación con «El jinete (Caballero) de brillante armadura), ya borrado..

    ¡Felicidades!

    Bossy

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