Esqueletito González (Parte 1 de 8)

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Ya de chiquita, no había pregunta demasiado grande para mí, ni cachetada de igual tamaño de mi madre o de mis tías. O incluso de mis vecinas.

 

Pero es que hay muchas preguntas que no entienden de tamaño, ¿saben?

 

—¿Por qué tenemos que ir a la iglesia?

 

De verdad, ¿por qué? Las diosas ya estaban en mi casa, o en las de al lado.

 

—Porque es el día del señor, Lupita —respondía mi madre como si aquello tuviera sentido. ¿Qué señor?

 

Y el señor se escribe con mayúscula, por cierto. Figuren…

 

—Pero, ¿y qué?

 

De verdad, ¿y qué?

 

—¿Quieres que se enfade él, hija? Sus cachetadas son peores que las mías…

 

Por la manera en la que me vestía, mi madre parecía querer hacerme sentir la rabia de ambos.

 

—¿Y por qué tengo que llevar yo este vestido?

 

—¿Acaso no luces hermosa en él?

 

—Pero, ¿y por qué Alejandro no puede llevarlo?

 

Alejandro es mi vecino y él sí luce realmente hermoso en él.

 

—Alejandro no tenía que ponerse vestido, sino traje, ¿comprendes?

 

—¿Por qué?

 

—Porque Alejandro es un chico y tú una chica.

 

—Pero a él le gustan los vestidos.

 

—Hija, ya está bien de sandeces. Y cómete el desayuno que llegamos tarde a la iglesia.

 

Huevos… me despiertan más preguntas que hambre, la verdad…

 

—¿Y qué tiene de especial el huevo que ponemos fuera de la casa?

 

Por si no fueron mis vecinos, en la fachada de mi casa había un huevo pintado de rosa. Lo de dentro llevaba ahí más tiempo que lo que yo llevaba fuera del vientre de mi mamá.

 

—De especial nada, ese está maldito.

 

—¿Maldito? ¿Cómo?

 

—Encierra la oscuridad de nuestra familia.

 

—¿Y qué hay dentro?

 

—¿No escuchaste, hija? Oscuridad, una maldición…

 

—¿Una maldición?

 

—Sí, algo muy malo.

 

—¿Cómo de malo?

 

—Ay, hija, qué preguntas… Pues nadie lo sabe porque nadie nunca lo abrió y la que lo intentó salió malparada…

 

—¿Quién fue?

 

—Tu bisabuela Linda.

 

—¿Y qué le pasó?

 

—Pues que murió…

 

—Pero tú me dijiste que todos moríamos, ¿no es cierto?

 

—Bueno, pero esto es diferente, no solo murió su cuerpo sino también lo de dentro…

 

Esas palabras despertaron en mí una sensación que no había conocido hasta entonces y que aún hoy no alcanzo a comprender. Se me quedó un sabor raro en el cuerpo. Y en lo de dentro. Un sabor tan raro como me sabía el desayuno esa mañana.

 

—¿Y si se cayera el huevo?

 

—Pues caería una horrible maldición sobre la niñita que osara romperlo, eso pasaría…

 

Osada soy y cachetadas busco, así que después de engullir los huevos rancheros que estaban ante mí, tiré el huevo que estaba fuera de la casa. Lo dejé caer más bien. No yo, mi curiosidad más mal.

 

¿Y saben qué pasó?

 

Nada.

 

Otro día más.

 

Pero esa noche, esa noche es cierto que mi esqueletito dejó mi cuerpo por primera vez…

 

 

Comentarios

  1. Mabel

    20 noviembre, 2020

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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