Martina, Gato y todo lo demás

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Martina, Gato y todo lo demás

 

La comida del domingo transcurre con más pena que gloria. Martina continúa hermética, como por la mañana. Contesta con monosílabos. Ni a Gabriel ni a Daniela se les escapa que no ha salido en todo el fin de semana. Ni siquiera ha quedado con Lorenza, su amiga del alma.

Martina utiliza la excusa que ha esgrimido sábado y domingo para desaparecer sin aportar más argumentos. Afirma de modo convincente que necesita estudiar. El verbo “necesitar” en ese contexto le resulta a Gabriel un tanto teatral y a Daniela un recurso estilístico de lo más adecuado. Martina no ha abierto un libro en dos días y no se ve con el coraje suficiente como para alterar esa disposición.

En su cuarto ni siquiera se sienta delante de su mesa, no vaya a ser que la alineación de Aurora con Alfa Centauro obre un milagro y consiga arrancarle unas horas de provecho. Se tumba en la cama y entrelazando las manos tras la nuca, adquiere el firme convencimiento de que es preciso que salga de esa espiral, de esa tela de araña que la atenaza presa, inmóvil. Esa mañana había decidido no preocupar más a sus padres, pero no lo estaba consiguiendo. De hecho se hallaba a años luz de lograrlo. En ese momento considera primordial establecer un plan de choque. Una estrategia que le sirva no sólo para el presente, sino para futuras ocasiones, para eventuales puntos de inflexión en su reciente trayectoria.

De repente, como impulsada por un resorte, se incorpora, gira sobre sus posaderas, apoya los pies en el suelo, se enfunda las zapatillas y sale del cuarto. Va en busca de Gato. Tienen mucho de qué hablar. Desea conocer como le ha ido por la mañana con la gata de los vecinos. Al volver del jardín de al lado Gato parecía enfadado y se ha escondido. Le pedirá que se lo cuente mientras lo baña. Gato es orgulloso pero débil; no se resistirá a soltar la lengua sumergido en los placeres de la espuma y en la delicia del agua caliente.

Es muy pronto para Gato, de normal lo suele asear en torno a las seis, pero ese día es diferente y no encuentra en cambiar las normas algo negativo, sino más bien coyuntural. Va a su encuentro, directa al salón. Gato es un animal de costumbres y como cualquier  felino  muy territorial. A Gato lo ve repantingado en el sofá, con cara de pocos amigos. Gabriel ocupa su sillón de lectura, sillón que Gato cree de su propiedad y con derecho exclusivo de usufructo. Gabriel suele leer a horas  más tardías. Puede que se haya sentado tan sólo por importunar al gato. El padre de Martina detesta que  le llene el sillón de pelos. Gato lo observa entre bostezo y bostezo y le da a entender que espera a que se marche, que no le ha gustado en absoluto esa sucia maniobra de pretextar que le apetece leer tan sólo por fastidiarlo.

En cuanto ve a Martina se gira sobre sí mismo y emite un leve maullido con el cual le resume lo que piensa de ese cretino de Gabriel. Martina lo tranquiliza con la mirada y trata de que no se enfade. Se le ha ocurrido que lo bañará antes de hora. Gato ante la perspectiva y el triste panorama se deja coger con resignación.

Gato es una rara avis dentro del mundo felino. No solamente no es hidrófobo, sino que le chifla el agua. En verano, cuando Martina lo deja salir bajo la promesa de que se porte bien y no se escape, se lo pasa de miedo saltando de aspersor en aspersor intentando cazar con la boca chorros de agua. A Martina le gusta permanecer a solas con él dentro del baño; sin excepción cierra la puerta. Su madre es muy dada a asomarse y preguntarle cómo va. Ni a Gato ni a ella les gusta ese tipo de intrusiones y violaciones de la intimidad.

Martina deja que la bañera se llene con un volumen de agua suficiente como para que Gato se pueda zambullir. Más de una vez ha pensado comprarle unas gafas de bucear, pero cree que no deben de existir para gatos. Lo podría mirar en Amazon. Martina es de la opinión de que en Amazon, menos la felicidad,  se puede conseguir cualquier cosa. Añade jabón en abundancia y lo remueve con la mano de manera ostensible para que se forme una gran nube de espuma. Gato maúlla dando su aprobación. Martina le moja una pata delantera para que diga si la encuentra demasiado caliente. Gato cierra los ojos. Eso significa que la temperatura es la adecuada.

Lo sumerge, lo enjabona y lo frota con suavidad. En un momento dado, lo abandona a su libre albedrío. Gato recorre la bañera ex cátedra, con aplomo y decisión. Una vez cansado, Martina la vacía y lo aclara con el agua templada. Saca de un armarito una toalla mullida que reserva únicamente para él. Al animal le gusta el olor a suavizante y lo vaporosa y suave que resulta. Lo frota con delicadeza y deja la toalla en el suelo. Su madre le dejó bien claro que esa toalla no la mezclara con el resto de la ropa. No quiere que los pelos del gato se esparzan sin control, como un virus sin vacuna. Gato se siente discriminado por ello. Martina se lo ha hecho entender más de una vez, pero Gato no entra en razones. Si es de la familia, si lo consideran como a un igual, ¿por qué esos distingos tan insultantes? La última fase del baño es casi la preferida de Gato. Martina enchufa el secador y ajustándolo a media potencia pasea el aire caliente de un lado a otro de su cuerpo. Acunado en el regazo de Martina, cierra los ojos y se deja hacer con un placer difícil de igualar.

Martina apaga el secador, le pasa las manos por el pelaje y comprueba que está seco, limpio y suave. Falta todavía perfumarlo y ordenar el pelo con un cepillo especial de cerdas extra suaves. Antes de ello, como condición indispensable interpuesta, Martina le pide que le cuente lo de esa mañana. Gato se hace el longuis y Martina le susurra que ya sabe de qué le habla, de la gata del vecino. Le pide de paso que le diga el nombre. Valentina maúlla Gato, y a renglón seguido asegura no haber progresado lo más mínimo. No le dejó pasar de las escaleras de la entrada. Esa gata es una engreída. Ni que tuviera más pretendientes. Martina no le dice, por no afligirlo más, que dos casas más allá vive un precioso gato también siamés; un serio contrincante en su opinión. En resumidas cuentas, que le ha hecho perder media mañana y que no ha sacado nada en claro. Gato le ha propuesto a Valentina que sea ella la que lo visite la próxima vez, a lo que la gata ha contestado que le han prohibido atravesar la verja. En definitiva, que se lo va a pensar. Gato concluye que no ve necesidad alguna de irse de picos pardos con lo bien que está en casa. Martina le da la razón.

Abre la puerta del baño y Gato lo abandona como lo haría una eminencia, con porte y elegancia. Se pasea por toda la casa con la satisfacción del deber cumplido y para acabar el recorrido va al salón deseando que Gabriel no esté. No está. Se tumba en el sillón meneando el rabo en señal de reclamo. Martina le pone la 2, va a comenzar un documental de naturaleza. Gato no se pierde ni uno.

Tras acabar con Gato, Martina se siente vacía. No ha disfrutado con el aseo semanal. Generalmente le resulta gratificante, pero ese fin de semana parece que todo gira al revés. Como un zombi que se mueve sin convicción, llega a la cocina. Se encuentra a su madre preparándose una especie de bocadillo. Los domingos por la tarde Daniela los dedica en parte a repasar faenas y asuntos pendientes del trabajo. Con frecuencia le quedan flecos que retocar y detalles que pulir. En ese momento Martina piensa que su madre ha hecho una parada para reponer fuerzas. Esta la ve entrar y advierte al segundo que algo no va bien. Le propone prepararle un sandwich; como método para comenzar una batería de preguntas, lo encuentra muy adecuado. Martina, sin hambre pero sin otra cosa mejor que hacer, acepta. Su madre le pregunta de qué lo quiere y Martina le responde que no le pasa nada. Daniela que si quiere el pan tostado y Martina que mañana será otro día. Daniela le pone un poco de mayonesa en la nariz y tan solo le arranca una tibia sonrisa que se desdibuja apenas se la quita con el dedo. Luego lo chupa. Martina le da un beso y su madre desconoce si es para pringarle la cara con mayonesa como venganza, para que cese en su inquisición o en señal de cariño. Seguramente se deba a una mezcla bien equilibrada de todo ello. Martina la deja en la cocina con el sandwich a medio preparar. Dice que va a procurar estudiar de una vez por todas, aunque intuye que no lo conseguirá. No ese domingo.

Daniela va al encuentro de Gabriel con el sandwich de Martina. Lo halla en su estudio. Farfulla gruñendo que intenta poner orden al desbarajuste allí reinante. Le echa la culpa a su hija, que desde que se ha aficionado a frecuentarlo está todo manga por hombro. Daniela se ríe, se sienta en sus rodillas y lo besa con ternura. Gabriel posee muchas virtudes, pero el orden no es una de ellas. Está sonando Just like a woman de Bob Dylan. Daniela recuerda que cuando tonteaban, le gustaba abrazarla con esa canción de fondo y ahí están varias décadas después. Parece que nada cambia. Sus vidas son como ese cuarto, llenas de recuerdos, de sentimientos y de deseos que habría que buscarlos en el revoltijo de la mesa. Gabriel le asegura que  no tiene hambre, aun así Daniela le deja el plato. Reza porque no le ponga un folio encima, se olvidará de él.

El estudio de Gabriel queda justo enfrente de la habitación de Martina. Las dos puertas entornadas han permitido que esta escuchara la conversación y los silencios de sus padres. Martina llora por fin. Sin una razón aparente no lo había logrado desde que se levantó. Martina es de lágrima fácil. Martina necesita llorar. Sus padres lo saben, Gato lo sabe, Lorenza lo sabe, ella lo sabe. Hasta Valentina lo sabe.

Cuando es consciente de que va a tener que cambiar la funda de la almohada, llena de mocos y de lágrimas, se relaja. Seguro que esa noche dormirá bien. Ha dado por concluido el fin de semana, así es que se mete en la cama con un libro en ristre y el propósito de leerlo un rato. Pero le entra hambre. No quiere bajar, no le apetece hablar con sus padres. Abre con sigilo la puerta, cruza el pasillo, entra en el estudio de Gabriel, desentierra el sandwich sepultado bajo papeles, libros y dios sabe qué más y como en un acto de rapiña de lo más vergonzoso, se vuelve a su habitación a devorar el botín.

Llenará la cama de migas.

Pero le da igual.

Es feliz.

FIN

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