Martina un domingo por la mañana

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Martina un domingo por la mañana

 

Martina abre los ojos confundiendo vigilia y narcosis.

Tras un intenso sábado en lo emocional, el sueño reparador la ha llevado por escenarios que hubiera deseado distintos y alejados de la realidad. Pero conforme se despereza va constatando que lo soñado ha sido un repaso, un resumen básico de cómo se desarrollaba su vida en ese momento.

Oye a Gato ronronear al otro lado de la puerta.  Muy a su pesar y lastrada con una pereza descomunal, se levanta y lo deja pasar. Gato es muy insistente, lo sabe y se aprovecha de ello. Sin pedir permiso se zambulle entre las sábanas y Martina hace lo propio sin preocuparse de si lo chafa o no. Percibe un leve y tímido maullido, pero más parece de placer que de dolor.

Gato le pide permiso para salir al jardín. Martina se lo niega. Tiene que recordarle que la última vez intentó escaparse. Gato le promete que no se volverá a repetir, que no entiende que le pudo suceder. Martina alude con malicia a la  apuesta gatita de los vecinos. Que  todo el barrio sabe que está loco por ella. Que cada vez que la oye maullar empieza a girar sobre sí mismo y pierde los papeles. Gato empieza a lamerse su pata derecha para ganar tiempo, no se le ocurre réplica coherente ni salida airosa alguna. Martina tiene razón, bebe los vientos por esa belleza de pelaje blanco inmaculado, ojos azul imposible y mirada lasciva. Gato reconoce que su comportamiento, en ocasiones, deja mucho que desear.

Martina le pregunta si le gustó la nueva marca de comida que compró su madre. Gato responde que deliciosa, aunque algo salada; le dio mucha sed. Martina le promete comentarlo con ella. Gato se lo agradece lamiéndole la mano. Le pregunta a que va a dedicar el día y Gato con extrañeza y preocupación, sin entender a qué se refiere, argumenta que a lo de siempre, a cosas de gatos. Martina asiente, reconociendo su estupidez. Le dice que debe de estudiar antes de la hora de la comida; el sábado no pudo obtener provecho alguno. Martina se levanta y Gato se aproxima a la puerta para que le abra. Le recuerda que por la tarde le toca baño y Martina le confirma que no lo olvida.

En pijama, baja al encuentro de sus padres. Se les oye hablar desde hace un rato. Su madre debe de llevar unas cuantas horas en pie, madruga mucho. Su padre no tanto, es un dormilón. La escena que la recibe es la de todas las mañanas. Gabriel desayunando con devoción y Daniela despojándose de naturaleza importada directamente del jardín. A juzgar por el silencio que se crea nada más aparecer, sospecha sin temor a equivocare que hablaban de ella.

Martina los besa, primero a su padre y luego a su madre, pero sin mucha convicción. La encuentran cansada y Martina advierte ese temor con contrariedad. Ha dormido en profundidad y sería capaz de correr un maratón, en el caso de que fuera necesario, aunque espera que no. Es consciente de que preocupa a sus padres. El sábado la miraban como sólo un científico haría ante un hecho insólito e inexplicable. Se comportó rara y desconoce la razón. También Gato se lo ha preguntado hace unos minutos. Ni siquiera el sueño beneficioso le ha proporcionado solución alguna.

Martina se prepara un café con leche. Daniela mira a su marido. Este le responde con los ojos que no entiende su curiosidad. Daniela insiste con un gesto, «¿desde cuándo nuestra hija bebe café?». Gabriel con su silencio objeta que desde siempre y Daniela, cambiando el rictus de la cara, le replica que no se entera de la misa la mitad, su hija jamás ha bebido café. Martina nota y percibe con obstinación cada una de esas dudas, razonables por otro lado. Les comunica de manera graciosa y ágil que lo va a probar. Ha decidido experimentar con su cuerpo. Esa frase, lapidaria y ambigua, no ayuda en absoluto a templar los ánimos de sus progenitores.

Acto seguido se prepara dos tostadas con aceite de oliva y mermelada de arándanos, su favorita. Se sienta al lado de su padre y enfrente de su madre que sigue apoyada en la encimera. Ambos observan como desayuna y Martina, lejos de molestarse, se regocija levemente. Afirma que no le gusta el sabor del café, aunque sí su aroma. Ya desde niña llegaba a la cocina hipnotizada y flotando, siguiendo la estela del milagroso perfume con cafeína. Martina da un giro de ciento ochenta grados a su charla y les pregunta si son felices, si no se cansan de permanecer tanto tiempo uno al lado del otro; les confiesa que ella no podría, se vería incapaz. Aun así les suplica que sigan juntos, no concibe una vida sin ellos, sin sus predecibles rutinas; «valga la redundancia», se atreve a apostillar. Su perorata continúa durante los eternos diez minutos que tarda en tomarse el desayuno. Acabado este, recoge la mesa, les da la espalda y mientras sale de la cocina les asegura que  va a estudiar.

Daniela y Gabriel se miran sin adivinar qué ha ocurrido ahí. Daniela cuestiona si el café ha tenido algo que ver, a lo que Gabriel contesta que ni idea, que Martina lleva una temporada rara. Daniela puntualiza que semanas. Gabriel concede la rectificación. En cualquier caso se muestra muy sensible y vulnerable. Demasiado. Pero “demasiado” no es preocupante, no en la personalidad de Martina.

Martina vive en un mundo abstracto, lejano a la realidad en todo caso. Martina concibe lo que le rodea desde un prisma poligonal raro, extraño, fabricado sólo para su uso exclusivo. Comprender a Martina es tan complicado como comprenderlos a ellos dos. Como discernir cual es el motor de esa familia, las normas básicas que la impelen y la mantienen como un todo engrasado y en perfecto funcionamiento. Martina se mueve por impulsos y sensaciones, no es por lo general objetiva y se deja llevar por su subconsciente, que a menudo no es el mejor consejero.

Una vez en su cuarto, se sienta enfrente de su mesa. Descorre la cortina y sube la persiana para que el bonito sol casi primaveral la acaricie, la mime y le proporcione ese empujón que necesita para abrir el libro de Física. Pero no lo logra, ni siquiera lo pretende. Abre la ventana y se queda contemplando el esplendor del jardín. En ese momento admira a su madre y admira su cuidado, esmero y creatividad. La madreselva, que desde hace días se empeña en colarse en su habitación, no desea más que darle las gracias. Todavía se acuerda, siete u ocho años atrás, como Martina la sujetó a la pared para que no se cayera y creciera hasta llegar al infinito cielo; como ayudó a su madre a abonar el terreno circundante y como la regaba en los calurosas tardes de estío para que se conservara fresca, grácil en su ascensión y flexible e imperturbable en los días de viento. Como premio a tanto esmero, la madreselva le pide que le arranque la única flor que ha conseguido florecer hasta el momento. Martina se lo agradece, la acepta y se la lleva a la nariz. La planta mueve las hojas en señal de regocijo.

Incapaz de concentrarse, ha decidido que sacará a Gato al jardín. La madreselva  le aplaude el gesto. Está harta de oír a la gata del vecino. Desde su atalaya la contempla con facilidad y  susurra a Martina, aproximando sus hojas, que se atusa el pelaje cada mañana en espera de que Gato mueva ficha.

Martina,  por suerte, no se topa con sus padres en la cocina. Todavía con Gato entre sus brazos y antes de abrir la puerta, le recuerda que como se escape o intente una tontería no vuelve a salir más. Lo deposita en el césped y ella para disimular se sienta en una silla metálica y coloca el libro de Física sobre la mesa de mármol, llena de hojas y de tierra. Observa como Gato cruza la valla y pasa al jardín vecino. La curiosidad la vence y mira a través de la enredadera que separa ambas parcelas. Ese gato parece tonto, ahí está en medio, inmóvil, vergonzoso. La gata sin nombre (luego le preguntará a Gato como se llama) aguarda a los pies de la escalera como una princesa a las puertas de su palacio. Es una auténtica divinidad. No le extraña que Gato esté loco por ella. No quiere ver más. Se gira, abre el libro y se esfuerza en leer aunque solo sea el título del tema que le toca, “Campo Eléctrico”.

Martina se ríe. Ignora la razón. Quizás por la estúpida asociación de ideas proporcionada por la ambigüedad de la palabra “campo”. Quizás porque ve a través de la ventana del comedor como sus padres hablan, acalorada ella y pausado él; como miran de soslayo hacia su posición y como infiere que debe de cambiar de actitud. No puede seguir comportándose como una excéntrica ni como una marciana extraterrestre. Desea levantarse para calmarlos, para tranquilizarlos en cierta medida y asegurarles que ningún espíritu maligno la ha poseído.

Pero antes esperará que llegue Gato de su cita y le cuente como le ha ido. Todo lo demás es secundario.

 

FIN

 

 

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