Martina y su complejo mundo interior

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Martina y su complejo mundo interior

 

Gabriel aparca en la puerta. Sabe que después le dará mucha pereza salir y encerrar el coche en el garaje, pero se desoye sin remordimientos.

Le preocupa Martina, carece de motivos, pero no lo puede remediar. Martina es inteligente, autosuficiente y en las últimas semanas más voluble de lo acostumbrado. Ni él ni Gabriela han tenido que sufrir por ella, ni siquiera inquietarse lo más mínimo. Pero ese sábado se comporta de un modo extraño. Cuando acaben de descargar la compra y tenga un rato de intimidad con su mujer se lo comentará.

Martina atenta, avispada y perspicaz, conoce lo que barrunta su padre. Odia convertirse en el centro de atención de nadie. Cierto que ese sábado nada en un mar de sentimientos encontrados; en su interior se entremezclan el amor, el cariño, el presente y el futuro con una intensidad tal que le asusta.

Una vez han colocado la compra en estantes, armarios y nevera, farfulla algo que ni Daniela ni Gabriel entienden y marcha. Gabriel desea iniciar la necesaria, y espera que breve, charla con su mujer, pero esta adivinando sus intenciones pretexta una faena pendiente e impostergable en el jardín. Gabriel, mientras ella sale enfundada en unos recios guantes de tela, le pregunta que le apetece para comer. Daniela grita que ensalada y filete. Gabriel ve como «ensalada» flota en el aire con una fuente Arial de mayor tamaño que «filete», que tan apenas alcanza a leer.

En su habitación Martina no halla solaz y sosiego a su desazón. Tentada está de ir al encuentro de Gato y confesarle su desdicha, pero no quiere preocuparlo. Gato es un animal muy sensible y no desea molestarlo con sus tonterías. Martina es consciente de que no se trata más que de eso, de un arrebato pasajero. Decide confinarse en el estudio de su padre.

Entra, cierra la puerta y se sienta en el sillón con ruedas giratorias. Desliza su  cuerpo sobre el ya desgastado y deslucido cuero de color marrón oscuro. Se levanta de súbito y selecciona un álbum. En realidad no le importa cual. Esa  música se le antoja extraña y no conoce apenas ningún grupo. Elige uno que sobresalía un dedo sobre el resto, Badfinger. Curiosea en la contraportada; allí figuran los títulos de los temas y el año de publicación, 1970. Con más pericia de la que debería, dada su inexperiencia en ese tipo de extraños reproductores musicales, coloca la aguja en el inicio de Believe me, ambicionando un deseo, gritando en absoluto mutismo.

El volumen moderado, el candor de la melodía y la atmósfera que envuelve ese cuarto le permiten evadirse sin esfuerzo. Se reclina apoyando su trasero de modo peligroso en el borde de la silla y conformando a su espalda una rectitud que desaconsejaría cualquier médico y fisioterapeuta, entrelaza sus manos y las deja descansar en su regazo. La nuca, apoyada en la parte superior del respaldo, impide que se resbale, a la vez que le proporciona una justa presión  que la ayuda en su relajo. De esa guisa, posibilita que sus pensamientos viajen, vayan y vuelvan sin orden ni concierto.

Preguntas descabelladas tales como «¿quién inventó la caries y la celiaquía?» le surgen de repente. Y sonríe ante lo estúpido de ese devenir de su psique; aunque le divierte. Encuentra cierto regocijo en ello. Se acuerda asimismo de una expresión que leyó no hacía mucho. Martina es una gran lectora. Martina devora libros como otros devoran galletas o chuches. Martina disfruta adentrándose en historias de ficción que en cierta medida discurren paralelas a la suya propia. Martina tan sólo puede compartir sus impresiones con una amiga del instituto llamada Lorenza. Son amigas desde primaria. Ya entonces le gustó su nombre. Un nombre de hombre convertido a la fuerza en uno de mujer. Eso significaba algo. Lo intuía. Y no se equivocó. Lorenza es una persona especial y entre ellas existe una empatía y conexión tan solo comparable a la que mantiene con sus padres. Brillo sonoro. Le llamó mucho la atención. Colocar un adjetivo a un nombre de manera deliberadamente errónea o cuando menos no adecuada. Desde que leyó aquello se esfuerza en apuntarse en trocitos de papel que luego pierde cosas parecidas. Zapatillas veloces, terciopelo mudo, lápiz nervioso y guantes cariñosos, fueron ocurrencias anotadas algún día y perdidas en el olvido de los bolsillos;  o en los bolsillos olvidados, esa sería digna de recordar.

Sonríe y se entristece, sin transición, sin razón. Mezcla la música que ocupa hasta el último poro de la habitación, sus recuerdos y sus sentimientos. Todo se combina como en una coctelera y el resultado no tiene porqué mostrarse satisfactorio ni mucho menos. Se le ocurre que podrían existir cementerios para presos muertos en las cárceles; una cárcel para presos muertos. En su opinión sería un método lógico de que ningún espíritu se pudiera escapar, una solución más coherente para recluir a esas personas. Impedir su libertad desde cualquier ángulo posible. No se imagina sin embargo, que tipo de celadores serían los apropiados para custodiar esas almas. Qué protección y cuidado es el oportuno para impedir que un alma se fugue se le antoja un asunto digno de consideración.

Y sonríe al acordarse de las tonterías que a menudo suelta otro compañero de clase. De este no es amigo. Martina no derrocha amistades. “Apellidos peligrosos”, así denomina a aquellos cuya terminación rima convenientemente con cochinadas y palabras soeces. Briones o Montoya son dos buenos ejemplos.

Le parece oír la voz de su madre reclamándola. Con manifiesta desgana y no sin cierto riesgo para su persona, se incorpora, levanta la ajuga del disco, guarda este en su funda, lo coloca en la estantería y acude a la llamada sin demora.

Daniela le propone que la ayude con un postre. Su madre no sabe preparar postres. Martina  interpreta ese gesto de cariño y acepta. Jamás contradice a sus padres. Daniela quiere que comparta su malestar con ella, que le diga en silencio lo que le pasa. De la misma manera, en silencio, ella le responderá y le aconsejará. Martina asimilará lo que pueda. Las manos pringosas de harina no ayudarán a que la comunicación fluya.

En un momento dado, ambas contemplan a Gabriel elaborar una ensalada propia de un experto gourmet, y sonríen.

Gabriel se siente observado pero no le importa. No quiere interrumpir lo que llevan entre manos madre e hija. Si se inmiscuyera en la conversación no podría evitar preguntar y aunque a Martina no le importara contestar, nunca le importa, con su padre lo hace de modo diferente. Su padre la interpela con palabras, no con gestos, intenciones o bizcochos con un futuro más que cuestionable.

 

FIN

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