Posada y el suprarrealismo (2)

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«La catrina, calaca de Posada, es la imágen aspirativa de los mexicanos con la muerte»

 

Por su parte, EL FISGON, nos describe a un Posada más humano que transita entre lo pueblerino y lo citadino y que, aún siendo un recalcitrante liberal porfirista, no tuvo tiempo de reflexionar «ideoló­gicamente» para identificar la dictadura de Díaz y combatirla políti­camente; ya que más bien se refugió en su imaginería convirtiéndo­se en un prolijo productor de piezas litográficas, que ilustran lo mismo una oración que una indulgencia o jaculatoria, que convites profanos a celebraciones callejeras y patios de vecindades; o viñetas para vender pemiles de carnero, cerdo o pavo; o ilustraciones para libros, revistas y recetarios de cocina con sus respectivos remedios caseros…

En esta tesitura, fue un grabador, un artesano de las artes gráfi­cas, al servicio del mejor postor: sus clientes y sus socios o patro­nes a quienes diseñaba las viñetas y las ilustraciones de los periódi­cos como El Centavo, La Gaceta Callejera, El Ahuizote y El Fandan­go; razón por la que algunos historiadores io consideran un revolu­cionario, siendo más bien un agudo observador, no un militante, de una realidad opresora que lo hizo tomar conciencia ideológica re­produciendo esa realidad fluctuante de manera casi caricaturesca. Su obra cumbre, La Catrina, es como un «cartón» mercadotécnico, un icono consumible: La Big Coke —una visión popular de La Catrina (Coke)— que nos gobierna subliminalmente.

Y es esa Catrina, precisamente, la que toma Diego Rivera de la mano, cual divisa guardiana de su sincretismo histórico, plasmada en el mural preciosista de «Un domingo en la Alameda», que se encontraba en el elegante vestíbulo del derruido Hotel del Prado, y el que hoy puede admirarse en el Museo del Virreinato, muy cerca de la Alameda de la ciudad de México. Es también Diego Rivera quien hace el inventario de los 15 mil trabajos del prolijo Posada y el en­cargado de difundir esa maravillosa obra suprarrealista, situando a su imagen maestra, La Catrina, en el centro del aparador de la plás­tica internacional (a su lado).

Posada es la muerte que se volvió calavera, que pelea, se embo­rracha, canta y baila. Todas sus calaveras desde los gatos y garbanceras, incluyendo a Don Porfirio a Zapata y a Madero, pasan­do por rancheros, artesanos, catrines… y hasta los gachupines son cautivos de la inexorable muerte. Al arte singular de Posada, no lo subyugó el influjo de la fotografía, pues supo expresar los valores plásticos con la calidad y la profundidad del esmeril por encima de la realidad aparente de las artes gráficas. Posada, a los 20 años, ma­nejaba magistralmente el arte del grabado y se hizo famoso a través de sus ilustraciones en EL JICOTE. La edición completa era vendida en unas horas, debido a la popularidad de sus dibujos y caricaturas: verdaderos retratos hablados de los hombres públicos de Aguasca-lientes. El ánimo del artista se reflejaba al grabar, con realismo sor­prendente, escenas terribles de nota roja y truculencias humanas: crímenes de hacendados, de malandrines de toda ralea; campesi­nos descuartizados por los rurales; los despojados de Valle Nacio­nal a las Islas Marías o a San Juan de Ulúa; incluyendo a los 41 maricones, —compinches del yerno ídem del dictador—; ridiculiza­dos y expuestos al escarnio público.

Es así como la grandeza de un artesano genial, transcurre de principio a fin en la más modesta, contenida y, a veces, miserable vida: línea paralela de creatividad fecunda y suprarrealista (desbor­dante) al servicio de su pueblo, y de toda una nación, para el que rescató el rostro incontrovertible y universal de lo mexicano.

 

CORTEX

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