segunda parte

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Después de ese segundo de éxito imaginario volví a la realidad y me di cuenta que tenía muchas ganas de ir al baño. Aproveché la situación para conocer mi habitación y pasear por la mansión. En la planta baja había diferentes salas de estar, bibliotecas y puertas cerradas con un empleado en la puerta para que ningún curioso se meta donde no debía. El piso era de un cuadriculado blanco y negro que me hacía sentir en un juego de damas humano. Las paredes, de una madera oscura y bien cuidada, sostenían todo tipo de cuadros, cabezas de animales y estatuas de mármol. En el centro de lo que era la escalera caracol, ancha y con una alfombra roja, había un busto de mármol blanco de lo que parecía ser la cara del padre de Mariano, al que todavía no me había cruzado y que tampoco me importaba. La llave de la habitación decía 34. Mire para arriba y vi que además de la planta baja había unos tres pisos más. Y por lo que recorrí anteriormente imagino un subsuelo inmenso que me gustaría visitar. En el primer piso había dos pasillos largos dividido por una pared con flores, cuadros de flores y fotos de familia en blanco y negro. Hombres con bigotes largos y ropa militar posaban junto a niños con pantalones cortos. Pareciera que en esa época te fusilaran si alguno sonreía en las fotos. Niñas con vestidos largos muy incómodos y mujeres más bien gordas con ropas oscuras. En estas cuatro fotos había dos familias diferentes y en las dos aparecía una particularidad. Dos niñas con las piernas encadenadas y una sonrisa inmensa. De ironía o para diferenciar la clase. Por algún motivo la numeración de las habitaciones comenzaba en el 15 e iba hasta el 24 en el primer piso. Subí un piso más y sin ver gente cerca mío empecé a picar mi cogollo mientras miraba los ventanales que daban al patio y la araña, de un tamaño exagerado, que de noche iluminaba la escalera. La distribución era la misma, dos pasillos dividido por una pared con fotos pero esta vez más cercanas en el tiempo donde se veía a mariano y a sus padres. En otras había personas que no reconocía. Entre por uno de los pasillos buscando la habitación y ahí estaba. Habitación 34. Metí la llave y di dos vueltas. El techo, al mejor estilo vaticano tenía un cuadro símil renacentista pero los partícipes eran gauchos, esclavos y gentes con traje. Las dos camas eran matrimoniales, con una mesa de luz a cada lado. El baño tenía una bañera antigua en el centro, inodoro y, por suerte, bidet. Encendí mi porro en el baño y respirar se volvía cada vez más denso, como si sintiera por mi cuerpo el movimiento del aire, el exhalar e inhalar era placentero. Seguí fumando tirado  en la alfombra disfrutando los detalles del techo. Las flores y el lago se movían, los colores amarillo y verde se acercaban y me tapaba por el miedo de que me caigan encima y ensucien mi traje. Sonó el teléfono y los colores se pegaron  lentamente a la pared. Atendí y la voz era la del señor alto que nos recibió al llegar. Me pregunto si estaba bien y si necesitaba algo, una compañía o algo para beber. Hice un segundo de silencio  por no entender que me ofrecía y me aviso que en dos horas comenzaría la fiesta y que ya mismo enviaba alguien con bebida y hielo. A los minutos tocaron la puerta y la imagen fue impactante. Un joven alto y rubio entro a la habitación con las cervezas y el hielo. En la cara una cicatriz desde la oreja al mentón. Apoyo el hielo y la cervezas en la mesa y empezó a sacarse la ropa. Todo lo hacía muy lentamente, como si no estuviera. El saco lo colgó del perchero y la se abrió la camisa, en el pecho otra cicatriz gruesa entre los pezones hacia una línea vertical. Se bajó el pantalón, se soltó la prótesis de la pierna y se quedó sentado en la cama esperando que yo me acerque. La última vez que había estado con un hombre fue con Mariano. Nunca se me presentó el deseo hasta ese momento. Lo bese fuerte sin saber ni su nombre ni qué edad tenía. Me saque la ropa despacio para que no se arrugue la camisa y el pantalón. No emitía sonido, me ponía incómodo y nervioso. Quería que me hable, que me diga que le gusto pero sabía que estaba obligado y que las marcas y la ausencia de la pierna le habían enseñado a no negarse. Pregunte su nombre y me dijo que no importaba. Lo abrace contra mi cuerpo y le bese las cicatrices, y me agache para chupársela pero no tenía nada. Mareado me aleje y le pedí perdón y que se vaya. Decidí tomarme el otro pedazo de lsd que me quedaba y pegarme un baño de inmersión hasta que me venga a buscar Marcos.

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