Todos lo dicen, pero yo no me fío

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Me quedé a comer en la Facultad e intenté estudiar, pero la poesía medieval anglo-sajona resultó ser un excelente somnífero natural. Demasiados siglos y barreras culturales se interponían en nuestro amor.

Tras un café, volví paseando por la Alameda. Era una tarde de invierno, de esas en que el viento y las olas, rompiendo contra la muralla, nos recuerdan cuan diminutos somos.

Me adentré por el casco antiguo, pasé por la puerta del gimnasio, y esta vez sí me atreví a entrar. Seguro que acababan de abrir, pues Daniel, el preparador, estaba solo. Me escrutó con sus ojos azul brillante, dos ranuras en una cara tallada en miles de golpes, dentro y fuera del ring. Sus brazos eran como robles nudosos, y parecía muy en forma, salvo la prominente barriga que le delataba como entrenador. Yo iba con vaqueros y botas de rocker, pero aun así me puso frente al espejo un rato a ensayar unos movimientos.

–Creo que se te dará bien –sentenció–. Tienes cuerpo de boxeador.

Sea por esta u otra motivación, sus palabras fueron proféticas. A las pocas semanas, no solo era uno más del grupo, sino que comenzaba a destacar en los entrenamientos. Acudía a diario, de seis a ocho y media de la tarde, a realizar las exigentes rutinas que d nos imponía. En la primera media hora, íbamos a correr a la punta de San Felipe, un espigón que se adentra en el mar. A veces, él nos acompañaba en bicicleta, para arengarnos o enseñarnos canciones militares de marcha y carrera, como “Todos lo dicen, pero yo no me fío, las esquimales tienen el coño frío”. Luego volvíamos al gimnasio y continuábamos con el trabajo físico de flexiones, abdominales, saltos, etcétera. Cuando al fin caíamos derrengados, resulta que comenzaba el verdadero entrenamiento: Asaltos de tres minutos, con un minuto de pausa, rotando entre saco, cuerda, sombra y guantes.

El único momento de relativo descanso, era lo que Daniel llamaba “Clase teórica”.

–A ver campeones, sentarse en el suelo, vamos a hacer un círculo de doscientos grados. –Siempre decía un número al azar para que formásemos un semicírculo en torno a él–. Hoy vamos a imaginar que nos están castigando un poco. En ese caso, un buen truco es hacer que estamos tocados y retroceder hacia las cuerdas, ¿entendéis? A ver, que salga un voluntario –Mirábamos al suelo– Venga, que no os voy a golpear, vamos, Óscar –Todos sonreían, sabiendo lo que le esperaba al elegido– Bueno, el caso es que te vas hacia atrás, así, y luego rebotas en las cuerdas y le metes la derecha, ras, ¡así! –decía, mientras me atizaba–

A pesar de que me pegaba con la mano abierta sobre el guante, este me alcanzaba en la cara, que dejaba colorada por el coscorrón y la vergüenza.

–No dirás que te he golpeado, ¿no?, eso no es nada.

–No, no mucho –respondía, ante la risa generalizada, incluyendo la propia.

El ambiente era muy bueno. Debemos mencionar a Fran, el marino, que a pesar de su juventud ya había recorrido los siete mares del mundo y estaba de vuelta, como si tuviese cincuenta años; hablaba mucho de filosofía oriental y cosas así. También a los gitanos gemelos. En aquella época, en Cádiz, las pandillas de chavales humildes eran, a menudo mixtas entre gitanos y no gitanos. No sé si decir que ellos estaban integrados, o que lo estábamos nosotros.

Todos los viernes íbamos al callejón. Había una tienda de alimentación y comprábamos unos litros de cerveza y unos bocadillos de “manteca colorá” que costaban veinticinco pesetas. Hacíamos bromas, cantábamos canciones de los Chunguitos y de los Chichos, y alguno se fumaba un porro a escondidas.

Recuerdo que conocí a un señor mayor que entrenaba a ratos con nosotros, me confesó que se había apuntado años atrás al gimnasio para vencer el alcoholismo. Nadie lo hubiese dicho, viéndolo tan en forma. Un día, en el vestuario, nos dijo:

–La mayoría de las personas tenemos una obsesión. Y esa obsesión nos va ocupando cada vez más espacio, luchando por conquistarnos por completo. En el rato en que estamos aquí, conseguimos desconectar, y eso es sano.

Todos bajamos la mirada, asintiendo. La mayoría veníamos de lo que hoy llamaríamos amablemente familias desestructuradas. Ahora pienso que quizá no fuese casualidad que nos encontrásemos allí. Yo tenía veinte años y sentía la vida como una espada de fuego clavada por dentro, pero no conseguía darle forma, ni manejarla. Como dijo aquel hombre, una sonrisa por fuera y el río de lava por dentro.

En aquella época solía ir a un bar de rockers del casco antiguo, y allí conocí a Sonia. Conectamos enseguida, y nos divertimos mucho. Además, ella estaba en el mismo gimnasio, pronto sería cinturón negro de kárate. Era bastante alta y atlética, un poco andrógina, casi no tenía pechos y el pelo rebelde como si tuviese una fregona en la cabeza. Descubrimos que nuestras mentes y nuestras pieles parecían conectarse con una química especial y comenzamos la investigación del amor.

Y así llegaron los primeros combates, en Algeciras. Debutarían Jorge, uno de los gitanos, peso superwélter, y Fran, peso pesado. Daniel consiguió que la federación me contratase de chófer, gracias al viejo Seat 124 que perteneció a mi padre. Fuimos ultimando las estrategias mientras conducía por la bella y serpentante carretera que bordea la costa. Playas, huertos, y finalmente los silenciosos y acechantes molinos eólicos de Tarifa, justo antes del destino.

–Cuando llegue el momento crucial, también lo harán los nervios; hay que tener la cabeza fría y hacer exactamente lo que hemos entrenado en el gimnasio. Esto es un trabajo de demolición, y lo más importante es no ser golpeado. Solo así podremos golpear nosotros –explicaba Daniel–. Recordad que, ante todo, aquí hemos venido a coger las perras, jeje.

Algeciras era una buena ciudad para el boxeo, caótica y peligrosa. Un pabellón frío y ruinoso nos esperaba a las afueras. El público venía ya medio borracho, principalmente hombres de aspecto agresivo o marginal, que sin embargo, nos miraban con admiración. Comenzaron con los pesos pequeños, unos tipos muy rápidos y eléctricos. Nuestro club no llevaba ninguno. Después llegó el turno de Jorge, pero su rival no se presentó. El promotor bajó a hablar con Daniel, hubo unas negociaciones y me pidieron que ocupase su lugar, aunque nadie debía saber que en realidad veníamos del mismo club, ya que eso constituía un amaño.

–Moveos mucho y no os lastiméis –Nos convino el entrenador.

La lona se hundía más de lo que hubiese imaginado, y el casco y protector bucal son muy incómodos si no estás acostumbrado. Desde el ring se oía como un mar lejano de gritos y blasfemias, y Jorge y yo decidimos echarle un poco de teatro, golpeando muy fuerte, pero siempre cubiertos, parecía un combate de exhibición y por desgracia el público empezó a notarlo.

-¡Tongo! ¡Tongo! ¡Ducharse juntos, maricones!

En el último asalto tuvimos que apretar el acelerador. Alcancé a Jorge varias veces con la izquierda y la sangre comenzó a caer por su cara, pero él me cazó en el hígado, donde nadie las toma, y caí de rodillas.

– ¡Mátalo, gitano! –gritaban–, pero me salvó la campana. Los jueces decretaron un empate, combate nulo en la jerga, y el público quedó aceptablemente satisfecho.

Efectivamente, nos duchamos juntos, también estaban su hermano gemelo y el entrenador.

–Muy bien chicos, eso era. No os habéis lastimado, ¿verdad?

–Hombre, el cabrón este me ha hecho aquí una herida –dijo Jorge.

–Y tú seguramente me has reventado por dentro, todavía echaré las potas y todo.

–Jaja –terció Daniel-, qué inocentes sois. Lastimarse es otra cosa, un par de cervezas y como nuevos.

Nos dimos un gran abrazo para hacer las paces, y fuimos a animar a nuestro peso pesado: Fran Argüello, el marino. Era un compendio de músculos, pero solo pesaba noventa y dos kilos, comparado con los ciento veinte de su oponente, un mamut peludo, al parecer traído de Sevilla, lo que puso al público de nuestro lado.

-No importa –dijo Fran con frialdad- Cuanto más grande sea, peor será la caída.

Pronto se vio que iba a cumplir su palabra. Se movió alrededor del gigante con una calma asombrosa, y le fue golpeando como haría con el saco, dando saltos atrás y adelante, jugando con él.

–¡Acaba Cádiz, acaba ya! –Animaba el público-

Pero no era tan fácil, y el coloso quedó tambaleando, pero vivo. Fran ganó a los puntos. Lo recibimos en el vestuario como campeón del mundo, aunque él seguía calmado.

–Es curioso –observó–, podría haberle matado sin sentir nada.

En ese momento entró el promotor. Parte de él –camisa abierta, ostentosos collares de oro– le delataban como el prototipo de gánster local, y aunque tenía un habla deliberadamente afeminada, su mirada inteligente y escrutadora te congelaba al cruzarse con la tuya.

–Bien, muchachos, la caja no ha ido fantástica, pero bueno, habéis cumplido, y tú, gigante, podrás decir que empezaste aquí con Carvalho –Le guiñó un ojo a Fran–. Sacó un fajo de billetes y se lo entregó a Daniel

–Invítales a unas cervezas, no seas rata, pero tú no bebas mucho, que estás muy gorda.

Todos nos reímos, mientras Daniel refunfuñaba. Cuando se marchó nos dijo:

–Tomad chicos, cinco mil pesetas para vosotros y diez mil para Fran. –Enarcamos las cejas con sorpresa–. No está mal, ¿verdad? Esto no lo ganáis en la obra ni de coña. Bueno, antes de irnos, tomemos algo aquí, para quedar bien con Carvalho. Ahí donde lo veis, él también fue un gran boxeador.

–No lo dudo, sería un buen peso pluma jaja –Observó Jorge.

El siguiente fin de semana, volví a la punta de San Felipe, esta vez por la noche, con Sonia. Pedimos dos copas de coñac y dos cervezas, en el bar del final, donde se ponen los pescadores, y nos sentamos en unas escaleras. Nos acompañaban las luces del muelle, las grúas, algún carguero maniobrando para el atraque, el chapoteo del mar que llegaba unos metros más abajo, y ese intenso olor a algas saladas que jamás te abandona en Cádiz.

–Hoy le he dicho a Daniel que no voy al campeonato de Andalucía. He descubierto que no quiero pegarme con nadie. O quizá tengo miedo.

–Bravo, menos mal. Una cosa es ponerte en forma, como hacemos en kárate, y otra jugarte el tipo de esa manera. ¿Y qué tal se lo ha tomado?

–No le ha hecho gracia, pero está acostumbrado, ya nadie quiere ser boxeador, excepto Fran, quizá. En fin. –Me encogí de hombros– Brindemos por mi carrera, ha sido larga y gloriosa, pero llegó el momento de colgar los guantes.

–No importa cariño, yo te ayudaré a integrarte de nuevo en la vida anónima, lejos de los “flashes” y de tus fans.

Reímos y se hizo un silencio.

–La verdad es que no sé qué hacer con mi vida. ¿Sabes? Esta noche me siento realmente una mota de polvo en la inmensidad. Al menos, estoy seguro de que este granito de arena está ahora exactamente en su lugar del universo, sentado aquí en el muelle, a tu lado.

–No te preocupes, mi poeta –dijo, abrazándome– Ya pensarás algo.

Un barco cruzó silencioso en la oscuridad levantando olas negras y nos recorrió un escalofrío.

 

Comentarios

  1. gonzalez

    23 noviembre, 2020

    No me acuerdo si ya te lo dije alguna vez, pero me gusta tu estilo. Mi voto y un fuerte abrazo César.

  2. JRPineda

    23 noviembre, 2020

    Me gustó tu historia me recordó mi aventura en el judo muy joven cuando el entrenador » me proyectó» por primera vez y me pareció que me habían lanzado de un 2do y el olor del colchón a sudor y rayo encendido. Gracias amigo buen relato buen día.

  3. The geezer

    23 noviembre, 2020

    Muchas gracias Gonzalez,ah y lo mismo digo!! Nos seguimos leyendo por acá, un abrazo grande!
    César

  4. The geezer

    23 noviembre, 2020

    @jrpineda, Muchas gracias por tu anécdota jaja realmente así son estos deportes, menos mal que cuando eres joven los golpes duelen un poco menos!!
    Gracias por la visita y buen día!
    César

  5. Luis

    23 noviembre, 2020

    Me gustó tu relato, estimada César. Un abrazo y mi voto!!

  6. Mabel

    23 noviembre, 2020

    Muy buen Cuento. Un abrazo César y mi voto desde Andalucía

  7. The geezer

    23 noviembre, 2020

    ¡Jaja, es lo mismo! Muchas gracias por tu visita y comentario!!Un abrazo
    César

  8. The geezer

    23 noviembre, 2020

    Muchas gracias Mabel, un abrazo para ti también!
    César

  9. Esruza

    23 noviembre, 2020

    Buen relato, César.

    Mi voto y un abrazo.

    Estela

  10. Naufragoenlaluna

    24 noviembre, 2020

    Qué tal César? Así que…también exboxeador 😉 jiji El boxeo siempre me ha llamado la atención, creo que es de esos deportes que más allá de ponerte como un roble de fuerte, te otorga autoestima y seguridad. El problema es que, muchos mamones utilizan esa seguridad para ir por ahí soltando hostias como panes. En mi instituto habia un tipo que era una máquina de dar hostias, y eso que no practicaba boxeo, cuando empezó a hacerlo, se convirtió en intocable, el colega daba miedo, o por lo menos, hasta que un canijo con más mala leche que él, le abrió la cabeza con en pitón de una moto. Supongo que en gym no le enseñaron a cubrirse de pitones. Desde ese día, ya estuvo un poco más tranquilo, pero solo un poco.
    Me gustan tus historias, no sé, son como de buen rollo jijii
    Un abrazo y cuidate de los pitones.

  11. ginimar de letras

    24 noviembre, 2020

    Poco a poco vamos construyendo nuestro destino, aunque solo sea en base a decisiones del tipo “esto no es lo que quiero hacer”. Buen relato que mantiene el interés hasta el final. Me gusta tu estilo “amable” incluso cuando hablas de boxeo, César. Un abrazo 🙂

  12. Eli...

    24 noviembre, 2020

    @cesarholgado
    Me encantan los relatos que cuentan lo real, lo nuestro, lo vivido.
    Así que ex-boxeador -dijo Náufrago- me has sorprendido, nunca lo hubiera pensado.
    Los hombres de por aquí tienen una sensibilidad tan diferente a cualquier otro que no escribe. Al menos, los que sigo y me siguen.
    Dicen: «Lo cortés no quita lo valiente», entonces, ¿por qué no ser ex-boxeador? Más aún a los veintitantos que es el tiempo en que el mundo es nuestro.
    Muy llevadero, suelto y ligero tu texto, me encantó.
    Un fuerte abrazo Cesar.

  13. The geezer

    25 noviembre, 2020

    Jajaja buena enseñanza Naúfrago! Con esto de las artes marciales, algunos «canis» te pueden hasta matar, bueno es tener en cuenta lo de los pitones jajaj…Por suerte nosotros en el gimnasio nos dedicábamos sobre todo a sudar mucho y a echarnos unas risas con el entrenador, allí hubo poca violencia, por suerte, aunque los personajes desde luego si daban para más de un relato jaja
    Un abrazo grande, nos leemos por aquí!
    César

  14. The geezer

    25 noviembre, 2020

    Te agradezco mucho tu lectura Ginimar, sobre todo porque lo que tú consigues transmitir en cuatro líneas, yo necesito al menos seis páginas 😉 La verdad es que solo quise hacer un relato «costumbrista» y más bien amable, como tú dices, con estas historias que ahora recuerdo con una sonrisa.
    Un abrazo y gracias de nuevo!
    César

  15. The geezer

    25 noviembre, 2020

    Hola Eli, me alegra mucho tu lectura y comentario. Como tú dices, con ventitantos años uno a veces se mete en todos los líos. Ahora con cincuenta (glub) esas cosas al menos nos sirven para reirnos contándolas con los amigos, ah, y para un relato, por supuesto!!
    Un abrazote
    César

  16. El susurro de las estrellas

    6 diciembre, 2020

    Buenos días, muy lindo el estilo de escritura, me gustó mucho la forma de las descripciones. En verdad esta muy chévere la historia, con un gran final y un tema muy interesante. Esta historia realmente se merece estar en la portada, mi voto desde Ecuador. ¡ Felicitaciones !

  17. The geezer

    7 diciembre, 2020

    Muchas gracias Julia, un honor que te gustase!!
    Saludos desde España
    César

  18. viky

    14 diciembre, 2020

    Felicitaciones. Mi voto desde Chile.

  19. The geezer

    15 diciembre, 2020

    Muchas gracias Vicky. Un abrazo grande desde España!
    César

  20. Salma

    16 diciembre, 2020

    –La mayoría de las personas tenemos una obsesión, la mía es leerte-
    Me encantan tu estilo y tus historias.
    Abrazo enorme.

  21. The geezer

    20 diciembre, 2020

    Querida Salma: Si una artista y persona tan interesante como tú me dice eso…Se queda uno sin palabras. No necesito ya ningún otro premio. Solo puedo darte gracias eternas…y mandarte muchos abrazos. Me has animado a seguir escribiendo (soy muy poco creativo), leerte a ti me cuesta menos jaja. Un beso y hasta pronto!
    César

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