Dejar ir

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Mi nueva casa era vieja.
Un poco vieja para ser nueva pero muy nueva para ser considerada habitable.
Tenía simetría dibujada en telarañas.
Cada esquina decorada con las formas que solo los años logran crear.
Cada pared con marcas de otras vidas
y pinturas acumuladas, unas sobre otras como un intento de volver a empezar.
Mi nueva vida no era nada nueva,
solo cambiaba el envase de mis posesiones y movía de lugar los muebles regalados, los libros gastados (en su mayoría sin leer) los discos llenos de polvo, los platos que nunca estrené.
Lo único nuevo que tenía era una planta,
una maceta con una flor celebrando este nuevo comenzar… Una única flor.
Decidí comprarla para decorar el lugar.
Era un poco de feng shui, filosofía barata de categoría ancestral que tomé prestada de un vídeo de madrugada.
La llamé Matilda para validar su compañía,
leí que nombrar las cosas era una muestra de humanidad y empatía, pensé que era óptimo probar, volverme más humano.
Matilda no era un perro ni un gato.
Se quedaba quieta todo el día, no hacía ruidos raros y era fácil vivir con ella:
regarla de vez en cuando
sacarla a tomar el sol
música de Mozart y por lo demás se mantenía sola, se alimentaba sola y se cuidaba, según yo, también sola.
No sé bien si fue exceso de agua o quizás mucho rato al sol, quizás debí ofrecerle un plato de comida los fines de semana, o bien ese maldito Mozart la llevó a sus límites, ella nunca me quiso decir y juro que le pregunté varias veces.
Matilda murió un martes en la mañana.
No soy un experto en plantas, pero de verdad llegué a querer a esa flor.
Tengo una cerveza en mi mano y estoy brindando con una maceta vacía.
Mi nueva casa ya no es tan nueva como antes pero tampoco es tan vieja como solía sentirse al principio. Me dediqué tanto a cuidar a mi planta que le di más agua de la que debía, la dejé más tiempo al sol del que soportaba y hasta memoricé todas las sinfonías de Wolfgang con su KV y todo.
Matilda murió porque la cuidé más de lo que debía. Su muerte me enseñó que a veces intercedo demasiado en las cosas que me importan, algunas veces es mejor dar un paso atrás y dejar que todo fluya. Lo que deba ser seguirá su curso y llegará a ser por sí sola sin intervención directa, lo que pueda ser bajo mis acciones lo será eventualmente, no por mi influencia.
Dejar ir… Liberarse y liberarnos

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