EL EXTRAÑO

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Adela no se imaginaba, cuando se levantó a preparar el desayuno de los niños, que ese día iba a ser diferente.

Llevó a los niños al colegio, como todos los días, regresó a casa para hacer las tareas del hogar y desayunó un café con leche con una magdalena, como cada mañana desde hacía quince años.

Telefoneó a la persona que mejor la comprendía en el mundo. Su madre. No disponía de demasiado tiempo, pues los niños no tardarían en salir muertos de hambre del colegio. Adela podía imaginarse, casi como si la estuviera viendo, la expresión de disgusto de su  madre mientras la escuchaba contar  que su marido estaba tan distante de ella como de una extraña, que los niños se estaban convirtiendo en jovencitos rebeldes y desobedientes y que desearía poder escapar de allí al menos durante un día.

Siempre era lo mismo. Las conversaciones con su madre  permitían a Adela sacar a la luz su frustración y su infelicidad, reconociendo abiertamente que su vida se había convertido en un pozo de miseria e insatisfacción.

Poco después de colgar el teléfono, decidió ir a la Biblioteca Municipal. Tal vez algo de lectura interesante matara un poco el aburrimiento y el hastío que sentía en lo más profundo de su ser.

Recorría las estanterías, embelesada en los títulos que pasaban ante sus ojos, sin percatarse de que un hombre joven, de unos treinta años, la observaba fijamente. El rostro de Adela se iluminó por un instante cuando encontró un título a su juicio interesante. Decidido, pensó Adela, éste. Y al darse la vuelta para dirigirse a la bibliotecaria, su mirada se cruzó con la del joven. Adela se sonrojó, nerviosa. Lo primero que pensó fue que tal vez llevaba algo fuera de lugar en su indumentaria, o en su aspecto. Disimuladamente comprobó que todo estaba en su sitio. ¿Entonces por qué la miraba así? Se fijó, no obstante, en que era bastante guapo, alto y moreno, con unos ojos negros y profundos.

No seas ridícula, se reprendió, eres una mujer adulta, no una quinceañera. Sin embargo, no podía evitar sentir un cierto cosquilleo de satisfacción en sus entrañas.

No sabía el tiempo que había pasado, pero, como despertando de una ensoñación, reaccionó y empezó a caminar.

¿Qué ocurre?, se preguntó, desconcertada. De pronto, sus piernas parecían flaquear y en su vientre revoloteaban pequeñas mariposas de deseo. Horrorizada, se dio cuenta de que el extraño se acercaba cada vez más, sin apartar su mirada oscura de la de ella.

Adela deseaba marcharse de allí inmediatamente, pero su cuerpo no respondía a las órdenes de su cerebro. Estaba como hipnotizada.

El extraño devolvió a la estantería el libro que Adela acababa de coger, la agarró de una temblorosa mano y tiró suavemente de ella, invitándola a seguirle. No se resistió. La guió a través de varias salas, llenas de personas que estudiaban o leían en silencio, hasta que llegaron a un pequeño cuarto que parecía un almacén. Apenas entraba luz por el pequeño ventanuco de la única pared que no estaba repleta de cajas y de libros.

Sin decir una palabra, el extraño la arrinconó entre una pila de cajas que llegaba prácticamente hasta el techo y la besó con fuerza. Adela rodeó el cuello del joven, sintiendo cómo un deseo que hacía años que no sentía se apoderaba de ella. Mientras correspondía a su apasionado beso, el único atisbo cuerdo que quedaba en esos momentos en la mente de Adela se preguntaba qué demonios estaba haciendo allí, qué locura absurda era aquella. Iba a protestar cuando sintió la mano del extraño acariciándola los muslos. Un hondo suspiro se escapó de su garganta, seca a causa de la emoción. Ya no quería marcharse. Quería dar rienda suelta a esa pasión, a esas sensaciones que creía perdidas, a esa vida y a ese fuego que probablemente no volvería a sentir.

Y se dejó ir.

Se dejó besar y besó. Se dejó acariciar y acarició. Sintió placer y lo hizo sentir. Se dejó inundar.

Cuando todo hubo acabado, el extraño joven la besó suavemente en los labios, recompuso su vestimenta y, tan silencioso como había llegado, se marchó, dejando a Adela sola en aquel pequeño cuarto.

Adela cerró los ojos y lloró. Lloró por las cosas que había perdido y no volverían. Lloró por no sentirse capaz de escapar a un futuro gris. Lloró hasta que la opresión que atenazaba su pecho disminuyó.

Cuando, todavía desaliñada, salió del cuartucho, tenía los ojos enrojecidos. Apenas prestó atención a varias personas que la observaron con curiosidad.

Salió a la calle y respiró hondo. Aquello había sido una locura. No ha pasado, se dijo a sí misma, tienes que olvidarlo. Pero sabía que no lo olvidaría.

Miró el reloj. Se sobresaltó al ver lo tarde que era. Pronto tendría en casa a sus hijos y al hombre con quien se había casado y con quien compartía mediocridad.

Y, por supuesto, esperaban que la comida estuviera lista.

Comentarios

  1. aylacosmos

    12 diciembre, 2020

    Wowww intensooo. Te entiendo, es duro tener hijos pequeños 😉 pero pasa y una despierta algún día y se acuerda de quien es. Mientras tanto bienvenidas sean las ensoñaciones!!! 😉

  2. aylacosmos

    12 diciembre, 2020

    Wowww intensooo. Te entiendo, es duro tener hijos pequeños 😉 pero pasa y una despierta algún día y se acuerda de quien es. Mientras tanto bienvenidas sean las ensoñaciones!!! y los juegos ,)para tr

  3. Jesidel

    16 diciembre, 2020

    Sí, escapar… Sobre todo de una vida al lado de quien no llena. Pero, excepto valientes, se suele permanecer ahí. No me gustaría ser Adela, al menos en parte.
    Muchas gracias por tu comentario y un abrazo.

  4. Fa

    28 diciembre, 2020

    Está muy bien escrito, quería saber lo que sucedía al final, me intrigaba quien era ese chico y eso no es facil. Me ha gustado

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