GRITOS

Escrito por
| 36 | 6 Comentarios
Fernando Torres se recibió de psicólogo. Él, era muy religioso, esta devoción la heredó de su abuela. Ella siempre le decía que todos sus actos debía encomendarlos a Dios y a su madre, la Vírgen Santísima.
Como agradecimiento por el logro obtenido fue hasta Caacupé. Allí escuchó la misa, prendió una vela por su querida abuelita y rezó pidiendo que todo le vaya bien. Del templo fue hasta el Tupasy Ycuá (manantial de la Vírgen).  Allí bebió el agua bendita  y se refrescó un poco. Luego fue a un pequeño copetín, pidió unas empanadas. La dueña del establecimiento, era una señora muy anciana, cuando se acercó a él para servirle el pedido. Se comportó rara, fue como si hubiese escuchado algo. En efecto dijo en guaraní:
_Oky yeytama, o sapukai hina Adela.
(Va a volver a llover, está gritando Adela)
Fernando entendía perfectamente el guaraní, pero le preguntó:
_¿Qué significa eso señora?
_ Que va a llover porque está gritando Adela allá en el cerro.
Fernando giró el cuerpo para mirar hacia donde le había indicado la anciana. A 500 metros de allí se veía el cerro.
_¿Y quién es Adela señora?
_   Adela era una mujer joven que se enamoró perdidamente de un muchacho que la dejó por otra, ella no aguantó el abandono, se fue hasta el cerro y se colgó de un árbol. Desde aquella vez, hace como veinte años, algunos pobladores la escuchamos gritar y siempre que eso ocurre, se viene una tormenta. Muchos dicen que son delirios de gente supersticiosa, pero yo siempre la escucho.
_ ¿Y ahora la escuchó?
_ Sí, claramente.
_ ¡Que misterio!
_Si, es todo un misterio, no sabemos lo que significa, pero es así.
_ Qué disfrute sus empanadas – dijo amablemente la anciana y se dirigió hacia el fondo a continuar con sus quehaceres.
Fernándo no pudo disfrutar sus empanadas, se quedó pensando en lo que le había contado la anciana. Miró hacia el cielo y en realidad se estaba formando una tormenta. Agudizó su oído pero no escuchó nada. Cuando salió del bar. Decidió investigar el hecho por sí mismo. Se fue al cerro.
Le costó llegar, más aún escalarlo. Estaba cubierto de abundante vegetación. Cuando llegó a la mitad de la cima, escuchó el grito de Adela. Un tremendo susto estremeció su cuerpo. Sintió escalofríos. Pensó abandonar su loca travesía, pero su formación científica le hizo seguir. Pretendía develar el misterio, pensaba que podía ser obra de jóvenes bromistas.
Escuchó por segunda vez el alarido. Pese a que le faltaba poco para llegar a la cima, el grito le pareció lejano. A medida que llegaba a la cúspide, el ascenso se hacía más difícil. La espesura boscosa era aún más abundante. Solo allí se le ocurrió pensar que para hacer una broma, escalar el cerro y ponerse a gritar implicaba mucho esfuerzo y la diversión era nula. ¿Quén lo haría?
Cuando llegó a la cima, escuchó otra vez el grito, ahora desde muy cerca. Corrió como pudo porque se estremeció de espanto. Aquello no tenía explicación desde el punto de vista de la ciencia, se reprochó a sí mismo haberse metido en tal situación. Rezaba mientras corría.
Pasó muy poco tiempo para que se diera cuenta que lo hacía en círculos, que siempre volvía al mismo sitio. No encontraba la manera de bajarse del cerro. El cansancio lo detuvo, su respiración era agitada, su desesperación dantesca. Se sentó bajo la sombra de un árbol y fue ahí donde la vio. Colgada con el cuerpo en descomposición estaba Adela balanceándose con la débil briza de la tarde. Él sabía que aquella visión era sólo producto de su imaginación, de su miedo, no podía ser real. Cuando de pronto el cuerpo giró hacia él y volvió a lanzar aquel grito aterrador y lastimero. Fernando corrió de nuevo, el cielo se oscureció, la tormenta se desató.
Los pobladores de la zona fueron testigos de un fenómeno climático inusual, relámpagos y rayos pululaban en la cima del cerro de manera inexplicable. Fernando no pudo escapar de aquel lugar de espanto y maldición, se perdió en la vorágine del cerro. Siempre que le parecía encontrar la salida terminaba junto al árbol, donde estaba Adela gritando su dolor.
Pasaron los días, por todos los medios se reportó la desaparición de Fernando. La única que creía saber su paradero era la anciana dueña del copetín donde se lo vio por última vez. Eso porque a partir de entonces, ya no sólo escuchaba el grito de Adela, sino también el de Fernando. Pero ella, jamás se atrevería a contarle eso a nadie.

Comentarios

  1. Esruza

    15 diciembre, 2020

    Terrible cuento, asusta, pero muy bueno.

    Mi voto, Rey.

    Estela

  2. aylacosmos

    3 enero, 2021

    Wowwwww!!! Sería Fernando quien la dejó? O ésta odiaba así en general a los hombres y a quien podía atrapaba? O sería la energía del lugar…qué interesante, sobre todo que pongas algo en guaraní, de donde es?

  3. aylacosmos

    3 enero, 2021

    ay el amor…qué peilgro, el opio de las mujeres. Atención PELIGRO

  4. Gian

    4 enero, 2021

    Me gustó el cuento.

    Saludos y mi voto.

    Gian.

  5. JR

    12 enero, 2021

    Muy bueno. Saludos y te sigo.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas