Una obra de Teatro (fragmento)

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El teatro estaba rebosante de luces catódicas/vientos con menos impulsos en esquinas que en extensiones arbitrarias de muros imaginarios- ellos verán las luces extenderse como una líquida salsa napando los ciclos artúricos dramáticos-.

Todavía huelen las flores de primavera sobre el solaz invierno.

Ha descendido sobre el viento una burbuja de silencios congestionados: todos alzan los suyos, babeantes, rostros embobados de luz hacia el plañido del proscenio se alza el actor inveterado y su cornucopia gestual las voces solapadas marchan unísonas hacia el profundo misterio de la no-voz. Esta vez, ven.

He mirado el cielo todos los días a la misma hora durante el mismo tiempo y con los mismos ojos y puedo decir que he resuelto el problema: los ojos no ven, imaginan.

El instante sobreviene los mundos deforman su espacio, las palabras se recogen en espíritus flameantes/ateridos, todavía hay alguien que desfallece presa de la somnolencia: es un caído en combate y el funeral de Estado (cuántico) representa el culmen de toda acción dramática. Comienza con la Caída, se alza luego imbuido de trascendencia; el camino del héroe transita por la Oscuridad Luminosa de la Ignorancia. Han pasado los minutos y se suceden los esotéricos clamores artísticos de una mujer que grita desconsolada, aislada de las palabras, encerrada en telones bermejos y pulsos de luz. Nadie entiende su dolor y la odian. Grita una vez más, más fuerte que el peso de una montaña, y se desploma inane sobre el escenario: acude un hombre vestido de auroras, besa su frente y desaparece. Silencio. Respaldos móviles, caricias de aires en el rostro de las butacas- han encendido una antorcha de precaución, observan la escena y piensan en el Globo Iridiscente ardiendo en su noche flamígera.

Yo me redimo ante vosotros a través de la muerte, pues la muerte es el Padre y yo, Vida, soy su Hijo.

Algo de cruces griegas genuinas como una danza de humo. Como de cruces latinas rencorosas y consanguinidades parricidas.

Creo en Ti, toda mi Muerte, con el alma del que Cae en la insondable noche.

Se están acercando los suspiros de los cuervos, ojos divinos que acechan el tiempo; y los cuervos atenazan la sangre, criados en la Noche, como espíritus vigilantes. El teatro rebosa cuervos. Rebosa ojos y noches y sangres. El cristal de la mirada acaso se despedace con el ritmo del mundo y en el teatro se muestren, imponentes, los reflejos de las almas reproducidas hasta el paroxismo. El cerebro se reblandece al entender la multiplicidad de cerebros que en él habitan. Son actores mudos, quedos, pacientes, aguardando la página en blanco sobre la que escribir su historia. El alma, ama la muerte, la muerte ama el tiempo, el tiempo no puede amar: solo mantenerse firme e impasible: toda forma de divinidad permanece. La no existencia es imposible. Todo lo que Es, ha sido y será.

Apagan los focos etéreos y en la dulce música del ocaso languidecen mis sueños de Hijo que tiembla al pensar en Padre; vosotros que Veis, contemplada ahora la Ruina y la Desesperación porque toda esperanza es vana y toda suerte, un anatema. El Padre ha Muerto y el Hijo no podrá convertirse en Padre.

Todo termina, monótono, todo termina entre los espasmos de las luces/sombras. Mujer muerta en el escenario ¡levántate y anda! Caen plomizos los miedos, esperan ver con los ojos lo que el alma ha cegado. El alma no ve, tampoco los ojos. Todo se desvanece. Todo tiembla. El momento ha llegado: la Rueda es inamovible, el Espacio ha claudicado, todo se ha vuelto Tiempo:

La luz se apaga,

Incandescente será entonces mi sombra.

Comentarios

  1. Mabel

    15 diciembre, 2020

    Muy buen texto. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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