¡Ah, pa´ propaganda!

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«Ese México que ve al futuro y quiere «bregarlo», muestra una preocupante proclividad por el caudillo que lo rechaza «.

 

A 33 años tres de mi frustrante debut como demócrata militante, me encuentro, al igual que todos, ante la disyuntiva de escoger al menos malo de los postulantes. Seguro que una situación como ésta, sería menos trá­gica en países como Andorra, en donde príncipes y gobernantes suelen ser mediocres pero eso no impor­ta, sino las ganancias del turismo y el moni-wash. El ayuno de demo­cracia fue tan largo que nos gustaría tener un candi­dato tocado por la grandeza, la alquimia o la chispa solar. Ya no sabemos si el tal DelMazo es real o el primo que va a votar por él nos influenció. Hemos llegado a tal punto que no es extraño que las parejas y cónyuges se lancen acusaciones -difíciles de comprobar— que no se refieren a ellos sino a los candidatos y sus con­sortes de maridaje.

El desaguisado afecta a los pregoneros del tercer milenio y su pandemia, cuya función social es hacer propaganda. El arte de vender Insta-imágenes se ha vuelto más exótico de lo que era. Y lo que hacen los publicistas en nombre de sus INE-clientes para reposicionarlos es, por decir lo menos, de malabaristas. Mire que hacerle cambiar de «look» y de montura al benjamín (Colosio) de la contienda.

Y allí están los Delmazos y los Madrazos lanzados por la publicidad. Así se reinstalaron las huestes delmacistas y las madracistas de barriada tepitense y las atracomulas aplanadoras en Bajacaliente. Puesto que, lo más importante, no es si sé puede, sino las supuestas fechorías de los afamados candi­datos cuereros. Esto pone el ámbar en el centro del de­bate y muestra la preocupación del “pentacolor aliancista”.

«Ahí les dejo mi (su) reputación para que la destrocen», dice el locutor; mientras suplica como el «gansito»: ¡Recuérdenme!

Las habladurías representan una propaganda en zig-zag. Recién estuve en una reunión en donde las mujeres hablaron tan mal de una tal arquitecta, que todos los vecinos sentimos deseos de conocerla.

 

Ahora analicemos la historia nacional.

¡Nuestro máximo atractivo y orgullo turístico son las ruinas! El orgullo patrio son las piedras levantadas contra la adversidad y arruinadas por el destino. El terremoto de 1985 demostró lo frágil que puede ser nuestro suelo urbano. Sin embargo, para la mayoría de los capitali­nos, ésa no fue una razón para marcharse. Los hom­bres surgidos de las Siete Cuevas de Aztlán seguían voces míticas, no urbanísticas. Es evidente que el vo­tante no siempre toma en cuenta estas consideracio­nes constructivas, pero nuestros ladrillos tienen su sin­gularidad: dependen menos de la mezcla que del mito. Una barda mexicana siempre es un triunfo, aunque luego se venga abajo. Desde el punto de vista simbó­lico, los publicistas pentacolores (Alazraki et Al) se sirven del peor ejem­plo, el naquil.

En los tiempos que vivimos se confunde el cometido de la propaganda (difundir). Lo que debería ser una virtud irrebatible se convierte en mera aspiración. Cuestión de acordarnos del frau­de del Fobaproa aprobado por la bancada de Felipillo en 1994.

Hoy se vota por la aparien­cias, por el «carisma contra» reflejado en la pantalla. Son tiem­pos de gestos, no de contenidos. En este carnaval de las figuraciones, el Peje hace una propaganda delibe­radamente pobretona, de barriada, que es exaltada a contrapelo por su competidores más ricos, que no ha­cen sino confirmar la campechana simplicidad de un caudillo popular, que muy pronto empezará a repartir dos cubetas: una con satisfactores básicos, si dices la cla­ve: «todos, por el bien de todos», y otra de agua fría para sus detractores: «esos pocos que se quedan con la tajada mayor».

Por otro lado, la genialidad del Pejeyac estriba en su habilidad para convertir un conjunto de situaciones sociales y econó­micas en una realidad política mañanera (de mañas). Estas tienen que ver con el desencuentro entre las promesas de gobernan­tes anteriores y la terrible realidad de hoy, la ausencia de em­pleos, la frustración de los universitarios que sólo han ­alimentado las campañas electorales de los candida­tos 4T. Hasta hace veinte años todo en la política eco­nómica estaba orientado a privilegiar al productor y a someter al consumidor. Los productores gozaban de protección respecto a las importaciones, se beneficia­ban de subsidios y créditos blandos, podían vender cualquier producto sin importar su calidad y, si algo se les atoraba, subían el precio sin miramiento alguno.

Eso lo sabe el Peje, no en balde fue funcionario del Instituto Nacional del Consumidor. Esta rica franja electo­ral —los consumidores— ha ganado una enorme ba­talla sin darse cuenta. El día en que emerja un defen­sor de los derechos de los consumidores, la política mexicana experimentará una auténtica y moderna transformación democrática, que nos colocará en otro plano semejante al de CostaRica. Porque una buena parte de los votantes no tra­dicionales del PRIAN-D, que en la actualidad expresan su desacuerdo con el “rayito”, no son aquellos cuyo con­vencimiento los lleve a ver en el tabasqueño como al más adecuado, sino que lo ven como un me­dio para ventilar su frustración y como un vehículo viable para su futuro en este 2021.

 

CORTEX

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