¿Corrupyo yo? Alguna vez ha mentido, ha robado, se ha dopado o ha fingido estar enfermo por una incapacidad laboral? ¿Ha pagado o recibido mordidas o ha sido adúltero? ¿Es usted honesto? ¿Ha pasado la prueba de la veracidad?
En la vida cotidiana, todos decimos mentiras alguna vez. Piadosamente, tal vez, tergiversamos la verdad por distintos motivos. Negarse por teléfono, inventar una enfermedad para justificar una falta en la escuela o en el trabajo es algo común en las personas sobre todo en algunos países latinos. La tentación de decir sí en la primera pregunta y negar cualquier alternativa en la segunda es lo que paradójicamente ubica al que responde en la tendencia contraria, es decir, en la falsedad.
Somos abusados -participio de abusar— el resorte anímico que nos impulsa por encima de los demás para triunfar momentáneamente, para salimos con la nuestra o para sobrevivir:
«Ponte abusado, nos decía nuestra madre, que así se gana en la vida».
¿También robamos, o decimos que somos cleptómanos colectores de souvenirs, en lugar de simples bandidos?
Analizando con rigor, alguna vez nos apropiamos de algo que pertenece a otros. Un colega me decía cómo usaba el teléfono de su empresa para hacer llamadas de larga distancia. Otro, usaba el tiempo de la secretaria en asuntos personales… Otro más, durante las mañanas se tomaba una hora de oficina para leer el periódico tomando café mientras ojeaba los papeles del trabajo. Se trataba de una persona íntegra con una conciencia despierta… y el defecto de la responsabilidad por apariencia. Raro espécimen en la cultura mexicana, llena de costumbres abusivas en contra del otro que, aunque no significan gran cosa, tomadas de conjunto merman y corrompen el cuerpo social. Y ni qué hablar de los defraudadores de cuello blanco y sus compinches los prevaricadores con curul y mando burocrático.
Somos díscolos, atrabancados con una vocación para estorbar y gritar. Poseemos muy poca empatia y respeto del bien ajeno. La manera de conducir el automovilr es una pequeña forma de darnos cuenta: jugamos a ver quién gana, quién se sale con la suya, aunque eso sea provocar embotellamientos idiotas o accidentes. Matamos el tiempo, el insumo no renovable de nuestra vida, como cucarachas fumigadas en las vialidades
Se imaginan combatir la corrupción alertando sobre la necesidad de ser honestos. ¿Nosotros?, ¿los mexicanos?
Casi pudiéramos decir que es una batalla imposible. Y es que somos uno de los países -junto con Perú— con una corrupción tan arraigada que nos es -neurosociológicamente connatural. Promover el valor de la honestidad, desde un «spot» publicitario idealizado, como la «cartilla» de la Moralidad de la 4T o la campaña lanzado por el Consejo Nacional de la Publicidad, resulta una risotada utópica o hipocrita en los medios electrónicos: conmovedora pero inefectiva.
Más de la mitad de los conciudadanos (el 52.3 por ciento) está de acuerdo con que un funcionario público saque provecho de su puesto, siempre y cuando haga cosas buenas y reparta «dádivas por votos».
Puede traducirse como: «el fin justifica los medios. O bien: «mientras reparta el hurto entre cuates, no hay bronca».
Explicación del moche tan socorrido en las transacciones del poder público, según datos de la Encuesta Nacional
de Corrupción y Buen Gobierno de la agencia privada «Transparencia Mexicana».
Continuará.





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