De como Praseodimio, sencillo agricultor…(1/3)

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De cómo Praseodimio, sencillo agricultor, se convirtió en un aún más sencillo multimillonario, gracias a una lotería Primitiva…y lo que luego aconteció.

Cap.1/3

Praseodimio, un valiente en su profesión, heredó de su familia las tierras que ancestralmente pertenecieran a los Legunado. Él, único hijo, recibió el legado al fallecer su padre. Lo encontraron muerto en medio de un campo de alfalfa en circunstancias nada claras (un hacha clavada en mitad de la frente). La policía llevó a cabo una somera investigación donde se barajaba solamente una carta. La acción de barajar consistía en írsela cambiando de mano, hacerla girar sobre sí misma y, en definitiva,  rotarla o trasladarla al libre albedrio. El dibujo estampado en ella reflejaba el rostro de Praseodimio. Sin duda el principal sospechoso. Nadie más  podía beneficiarse de esa muerte. Por otro lado, que se supiera,  su padre no coleccionaba enemigos, ni siquiera le dio jamás por intentar buscarlos. Se habló también de algún inmigrante. En pequeñas comunidades y localidades, adjudicar por la vía rápida una solución que satisfaga a la mayoría es un recurso recurrente. Mayoría no inmigrante, se entiende. Ni uno sólo de los subsaharianos, marroquís, ecuatorianos, rumanos y ucranianos que residían en el pueblo se dedicaba a la mala vida. Todos y cada uno de ellos recalaron por esos lares con el fin exclusivo de trabajar las tierras. Nunca se culpó a nadie. Lo cierto es que no hubo mucho interés en las diligencias, bien por falta absoluta de indicios y pistas, bien por la escasa predisposición del hijo a dejarse someter a tortuosas sesiones con letrados y fiscales. El abogado de Praseodimio pidió a la fiscalía que declararan el hecho como un desafortunado accidente, a lo que el fiscal tuvo que rechistar con cierta sorna: «Tan sólo dos acciones pueden descartarse con absoluta rotundidad, el accidente y el suicidio. Supongo que no es necesario que le explique las razones». El tiempo pasó, los meses pasaron y cumplidos los plazos marcados por la ley, Praseodimio percibió la totalidad de la herencia;  su madre murió siendo él muy chico y no existían parientes conocidos o por  conocer.

 

Praseodimio cultivaba el cereal, básicamente. Su padre compró con mucho esfuerzo un tractor. La adquisición ayudó a propulsar el negocio de forma considerable. El vehículo agrícola supuso un desembolso importante, pero aun quedando algún plazo pendiente, la deuda  casi había sido satisfecha.

Le complacía su trabajo, y no sólo porque lo desempeñaba sin dificultad debido a su larga experiencia; acudir al campo como obligación lo beneficiaba en dos sentidos. Por un lado le proporcionaba relajo y distensión y por otro, lo apartaba del núcleo urbano. Este estaba tan absolutamente muerto y aburrido, que sólo un cementerio podría sobrepasar dicha perfección.

Cuando no trabajaba, Praseodimio gustaba de acercarse al bar a echar una partidita de cartas o dominó. Deleitábase exhibiendo un palillo en la boca, a modo de cigarro en ocasiones, de goloso Chupa Chups en otras. Se entretenía dándole vueltas, mordiéndolo  y pasándole la lengua separando las astillitas que se formaban, para posteriormente escupirlas. Durante el juego, o bien fuera de él, bebía café o una copita de coñac. A Niobio, el recio y venerable (por lo provecto) tabernero, le confesó largo tiempo atrás que de marcas no sabía nada y que además, su paladar no entendía de licores. Por ello dejaba en manos de Niobio la elección. Este, pícaro y ruin, le servía etiquetas de segunda o tercera fila. Acabada la partida, si salían a la palestra temas de conversación que le interesaran, se quedaba. Pero si se trataban asuntos de cotilleo o si a alguien se le ocurría sintonizar algún partido de fútbol, acababa la consumición y marchaba.

Por el pueblo no paseaba más que para ir del bar a su casa o viceversa, ya que como hemos citado, el municipio poseía bien poco encanto.

Cuando llegaba de la partida, se preparaba una sabrosa cena y luego, mientras su estómago la digería, se apoltronaba en un confortable sillón a leer cualquiera de los cientos de libros que enriquecían su variopinta biblioteca. Y allí permanecía hasta que le entraba la ansiada modorra que le anunciaba la hora de dormir. Esa hora casi nunca sobrepasaba las once y media o las doce. Dormía profunda y extensamente. No se despertaba hasta a eso de las nueve. Efectivamente, no madrugaba como el resto de sus colegas de profesión, de esa manera tan innecesaria e inhumana. Praseodimio odiaba levantarse temprano; lo creía estúpido. Para llevar a término los diferentes quehaceres y ocupaciones disponía de tiempo suficiente. En temporadas concretas, solía contratar a jornaleros que le echaban una mano. Algunos agradecían el horario y otros se quejaban porque luego les quedaban menos horas de asueto para su solaz y disfrute. También estaban aquellos que anteponían las sofocantes temperaturas como excusa para madrugar más. Praseodimio, que aguantaba muy bien el calor, desoía tales “sugerencias”. Incluso en verano podía trabajar a cualquier hora y siempre a buen ritmo. No resulta baladí puntualizar que el tractor contaba con aire acondicionado y que sólo lo conducía él.

Y así, a grandes rasgos, discurría su existencia. Se regocijaba en su felicidad. Perdura la creencia de que alguien es más feliz cuanto menos sabe, pero a él no podríamos calificarlo de ignorante, ni mucho menos. El aislamiento aparente al que se ceñía, era sólo eso, aparente. Al margen de su afición por la lectura, tanto de libros como de prensa impresa, fomentaba su pasión por viajar. A lo largo del año, lograba encontrar  huecos en los que se permitía el lujo de escaparse y conocer mundo. Visitó  países de los cinco continentes, en gran número, y en todos aprendió algo.

 

Lo que cambió radicalmente su envidiable existencia fue esa lotería Primitiva que jugó un día. Una mañana de mal tiempo aprovechó para desplazarse a la capital de la comarca a efectuar algunas compras pendientes. A través del escaparate de un estanco, se fijó como la gente hacía cola en la máquina de apuestas y pensó, «¿por qué no?». Al llegar a casa, metió el papel en un cajón de la cocina y al instante se olvidó de él. En el bar se comentaba diariamente que aún no se conocía al ganador  de cierta Primitiva. Unas semanas después le vino a la mente el boleto y cuando se acordó, abrió el mentado cajón y comprobó los números. Estos hablaron por sí solos.

Cierto es que el descubrimiento no le produjo más alegría que cuando el buen tiempo acompañaba a sus cosechas. Cobró el premio pero a nadie se lo dijo, y nadie se enteró porque él siguió llevando una vida normal, sin añadir lujos ni excentricidades a su rutina habitual, valga la redundancia (si es que vale). Ni siquiera le quemaba ni le corroía el pensamiento. No rumiaba sobre lo que podría hacer, sobre los importantes proyectos que podría emprender con tamaña suma. Su esquema mental discurría por otros derroteros, «si estoy bien tal y como estoy, ¿para qué alterar el orden de las cosas?». Y tenía toda la razón. Eso, además de no ser mentira,  representaba una adecuada e indiscutible verdad.

Y así continuó viviendo durante algún tiempo.

Pero en un momento dado, su saldo bancario comenzó a decrecer de un modo injustificado. No se apercibió de ello hasta semanas después.

Y no  fue por casualidad.

 

(Continuará…)

 

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