De como Praseodimio, sencillo agricultor…(2/3)

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De cómo Praseodimio, sencillo agricultor, se convirtió en un aún más sencillo multimillonario, gracias a una lotería Primitiva…y lo que luego aconteció

Cap.2

Sospechó que algo andaba mal. Se miró al espejo y se encontró extraño dentro de sus ropas. Le quedaban demasiado holgadas, grandes. Nunca le había ocurrido que la ropa le encogiera, pero menos aún que le agrandara. Los zapatos le bailaban y las gafas que utilizaba para leer le resbalaban por la nariz. Fue necesario que se ajustara la correa del reloj y la del cinturón dos agujeros más. Y se atrevió a suponer que su peso sufría un descenso. Se subió a la báscula, infrautilizado aparato que le regalara su padre en unos Reyes ya lejanos. Pesaba sesenta y cuatro kilos, cinco menos  de lo habitual. No entendía nada ya que ni siquiera había alterado sus costumbres alimenticias.

Por contra, Praseodimio gozaba de una salud de hierro. Tan sólo sufría de ataraxia, si es que se puede sufrir de tal cosa. De talante imperturbable, dominaba de una manera notable las pasiones que alguien de esa zona pudiera albergar, es decir, ninguna.

En un arrebato de  desesperación fue en busca del metro. Su altura habitual de uno setenta y cinco se redujo a uno setenta y uno. Repitió la acción varias veces para minimizar el error que conlleva cualquier medición. Tras comprobar que no hubo equivocación o descuido, se formuló la irremediable pregunta, «¿estoy encogiendo?».

Dada su preocupación (imágenes fantásticas lo perturbaban. Se veía devorado por  arañas y pérfidos insectos), invitó a un amigo que conservara de la infancia a pasar el verano con él. Este, Selenio,  aceptó el ofrecimiento.

Praseodimio le confesó su malestar y desazón. Selenio lo tranquilizó al aconsejarle que no se preocupara, que no existía motivo para tal obsesión, que él lo veía como siempre.

Pasó el mes de julio y en la primera semana de agosto, Selenio barruntó que quizás su amigo llevara razón. Su cuerpo se le antojó más pequeño y delgado y advirtió que la ropa le quedaba muy ancha, como si esta se hubiera dilatado por el calor. Por temor a angustiarle, tomó en un inicio la determinación de no mentarle nada al respecto, pero cambió de opinión. Praseodimio permitió que Selenio lo tallara y con asombro de ambos, la medida arrojó el valor de uno sesenta y ocho. Aceptando la realidad, el subsiguiente paso lógico no era otro  que buscar soluciones. Pensar en una enfermedad crónica parecía lo más razonable. Se desplazaron a Madrid con el fin de efectuar un chequeo médico a fondo. Praseodimio permaneció ingresado tres días en un hospital especializado en enfermedades poco frecuentes. Lo sometieron a las pruebas más variopintas. Acabó agotado, malhumorado, deprimido y con más temor que antes de ingresar. Una total incertidumbre lo envolvía. Si un punto positivo obtuvo de su viaje, fue acaso salir exitoso de los análisis rutinarios. Como cabía esperar, la fortaleza de un roble se asemejaba a la suya, dada su calidad de vida.

Volvió a casa sin un remedio satisfactorio. Al acabar Agosto su estatura se vio mermada en dos centímetros más. Su amigo, que lo acompañó de regreso al pueblo, muy a su pesar, tuvo que retomar su vida, y Praseodimio se quedó solo consigo mismo. Esta situación nos acerca a la bella paradoja de imaginar que la pesadumbre se reducía y mitigaba  conforme él lo hacía.

En octubre no le quedó otra que proveerse de nueva ropa y vestuario. Aprovechó el viaje para entrar en el banco a sacar dinero y de paso, confrontar el estado de su fastuosa cuenta. El director le comunicó que la cantidad inicialmente depositada sufrió una disminución  considerable, pero que claro, seguro que habría efectuado algunos gastos proporcionales a la alegría y regocijo inherentes a sentirse millonario. Él le aseguró que sus gastos no se apartaban de lo común. El máximo responsable de la entidad, algo azorado, farfulló que posiblemente  un fallo informático fuera el causante de tal malentendido y que no demorarían una revisión del sistema.

Al día siguiente, por teléfono, el banquero le informó de que, efectivamente, faltaba esa importante suma. «Imposible» concluyó Praseodimio.

Recién acabó de comer, se quedó traspuesto en el sillón y se despertó sudoroso y sofocado. Una horrible pesadilla lo atormentó: su asombroso presente. En el sueño, su problema se traducía en pura aritmética. La proporción de peso perdido equivalía a la proporción de capital menguado. Se levantó renqueante y tras engullir media botella de agua guardada en la nevera, se sentó, y con un lápiz y un papel en ristre, calculó el peso perdido. Un siete por ciento. Repitió el mismo algoritmo con los datos bancarios. Faltaba un siete por ciento del montante inicial. La conclusión a la que llegó fue que tardaría en desaparecer exactamente lo mismo que su dinero.

 

(Continuará…)

 

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