El Nuevo Milenio

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“Milenio: Libro de la revelación, en el cual el demonio será desatado y prevalecerá sobre la beatitud. Advenimiento del rescate espiritual que comenzará la segunda redención: Lucas: 20:3.”

Cómo enfrentar una visión de mil años. Una perspectiva que nos permita abarcar ese periodo a efecto de proyectarlo en el futuro y poder coincidir con las revelaciones proféticas. Aquellas que nos señalan un futuro promisorio, una utopía, o las que nos condenan a la fatalidad de la pandemia sin esperanza.

Hace tres mil años la humanidad señalaba 3 etapas: El mono­teísmo de la nación Judía con la sabiduría del rey Salomón. El pue­blo griego que desarrollaba su alfabeto y cultura. Y las grandes esculturas Olmecas de la Chontalpa.

Hace dos mil 20 años el mundo experimentó: El nacimiento de Je­sús en Belén. El poderío de la Roma de los Cesares. Y la civiliza­ción Maya en Mesoamérica.

Y hace mil años la edad media nos mostraba: La expansión del Islam y sus Califatos. El esplendor de Bizancio. El reino de Dios. La civilización cristiana: las cruzadas y el Papado.

Hoy, en el comienzo del tercer milenio, la globalización de la al­dea planetaria nos muestra: una polarización de la riqueza; la pugna entre la imprevisión de la política vs la certeza de la cien­cia y, finalmente, la preminencia del pantocrato de la tecnología en unas pocas manos corpora­tivas que genera —como contrapunto— la proliferación de la po­breza en la mayoría de las naciones y el materialismo, la permisivi­dad y el hedonismo como la divisa de nuestro tiempo. Estamos perdiendo nuestra energía coesionante y nuestro humanismo civili­zador ante el asalto a la democracia en el Capitolio

Esta polarización pagana de la humanidad tiene que ver también con la forma de responder a las cargas sicológicas o energía nega­tiva acumuladas en el II milenio. Se parte de la metáfora de que cada individuo «juega con su drama» para sobrevivir. Hay personas «indiferentes» a las que todo se les resbala. Las demás tienen que esforzarse para lla­mar su atención, y eso hace que toda su energía sea transferida al «indolente valemadrista». Esta actitud o polaridad negativa les viene por clanes y les deja altos dividendos de energía gremial.

Como un bebé: «para que me muevo, si todos me alimentan y miman».

El siguiente rol-drama es el del inquisidor o autócrata. Este gana energía poniendo a todo el mundo en el banquillo de los acusados, encontrando errores y criti­cando los actos de los demás. Enseguida aparece el intimidador o perseguidor, que como un juez, señala y condena lucrando energía útil con ello.

Finalmente aparece el contribuyente mayor de la energía vibrante: el apo­cado y tímido (el agachón), incapaz de reaccionar positivamente ante el embate de los demás, entrándole al juego del «pobre demí».

Entonces el orden de las figuras del drama empieza a rolar. Los dominantes, el inquisidor y el intimidador, succionan de los pa­sivos: el indiferente y el pobre de mí; pero como en el beso-succión de Drácula, el gérmen de la hemofilia (hoy Covid) se inocula, y los roles empie­zan a intercambiarse reciclando la energía sicogénica —depuran­do el pasado— para no quedarnos «enchufados» en nuestro propio drama original del mundo canalla

Ahora bien. ¿Cómo se evoluciona? ¿Cómo se construye la energía positiva para acceder a un estado de consciencia que nos permita zafarnos del drama al que nos encadenaron nuestros ancestros?

El problema de la existencia no estriba en recibir las respuestas, sino en identificar las incógnitas. Una vez a la vista, las respuestas aparecerán de forma intuitiva, como un sexto sentido que nos dice qué hacer, adonde ir a quién acudir. Una especie de esquema de coincidencias que nos orientará asertivamente por el camino.

La idea de la evolución física —la antropología física— como unproceso inevitable de la selección natural nos inmoviliza. Y es que los nuevos seres del Milenio debemos aprender a participar en esa evolución como en un todo. No son suficientes los acontecimientos aislados, las decisiones individuales y el devenir histórico por si mismos, porque las relaciones entre los diferentes grupos huma­nos se degradarían.

La revelación del Milenio es acerca de una ética interpersonal. La de conjuntar nuestros circuitos energéticos para que vibren más intensamente, hasta volverse intangibles como el espectro de un ángel. Ética para advertir al mundo que nuestro crecimiento inteligente puede ser detenido. Como decía El Principito de Exupery, «la tierra, nuestro hermoso planeta, se está domesti­cando. ¿Y qué es domesticar? Es crear vínculos demasiado estre­chos… Es depender de los apegos»

Colofón. Tal parece que la revelación del Milenio llegó al majes­tuoso volcán Popocatépetl. Sin duda que sus señales son casi proféticas.

Pueden tener dos sentidos: Uno, el del bien, para adver­tirnos de nuestra fragilidad y obcecación humana. También puede servir para depurar el medio ambiente del Valle de México, y reactivar la actividad productiva al atraer la atención del mundo entero ante el singular fenómeno de depuración naturalista. Tal y como sucedió en 1943 con el volcán Paricutín en Michoacán.

El segundo sentido tiene que ver con la ominosa fatalidad de una erupción destructiva. Yo no creo que así suceda, pero es el momento de poner en perspectiva toda la energía vibrátil de que somos capaces los mexicanos, —a efecto de que sea el fenómeno de la belleza y no el de la pandemia, el que prevalezca—.

 

 

CORTEX

 

 

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