La madre mientras recogía el impermeable y las botas, sintió un impulso extraño que la empujó a mirar por la ventana. Entonces vio a su marido venir cargado con el macuto sobre el hombro.
Cuando se encontraba ya cerca, abrió la puerta y sin poder pronunciar ningún sonido lo abrazó llorando. Pegó la nariz al uniforme de color caqui y se quedó oliéndolo profundamente hasta que se sació de la ausencia interminable. Cuando la mujer notó que por fin le podían salir las palabras sin titubear, le comunicó que Pedro estaba en su habitación jugando.
El padre, que se desvivía también por abrazar a su hijo, dejó el macuto a un lado y subió con cuidado las escaleras para darle una sorpresa. La puerta del cuarto estaba entreabierta, pasó en silencio y tapó los ojos al niño. Pedro adivinó enseguida que se trataba de su padre, y se volvió emocionado.
Después de abrazarse, el niño no esperó más y le enseñó lo que se había encontrado cuando fue a la oficina de correos.
Las figuritas de plomo estaban en formación sobre la alfombra. El padre, al verlas, repentinamente recordó que él, cuando tenía más o menos la edad de Pedro, jugaba con unos soldaditos de plomo como aquellos. Pero al crecer y empezar a dejar de ser niño, los tuvo que esconder en el hueco de un árbol porque sus padres no paraban de reprenderlo con disgusto y decirle que iban a tirar esos muñecos a la basura; que ya se había hecho demasiado mayor para seguir jugando como un mocoso.
Al esconderlos en el árbol, pensó que tal vez algún día un niño encontraría los soldaditos y disfrutaría jugando con ellos como lo había hecho él. Al ver que quien los había encontrado era Pedro, se alegró enormemente y se puso a jugar con él.
Mientras hacían ruido con la boca simulando los tiros y las explosiones, el padre se estremeció recordando sus días en el frente, y el movimiento incesante de las tropas, rodeadas continuamente por las explosiones, la destrucción y la muerte. De improviso le asaltó el pensamiento la letra de una canción que, en los momentos de algún alto el fuego, le gustaba cantar a un compañero caído en combate: Hoy represento el pasado, no me puedo conformar.
-Papa.
-Dime hijo.
-¿Estas muerto y has venido a despedirte, verdad?
-Sí hijo, así es, estoy muerto y he venido a despedirme.




Gian
Excelente relato.
Saludos y mi voto.
Mabel
Muy buen relato. Un abrazo Antonio y mi voto desde Andalucía