“«Verte reír, es verte en Valparaíso. Eras un sueño en tránsito, aunque tu mirada se inmaterializó»
Vi la primera vez a esa catrina llamada Nicóle sobre la playa de Valparaíso. Y tenía la mirada despampanante, como la Bolocco, la beldad miss universo de Chile: los ojos azules como el mar, el pelo rubio, la piel blanca v tas mejillas rosadas como una ltelweis. Ella era un universo de creación perfecto y a poco se convirtió en la mujer de mi sueño andino. Su belleza hacía resurgir la música de la Tirana, aquella virgen Patrona de Antofagasta, y me recordaba también una ilusión tangible del pasado, mi Itelweis alpina. Hasta imagine que ella pudo haber sido mi esposa en mi temprana vida, pero no, el olvido llegó conforme la vida y la distancia de vida nos separaron y se convirtió en calcio de calavera yerta.
Cuando la conocí la aluciné como a un ángel marino, como a una sirena que, fuera del mar, se hace una mujer asible. Su risa suave, contagiosa, era la de una mujer alegre, elegante, educada, con ese acento chileno tan propio, tan afable, que me cautivó. Se pintaba las cuencas oculares con una sombra negra azulada, v cuando caminaba por el portal de las noches de Valparaíso, la magia bruja de su mirada azul, me narcotizaba: todo giraba en torno al espectro alucinante de su presencia. El tiempo pasría y nuestra gravedad nos separó.
Cual sería mi sorpresa, cuando años más tarde, en el café Haití del centro de Santiago, mis ojos se encontraron con la visión azul ¿o negra? de Valparaíso. ¡Era Nicóle, con un uniforme de mesera negro y delantal de calcio fosfores- cente! Servía la barra de los clientes y caminaba con sus turgentes piernas calcinadas, expuestas por la minifalda, a las miradas lujuriosas de los adictos al café haitiano. Los parroquianos seguíamos la cadencia de las aspas iliacas de Nicóle: de la barra a la fuente, de allí a la caja v de vuelta frente a los hambrientos clientes que se desvivían por ganar su atención y a pagarla con sonantes propinas.
Nicóle me vio, yo me acerqué y le pregunté en tono de reclamo: «¿Y qué pasó con la catrina que habita la Quinta Vergara allá en Valparaíso?».
Ella me contestó:
—¡Ya me parecía que tu idealización chocaría más pronto que tarde con mi realidad!
-Por eso no acepté ser tu esposa. Yo gozo lo que hago, y gozo también el contacto con las miradas de los hombres necios y voluptuosos que vienen a tomar café con la ilusión de engullirme con su infusión y alucinar, como tú, que deslumbraron a la catrina de Valparaíso.
Enseguida, ella se dedicó a atender con una cálcica sonrisa a sus clientes… y a mi me preguntó:
-¿Te provoca una cocoa con pan de muertos o prefieres un cortadito express?
Sonrió coqueta y se acomodó con ambas manos la peluca negra que ahora tocaba su rostro ajado por el calcio, va no el angélico de la catrina en Valparaíso.
C A T R I N A >
«Desde que te conocí
no veo el mar azul.
No veo nada más
y mi frágil corazón muere.
¿Y tú, nada sabes de mi?
Mira en que me convertí:
en un pez que no puede nadar
que no tiene branquias
que respira tinieblas
en el llano de Aguascaldas».
CORTEX





Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo Alfonso y mi voto desde Andalucía
Cortex
Gracias, querida Mabel.
Favor que me haces.
CORTEX